Acabo de salir del entrenamiento, con el cuerpo ardiendo y la mente hecha pedazos. Tania y Yaz me invitaron a ir por algo de beber, a distraernos un rato, pero les dije que no con un esfuerzo enorme por no sonar grosero. No me siento bien: tengo la piel que me arde, todo me molesta, y por más que intento contenerme, siento que soy un barril de pólvora a punto de explotar. Solo Caro notó que algo andaba mal, pero le dije que solo había dormido mal. La verdad es que desde que me separé de Thiago, todo el peso de lo que me dijeron se me vino encima de golpe.
Me siento acorralado, harto de todo, harto de sentir que no tengo control sobre mi propia vida, y no quiero descargar esa rabia contra nadie que no se lo merezca. Me encantaría ir con ellas, reír un poco… pero no puedo. Simplemente no puedo.
Lo único que deseo es llegar a casa, encerrarme y que nadie me hable. Voy casi huyendo, porque lo último que necesito en este mundo es encontrarme con Eithan; los chicos del equipo americano ya llegaron, y hasta ahora tuve suerte de no cruzármelo. Pero como si mis peores deseos se cumplieran, justo cuando ya casi cruzo la puerta de salida, escucho su voz detrás de mí, cortante y molesta:
—¡Jared! ¡Dije que te detengas!
Sigo caminando. Él corre, me alcanza y me agarra del brazo con tanta fuerza que los dedos se me clavan en la carne. Me gira bruscamente y me arrastra hasta un rincón oscuro entre los muros, lejos de todas las miradas. Me empuja contra la pared y se planta delante, bloqueándome el paso.
—¿Qué demonios quieres? —le espeto—. ¿No te he dicho ya mil veces que no quiero saber nada de ti? ¡Déjame en paz!
Eithan sonríe con asco, inclinándose hacia mí.
—¿Ah sí? ¿Y entonces por qué te veo siempre rodeado de gente? ¿Te estás acostando con Henry? ¿Verdad? ¿Y también con ese tal Thiago? ¿Los tres se divierten juntos? ¿Te turnan como si fueras cualquier cosa?
—¡Mi vida no te importa! —grito—. ¡Podría estar con quien quiera y no tienes derecho a decirme nada! ¡Quítate!
—¡No eres de nadie más que mío! —ruge él, perdiendo la sonrisa y apretándome los hombros hasta hacerme daño—. ¡Fuiste mío primero! ¡Yo fui quien te tuvo la primera vez! ¡Nadie más puede tocarte! ¡Nadie!
—¡Eso es mentira! —estallo yo, devolviéndole la mirada con odio—. ¡Ni siquiera fuiste tú mi primera vez! ¡Ni en nada fuiste especial! ¡Fuiste solo un error del que me arrepiento todos los días!
—¡Cállate! —grita él fuera de sí—. ¡Te conozco mejor que nadie! ¡Sé cómo eres! ¡Y sé que te gusta que te dominen! ¡Solo estás confundido! ¡Ese tal Thiago te está manipulando! ¡Y Henry es solo un juego para ti!
—¡Tú eres el juego! —le grito al borde de las lágrimas—. ¡Tú eres un niño que no sabe aceptar que ya no quiero nada contigo! ¡Me asqueas! ¡Me has asqueado desde el primer día que intentaste decirme qué hacer!
La cara de Eitan se transforma en una mueca de furia pura. Sus ojos se clavan en los míos como dos cuchillos.
—¡Si no eres mío, no serás de nadie! —gruñe, y antes de que pueda reaccionar, me sujeta de la nuca y me planta un beso a la fuerza, torpe, agresivo y lleno de rabia.
Me quedo helado un segundo, pero el asco me recorre entero. Le doy un empujón brutal con ambas manos, haciéndolo retroceder. Él vuelve a lanzarse hacia mí, pero esta vez yo no me detengo:
—¡No me vuelvas a tocar! —rujo, y le suelto un puñetazo directo a la boca—. No volveré a ser la victima que espera que alguien la rescate.
El golpe resuena. Él se lleva la mano a los labios y ve sangre. La rabia lo ciega.
—¡Te vas a arrepentir de esto, maldito marica! ¡Te voy a enseñar a respetar!
Vuelve a intentar agarrarme, pero yo me muevo con una agilidad que no sabía que tenía, impulsado por el miedo y la furia acumulada. Le doy un empujón con todo mi cuerpo contra la pared, y cuando se golpea, aprovecho para soltarle otro golpe, esta vez más fuerte, que le hace tambalearse.
—¡No soy tuyo! —le grito con la voz rota—. ¡Nunca lo fui y nunca lo seré! ¡Y si te vuelves a acercar a mí, o me vuelves a decir una sola palabra… lo cuento todo! ¡Todo el mundo sabrá cómo eres! —me detengo para tomar aire—. ¡Sabran que me acosas! ¡Sabran que por desgracia mia anduvimos! ¡Y tú sabes bien que yo no tengo nada que perder! ¡Pero tú… tú sí! ¡Todos sabrán tu secreto!
La cara se le pone pálida como el papel. La rabia se le apaga de golpe, sustituida por el terror más absoluto. Me mira con odio, pero no se atreve a dar un paso más hacia mí. No me quedo a ver qué hace: doy media vuelta y salgo corriendo, con el corazón a punto de salirse por la boca y las manos temblando violentamente. Sé que en una pelea larga no podría ganarle, que él es más fuerte… pero por primera vez no me importó. Y aunque sé que revelar algo así no está bien… con él la consideración me importa muy poco. Él se lo buscó.
Camino tan rápido que casi corro por los pasillos. Veo a Henry a lo lejos, que parece querer acercarse preocupado, pero paso de largo sin mirarlo. Sé que no es su culpa, pero hoy no tengo fuerzas para explicar nada, ni para hablar con nadie. Siento pasos detrás de mí y acelero más, hasta que salgo a la calle y me pierdo entre la gente. La combi pasa justo cuando llego a la parada, y me deja en la misma donde lo conocí a él, y me subo con la respiración entrecortada y el sabor a sangre en la boca.
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Editado: 28.07.2026