El Inicio
Con la pérdida de un amor se queda el dolor, la tristeza y todo lo que fue, lo que había y lo que pudo ser. No siempre es posible ponerse en pie; en ocasiones se desea detener el tiempo y morir. El mundo comienza a girar en un sentido distinto al que tenía; la luz, el viento, el agua, las flores... nada tiene el mismo aroma, el color se pierde. Nada es igual, ni volverá a serlo.
El día y la noche se vuelven uno solo. Y en ocasiones solo se necesita tiempo, un tiempo que en sí mismo es tortuoso. Los sentimientos de soledad, ira y tristeza se vuelven compañeros inseparables. Ni el paso de los días, de los meses e incluso de los años, son capaces de darnos algún tipo de consuelo. Los recuerdos nos abordan a cada segundo que tienen oportunidad, torturándonos, diciéndonos cómo había sido nuestra vida antes de que ese evento trágico la marcara.
Hablar de los seres amados que murieron por circunstancias fuera de nuestro control hace que sea sumamente difícil ponerse en pie. Pero cuando fue causa de nuestra propia mano, ¿qué podría motivarnos para levantarnos? Ya que nos culpamos nosotros mismos, nos culpa el resto del mundo; nadie entendería nuestras acciones, fueran equivocadas o no.
Kira Talin, como lo hacen muchos después de una tragedia, había desaparecido de la faz del mundo por mucho tiempo, pero el mundo no se detuvo con ella. Las cosas en el lugar que había sido su hogar estaban empeorando a pasos agigantados. El deterioro del mundo y de las personas que lo habitaban podía notarse a simple vista.
Le tomó más de un año comenzar a asimilar lo sucedido. Se había retirado al único lugar en el que se había sentido a salvo, donde nadie jamás la encontraría; un lugar que él le mostró, que solo era de ellos. No había habido nadie a su lado para confortarla ni para ayudarle en ese momento. Era por esta razón que se preguntaba si podría continuar, si podría o no salvar a todos.
Después de ese tiempo, se vio obligada a salir de su encierro, a dar un paso detrás del otro para hacer lo que desde un inicio le pareció una estupidez. Había comenzado buscando a quienes menos se lo habrían imaginado, a seres que en su mundo ni siquiera eran importantes, pero que entendían a la perfección a la muerte. Y esto no era porque la hubiesen estudiado; era porque por miles de generaciones habían vivido con ella, siendo esto lo único seguro en su vida.
Gregor Dulac, Wayat Preston y su hija Christine caminaban por el viejo puente que daba a la casa de Gregor, después de un día en el parque de diversiones y compras en el centro comercial. La tarde era cálida y el viento soplaba suave; las nubes, como pelaje de borrego blanco, surcaban el cielo. Había poca gente esa tarde fuera de su casa para una jornada tan bella, además de que estaban atravesando la temporada de vacaciones de verano.
—Mira, papá, esa mujer —dijo Christine señalando a la barrera del puente.
—¿Dónde, hija? —interrogó Wayat viendo a su pequeña hija a los ojos.
—Detrás de ti —respondió la niña entre sonrisas.
Wayat se volvió con calma. Kira estaba de cuclillas sobre la barrera del puente, con la vista clavada en ellos. Los había visto cuando comenzaron a cruzar el puente; pensó en la casualidad del momento. Wayat sintió un vuelco en su corazón al verla.
—¡Hola! —murmuró Wayat con cautela acercándose a ella. Esta ni siquiera pestañeó o desvió la mirada; no hubo respuesta alguna.
—¿Kira, estás bien? Hace mucho no sabemos de ti.
Gregor hablaba con cautela, sintiendo que no podría decir cualquier cosa, pues la fragilidad de las emociones de la mujer se dejaba ver a través de sus ojos. Christine se escondió detrás de su padre.
—Estoy… bien —respondió después de unos interminables minutos, con la voz quebrada y la vista perdida. Evidentemente no parecía estar bien.
—¿Puedes verla, papi? —interrogó Christine saliendo detrás de las piernas de Wayat. Kira cambió su aspecto y se veía como un humano normal, como había sido casi tres años atrás.
—Ese es nuestro secreto —dijo Kira fingiendo una sutil sonrisa, bajándose de la barrera del puente.
La niña también sonrió.
—¿Pueden ir a mi casa conmigo… en este momento?
La voz de Kira era calmada y en su mirada había una tristeza que le dio la impresión a Gregor de que no desaparecería jamás. Habían pasado tantas cosas en el pasado, cuando la pensaron que la habían perdido. Fueron días tristes y difíciles, pero el saberla con vida era algo que de alguna manera le habían regresado el corazón. Y ahora la tenían frente a ella, siendo completamente otra persona.
—Claro que sí —dijo Gregor acercándose a ella, tomando su mano con suavidad. Ella agradeció ese gesto con una leve sonrisa. Se desvaneció con los tres, llevándolos a su casa.
Estaban reunidos en la cocina; Gregor estaba preparando un poco de café.
—Christine, ve a la sala a jugar —pidió dándole un par de galletas de chocolate a la pequeña.
—Sí, tío —respondió la pequeña tomando las galletas con ambas manos y saliendo en dirección a la sala.
Kira estaba recargada en el desayunador. Gregor se sentó lentamente en uno de los bancos a un lado de Wayat. Tenia que darle su espacio y su tiempo para que hablara, por algo había desaparecido por mucho tiempo.
—¿Qué sucede, Kira? —interrogó en tono sutil, atrayendo la atención de esta cuando se dio cuenta que no iba a hablar.
—Lukyan… está muerto. Le mataron —respondió Kira con lágrimas en los ojos y la voz ahogada de dolor.
—¿Cómo?
Ambos hombres estaban muy sorprendidos, de alguna manera sabían que Lukyan era a su parecer alguien invencible y saber que había alguien capaz de matarlo... Era impensable.. Aunque no eran amigos de Lukyan, se habían acostumbrado a su presencia; incluso imaginaba que este, de alguna forma muy bizarra, les apreciaba.
—¿Quién… lo mató? —interrogó Wayat en un suspiro, tratando de ocultar su sorpresa.
—… Yo —dijo Kira en un suspiro, desviando la mirada para no encontrarse con los ojos de ambos hombres.
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Editado: 15.08.2026