Dos mundos

Capitulo 2 - El peso de lo que no encaja

Lizzie

Il Nero no es un bar.
Es una pausa incómoda entre decisiones malas y peores.

Por la noche, las sombras se acomodan como si supieran exactamente dónde esconderse. El alcohol deja de oler a fiesta y empieza a oler a huida. Yo camino entre las mesas con la bandeja firme, la espalda recta, la atención dividida en mil fragmentos. No sonrío de más. No provoco. Aquí eso no es amabilidad, es peligro.

—¿Eres nueva? —pregunta una chica desde la barra.

—Lizzie.

—Giulia. Bienvenida al infierno elegante —dice con media sonrisa—. Esa es Marta. No habla mucho, pero lo ve todo.

Marta me observa con curiosidad silenciosa y asiente. Me recuerda a mí misma cuando aprendí que hablar menos era sobrevivir más.

No pasan muchos minutos antes de que Silvia, la encargada, aparezca. Tacones firmes. Mirada filosa. La energía de alguien que disfruta tener control.

—Anoche te metiste donde no debías —dice sin rodeos—. Aquí no te pagan para ser valiente.

Siento el impulso de explicarme. De justificarme. Lo aplasto de inmediato.

—No volverá a pasar.

No es una promesa heroica. Es cansancio. Es querer cerrar este capítulo y que nadie vuelva a buscarme por eso.

Silvia me mira como si buscara grietas.

—Aquí no eres nadie —añade—. Y así deberías mantenerte.

Asiento.

Por dentro pienso: exactamente eso es lo que quiero.

Se va, satisfecha. Yo exhalo lento. No porque tenga miedo, sino porque ya he aprendido que discutir solo deja rastros.

La noche continúa hasta que lo siento.

No lo escucho llegar. No lo veo de inmediato. Simplemente ocurre. El ambiente se vuelve más pesado, más atento, como si el lugar reconociera a alguien peligroso.

Levanto la vista.

Él está allí.

Es mucho más alto que yo. Mucho. Su cuerpo ocupa espacio sin esfuerzo. Hombros anchos, postura recta, presencia absoluta. Su rostro es duro, definido, peligrosamente hermoso. Cabello oscuro. Ojos que no logro clasificar: no claros, no oscuros. Exactos.

Camino hacia él.

—¿Qué va a tomar?

—Whisky.

Su voz es baja. Controlada. No pregunta, ordena.

Sirvo la copa. No rozamos las manos, pero el aire entre nosotros se tensa.

—¿Algo más?

—No.

Sostiene mi mirada un segundo más de lo necesario. No hay sonrisa. No hay deseo evidente. Hay evaluación.

Se va antes de terminar el trago.

—¿Quién era ese? —susurra Giulia.

—Un cliente.

Pero algo dentro de mí sabe que no lo es.

---

Matteo

No suelo volver dos noches seguidas al mismo lugar.

No cuando alguien de los míos habló.

Il Nero es mío. Territorio. Control. Y anoche algo quedó fuera de lugar.

La veo apenas entro.

Está sirviendo copas con una seguridad que no coincide con el lugar. Pelo largo, rojizo, cayendo por su espalda como fuego apagado. Piel clara. Rasgos suaves, casi de niña. Podría parecer frágil si no fuera por la forma en que se mueve.

No coquetea. No baja la mirada. No se protege.

Demasiado linda para este sitio.
Demasiado firme para ser inocente.

Pido un whisky solo para observarla.

No sonríe para agradar. No se acerca de más. Camina como alguien que mide distancias, como alguien que ha aprendido a leer el peligro antes de que ocurra.

¿Por qué ella?
¿Por qué aquí?

Me voy antes de terminar el trago.

Lorenzo me espera afuera.

—No me gusta algo —le digo.

—¿El bar?

—Una persona.

No explico más. No hace falta.

---

La noche se ensucia después.

El traidor habla. El dolor afloja lenguas. Los nombres caen pesados. Rusos. Cuando todo termina, el cielo empieza a aclarar.

Entonces suena el teléfono.

—Mateo… —la voz de mi tío es más vieja de lo habitual—. Casi no la cuento.

Voy a su casa sin perder tiempo.

—Rusos —dice—. Me estaban esperando.

—¿Estás herido?

—No. Una mujer intervino. No dudó. No tuvo miedo.

Mi mente vuelve a la mesera.

No digo nada.

Aún no.

---

Lizzie

Regreso a mi apartamento cuando el sol apenas insinúa su presencia. Cierro la puerta y apoyo la espalda contra ella. Respiro.

Pienso en la mirada del hombre del bar.
En el hombre mayor que no pude dejar atrás.

Duermo poco.

---

Lizzie – Día siguiente

Silvia me llama a la oficina.

—Un hombre vino a buscarte —dice— Italiano ya mayor.

Mi cuerpo se tensa antes que mi mente.

—Dijo que le salvaste la vida. -Me observa con desprecio.- Está es su dirección, no es una petición es una orden.

Asiento.

Acepto verlo no por curiosidad. No por interés.
Acepto porque quiero cerrar esto. Que no vuelvan. Que no me busquen.

---

La casa es grande, silenciosa, vigilada.

Giovanni me recibe con una sonrisa cansada. Sus ojos son amables, pero atentos. Hay gratitud allí, y algo más: evaluación.

—Gracias por venir —dice—. No tenía derecho a pedírtelo.

—No vine por eso.

—Aun así, te debo la vida.

Guardo silencio. No me gusta deber ni que me deban.

—Tengo niños en casa —continúa—. Necesito a alguien firme. Alguien que no se quiebre con facilidad.

Pienso en estabilidad.
En un lugar donde nadie me busque.
Pienso también en el riesgo, no soy ingenua, se que tanta seguridad y lo que pasó anoche no es simplemente coincidencia.

—Piénsalo —dice.

—Lo haré.

Sonrío apenas. Una sonrisa pequeña, contenida, más educación que emoción.

---

Matteo

La veo junto a la ventana cuando entro.

No se gira enseguida.

Es ella.

La mesera.
La mujer que no encaja.

Cabello rojizo. Piel clara. Rasgos suaves, casi inocentes. Y, aun así, una presencia firme, alerta.

¿Por qué ella?
¿Por qué ahora?

—Así que tú eras —digo.

Me mira de frente. Sin miedo.

—No sé de qué hablas.

Miente bien.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.