Dos De Corazones

28.- CUANDO PASE EL TEMBLOR

Estoy sentado en mi sitio, junto a Caro, y no dejo de notar cómo Alisson nos mira de reojo desde la otra fila. Tiene la mandíbula apretada, los brazos cruzados y esa cara de pocos amigos que pone cuando se siente excluida. Ya se dio cuenta: Caro sabía cosas, y ella no. Sé que le prometí que hablaríamos, que le explicaría todo lo que pueda, pero llevo dos días manteniendo la distancia, necesito ordenar mi propia cabeza antes de intentar ordenar la de ella.

La verdad es que todavía me cuesta creer lo que pasó en el Nigherts. Al día siguiente, cuando volvimos, todo estaba tal cual como antes: ni una mesa rota, ni una mancha en el suelo, ni rastro de la pelea. Ni siquiera los cristales rotos de la puerta. No sé qué clase de truco, magia o cosa rara de vampiros usaron Thiago y los demás, pero devolvieron todo al estado original, como si nada hubiera pasado nunca. Y eso… eso me da más miedo que verlos pelear. Si pueden borrar las huellas así de fácil, ¿qué más pueden hacer? ¿Hasta dónde llega lo que no conozco?

Suena el timbre que marca el final de las clases. Me levanto y le digo a Alisson:

—Oye, tengo que ir a una reunión rápida con el equipo de porristas, ¿sí? Nos vemos luego, te lo prometo.

Ella solo asiente con la cabeza, sin decir ni una palabra, sin siquiera sonreír. La entiendo, de verdad: ver lo que vio, saber que hay cosas que se mueven más rápido que el ojo y que hay monstruos de verdad… debe ser un golpe muy fuerte. Pero aun así, una parte de mí se siente rara, como celosa o algo así: estos días solo habla de Richie, pasa todo el tiempo con él, y aunque no tiene nada de malo, se siente como si nos estuviéramos alejando poquito a poco. Aunque no se lo voy a decir ahora, no quiero hacerla sentir culpable ni agregarle más problemas.

Camino hacia la salida, y pienso en Thiago. Él volvió a vivir con mis tíos, no me importa nada más. Ni siquiera me preocupa que Henry se enoje, que se ofenda o que decida mandarlo todo al diablo. Porque ahora lo entiendo perfectamente: lo primero es la seguridad de la gente que quiero. Si tengo que poner a salvo a mi familia, a mis tíos, a Caro… incluso si eso significa alejarme de Henry, lo haré. No puedo poner una relación, ni bonita ni nueva, por encima de la vida de las personas que amo. Y si para eso tengo que estar pegado a Thiago, uniendo fuerzas con él todo el tiempo que haga falta, así será.

Varios chicos me saludan mientras paso por los pasillos, pero yo solo asiento de pasada y sigo caminando. No tengo ganas de charlas, ni de bromas, ni de nada. Solo quiero terminar esa reunión, hablar con Alisson y que todo deje de dar vueltas tan rápido.

Entonces lo veo: Henry viene caminando del otro lado, con su grupo de amigos. Levanta la vista y busca mi mirada de inmediato, pero yo no se la doy. Paso de largo, como si no lo hubiera visto, y sigo mi camino. Y no es enojo… ya no sé qué es lo que siento. No estoy furioso como en el coche, no tengo ganas de gritarle, pero tampoco sé si quiero verlo. Es más confusión que otra cosa. Y no es por Thiago, ya lo tengo clarísimo: entre él y yo solo hay amistad, protección, nada más. Pero con Henry… no sé qué pasa. No entiendo cómo me ilusiono tan rápido, cómo me dejo llevar, y luego me encuentro con que no sé ni quién es él de verdad, ni quién soy yo. Mi propio corazón parece no saber qué quiere.

Escucho pasos corriendo detrás de mí, y el corazón se me encoge. Sé quién es. Cierro los ojos un segundo y pienso:

Por favor, que no venga a reclamarme por Thiago otra vez. Si empieza con eso, no sé si voy a poder contenerme y no decirle algo de lo que me arrepienta.

Aunque tampoco puedo ignorarlo como si fuera un desconocido, sería demasiado feo.

—¡Jared! —grita él.

Me detengo y me doy la vuelta. Viene corriendo, con la camisa desordenada y la cara roja, casi sin aire cuando llega a mi lado.

—Pensé que no te ibas a parar —me dice, recuperando el aliento.

—No soy tan grosero —le contesto—. Y sí, me sorprende que me hables así, en medio del pasillo, con todos mirando. Pensé que no querías que nadie supiera nada.

—Lo sé —dice él, bajando la voz un poco—, pero necesitamos hablar. Ya no puedo esperar más.

—Te lo agradezco —le hago saber, señalando el camino—, pero tengo que ir a la reunión con las porristas ahora mismo. Es importante. ¿Podemos dejarlo para luego?

—No puedo esperar —insiste él, poniéndose frente a mí para que no siga caminando—. Por favor, solo unos minutos.

—Henry, de verdad, no puedo llegar tarde…

—Te acompaño hasta ahí —me propone—. Hablamos mientras caminamos. No te detengo más.

Quiero decirle que no, quiero seguir mi camino y dejar las cosas así por ahora, pero veo su cara de preocupación y de necesidad, y me doy cuenta de que ya no tengo ganas de pelear. Estoy tan cansado de los gritos, de los reclamos y de las distancias… así que asiento y empezamos a caminar juntos. No sé si quiero escuchar lo que tiene que decirme, pero sé que tampoco puedo seguir evitándolo para siempre.

El camino se siente eterno, cargado de silencios incómodos y pasos que no terminan de encajar. Henry saluda a cada uno que se cruza —un chico de su clase, los del equipo de fútbol, la chica de la biblioteca—, y yo acelero el paso todo lo que puedo, casi troto, esperando que se canse y se quede atrás. Pero no lo hace: sigue ahí, pegado a mi lado, como si no sintiera el cansancio ni la distancia que intento poner entre los dos.




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