La cita con Henry transcurrió mejor de lo que esperaba. Nos quedamos tumbados sobre la hierba hasta que el sol terminó de esconderse, y después me llevó a conocer ese lugar que guardaba para sí mismo: su casita del árbol. Estaba vieja, con las maderas un poco desgastadas por el tiempo y la lluvia, pero se mantenía firme, sólida, como si quisiera aguantar allí por muchos años más.
Aunque me la pase todo el rato pensando en lo mucho que dolería caerse desde esa altura. Esa cosa parecia tener mas años que el mismo Henry. Aun asi, estuvimos el resto de la tarde hablando de todo y de nada, hasta que llegó la noche y me llevó de regreso a casa.
Desde entonces, aunque no nos hemos visto en persona, hemos estado escribiéndonos sin parar. Poco a poco, mis esperanzas vuelven a crecer, y por primera vez en mucho tiempo logro imaginarme un futuro junto a alguien. Siento que tal vez, solo tal vez, sí podamos construir algo que valga la pena.
Acabo de salir del partido de básquetbol. Fui, como le prometí a Thiago, y no solo para hacer mi presentación con el equipo de porristas —que salió mucho mejor de lo que ensayábamos—, sino también para verlo jugar. Pero me lo repito una y otra vez: solo como amigos.
Me tomé toda la noche para pensar, para ordenar mis ideas, y me dije a mí mismo que ya lo tenía todo claro. Que ya no estaba confundido, que sabía lo que quería. O al menos eso es lo que me obligo a creer, porque la verdad es que nunca parezco ser dueño de mis propios pensamientos, y eso es lo peor: que son ellos los que me llevan a mí, y no al revés.
Supongo que es parte de ser joven, aunque ya casi cumplo la mayoría de edad. La idea de ser adulto me aterra un poco, pero también sé que llevo años actuando como tal, cuidándome a mí mismo y a mis tíos, así que un documento más o menos no cambia tanto las cosas.
Ahora estoy en mi cuarto, tratando de ordenar un poco el desastre que se ha formado. Estaba en la sala viendo una película con el tío Ramón y la tía Lourdes, pero la trama me pareció tan aburrida que preferí escapar antes de que empezara la segunda parte, que prometía ser igual de lenta. No me gusta ordenar, lo detesto, pero cualquier cosa es mejor que quedarme dormido en el sofá.
Además, hay otro motivo por el que me apuro: Thiago me dijo en el partido que, por seguridad, sería mejor que se quedara unos días en mi casa. Los enemigos se están moviendo más cerca, y él quiere vigilar de cerca todo lo que nos rodea.
No sé qué tan incómodo pueda resultar tenerlo aquí, durmiendo bajo el mismo techo, pero por la tranquilidad de mis tíos y por la mía propia, acepté sin dudarlo. Claro que no les conté toda la verdad: solo les dije que tenía problemas con la obra en su casa y buscaba un lugar donde quedarse unos días. Ellos no saben que tiene poderes sobrenaturales, que puede entrar y salir sin que nadie lo note si quiere, pero esta vez quería que todo fuera normal, o al menos lo más normal posible.
Y ahí está mi problema: todavía no hemos hablado en serio sobre lo que es, sobre los vampiros, sobre el peligro que nos acecha. Cada vez que nos vemos, en lugar de preguntarle lo que realmente importa, mi mente se nubla y terminamos hablando de cualquier cosa. Es tan fácil estar con él, tan cómodo, que se me olvida lo que debería preguntar. Pero esta noche me prometo que será diferente. Aprovecharé que va a estar aquí, solos en mi cuarto, para sacar todas mis dudas. Aunque, siendo sincero, también siento un cosquilleo de nervios en el estómago solo de pensar en tenerlo tan cerca. Me digo que es normal, que es cosa de amigos… aunque en el fondo sé que no es del todo así.
Mientras ordeno, pongo música para distraerme. Suena Bailando Solo de Los Bunkers, y me pongo a moverme por el cuarto, cantando bajito y dejándome llevar por el ritmo, tal como dice la canción.
También me da vueltas en la cabeza otra preocupación: en algún momento tengo que ir a buscar a el Barbas, tal como le prometí a Augusto. Pero ir solo es una locura, si hasta el señor Nigher le tiene miedo a ese lugar. No quiero meter a Henry en esto, ni a Alisson, ni a Caro… ellos no tienen nada que ver con ese mundo oscuro. La única persona que podría acompañarme es precisamente Thiago, pero por otro lado, mientras menos tiempo pasemos juntos, mejor para que no me confunda más.
Aun así, sé que voy a ir, porque esa promesa la hice en serio y Augusto merece descansar en paz.
Pierdo la noción del tiempo hasta que escucho sonar el timbre de la puerta de entrada. Mi tía Lourdes va a abrir, y yo salgo de mi cuarto y bajo las escaleras para ver quién es. Al llegar al recibidor, me quedo paralizado. Allí está Thiago, con un ramo de flores en una mano y una bolsa llena de provisiones en la otra. Siento cómo mi corazón empieza a latir de golpe, mucho más rápido de lo normal, y una mezcla de nervios y emoción me recorre todo el cuerpo.
Me repito una vez más: son amigos, solo amigos, no va a pasar nada.
Lo que me sorprende es la naturalidad con la que lo recibe mi tía. Ella suele ser reservada con las visitas, pero con Thiago lo abraza con cariño, como si fuera de la familia.
No sabe que fuimos pareja, solo que fuimos muy cercanos hace tiempo.
—Qué gusto volver a verla, doña Lourdes —le dice él con esa voz suave y profunda que me envuelve siempre—. Estas flores son para usted, y traje algunas cosas para la cocina, espero que sirvan. Muchas gracias por dejarme quedarme, es un alivio.
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Editado: 28.07.2026