Un chico especial
En la misma ciudad del mundo mortal, en un edificio de apariencia común de paredes color gris concreto, con los marcos de las ventanas en blanco y los cristales cubiertos con finas cortinas de encaje. En el octavo piso, en el último apartamento, estaban reunidos dos hombres, discutiendo acaloradamente sobre el contenido de un libro que había leído uno de ellos. De su extraño descubrimiento en su viaje a las tierras lejanas de Escocia y las interminables posibilidades.
Quizá para William Cooper era fácil creer todo lo que el libro decía, pues desde pequeño había tenido visiones de un mundo distinto. Si su abuela hubiera sido otra, indiscutiblemente lo habría internado en una clínica psiquiátrica; por suerte para él, su abuela era distinta. Sin embargo, para su viejo amigo Uriel Franco era casi imposible entenderlo. No era porque fuera tonto, sino porque era incrédulo. Podía creer en muchas otras cosas, pero no en la magia.
Uriel sabía que William tenía algunas habilidades especiales, "dones" decía él. Sin embargo, desde que William Cooper se había encontrado con ese libro, algo en él había cambiado. El ejemplar lo había encontrado en la vieja casa de su abuela, la señora Celia Cooper, una anciana que había ahorrado hasta el último centavo que había logrado ganar a lo largo de su vida. Entre las reliquias que la señora poseía, estaba el viejo libro que le había llegado a William antes de morir: un regalo de un caballero desconocido que la pretendía, pero que un día desapareció.
—¡Vamos, Will! —reprochó Uriel en tono conciliador después de un par de horas de discusión—. Supongamos que creo lo que este libro dice. ¿Cómo encontrarás las ciudades a las que hace referencia, si ni siquiera menciona dónde está su entrada?
Concluyó con un tono de voz áspero, sentado en el viejo sofá de color azul marino de la sala del antiguo apartamento de William.
—No lo sé aún, Uriel… pero presiento que este libro tiene razón —respondió William señalando el ejemplar que estaba en la mesa de centro entre ambos.
—No quiero que pienses que creo que estás loco, pero si es verdad lo que escuchaste en aquel viejo parque y si es verdad que ese otro mundo existe, entonces algo realmente espeluznante está pasando para que ellos se atrevan a vagar por nuestras calles —explicó Uriel tratando de tranquilizarse; esa era una idea que a ambos les ponía los pelos de punta—. Eso es preocupante, Willy.
—Quizá tengas razón, pero entonces también debemos hacer algo ya, sea para ayudarlos o para protegernos —dijo William recargándose en el respaldo del sillón que estaba frente a Uriel.
Su apartamento estaba lleno de muebles, pinturas, esculturas y libros viejos. Uno que otro retrato familiar donde sólo estaban él y su abuela. El olor del apartamento era a viejo; sus paredes de madera oscura le daban una apariencia acogedora y un tanto gótica.
—Sabes qué creo, William: que este libro lo escribió alguien que simplemente estaba desquiciado —opinó Uriel después del pesado silencio que se había cernido sobre ellos—. Vertió en él todos sus demonios internos, todas sus fantasías y quizá se basó en la vida de alguien más para describirlo.
William se quedó pensativo observando a Uriel, tratando de imaginar qué era lo que el escritor de aquel viejo libro había querido decir y si había alguna manera de explicar todo lo que expresaba en sus páginas. Pensaba que tal vez era una farsa, pero algo en su corazón le advertía de lo contrario.
—Supongo que tienes razón —atinó a decir William ocultando su frustración, pues muy en su interior sentía que lo que había descubierto era real.
—Sé que sí.
—Sin embargo, siento que mi destino está ligado a este libro. No sé de qué forma y no sé cómo, lo que sí sé es que algún día este se me revelará.
Comentó William tratando de dar el último golpe a su amigo para que éste supiera que, aunque el mundo lo creyera loco, él seguía creyendo en la existencia de otros mundos. Uriel esbozó una sonrisa burlona sacudiendo la cabeza.
—Sé que no hay manera de hacerte cambiar de opinión. Sabes que no comparto tus ideas, pero las respeto —dijo Uriel con una amplia sonrisa en los labios. William sonreía del mismo modo, aunque pensando en cuánto tiempo su destino tardaría en revelarse, sin atreverse a imaginar qué era lo que su futuro guardaba—. ¿Pero por qué los describe como ángeles y demonios?
—Porque si buscas en cualquier tipo de literatura, su apariencia de seres alados los hace ver así… claro que cada raza tiene su propio nombre, pero en un idioma extraño para nosotros. Un idioma que quizá conocíamos, pero hemos olvidado.
Le explicó William con una marcada emoción en su voz y su extraño acento inglés, observando a su amigo.
—Entonces quizá los nombres que nosotros les hemos proporcionado, o creímos proporcionarles, podrían ser en realidad sus verdaderos nombres —sugirió Uriel comprendiendo la idea que William trataba de explicar.
—Quizá sólo los recordábamos en sueños, es por eso que de algún modo sabemos sobre ellos —comentó William muy seguro de lo que decía, dándole una idea a su amigo que quizá no había tenido antes.
Extrañamente, en ese momento las palabras de William Cooper comenzaban a cobrar sentido para Uriel. Él también estaba deseoso de creer que había algo más detrás de cada muro, de cada ciudad, de cada mundo. Y esperaba que, de algún modo, él también pudiera encontrar su destino.
—Posiblemente así sea, son demasiadas cosas las que hay que contemplar.
—¿Cómo cuáles?
La pregunta de William le provocó una leve sonrisa.
—No lo sé. Quizá una de ellas sea el tiempo que han permanecido ocultos o el por qué no se sabe nada de ellos y, peor aún, por qué hasta ahora dan señales de vida —respondió el joven liberando una bocanada de humo.
—Piensa en esto: quizá nosotros somos los que estamos ocultos, o por alguna razón nos alejamos —sugirió William con un tono un tanto misterioso y un extraño brillo en su mirada.
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Editado: 15.08.2026