Dos mundos, saga Histria Oculta, Tomo 2

Tres.

El rostro del enemigo

El rumor de la muerte de Lukyan Slavik había recorrido el mundo mágico con rapidez; sin duda, había sido uno de los acontecimientos más inesperados. Aquellos que le apreciaban más estaban furiosos, y aquellos que lo odiaban se encontraban al borde del delirio por la felicidad que la noticia les causaba. Si bien los antiguos sabían que esa pérdida no solo afectaría al mundo mágico, sino también a los seres que por muchos siglos habían seguido los pasos oscuros del Zelldre.

—Quién diría que sería ella misma la que terminaría con nuestro enemigo —dijo Zardok al oído del verdadero Domenicus Talin.
—¡Es mentira! —gruñó Domenicus.

Estaba hincado en una de las mazmorras del castillo de Thenet; un par de grilletes lo mantenían en esa posición. La celda era de piedra tallada, completamente lisa, con un pilar del que colgaban cuerpos y varios grilletes para prisioneros. El piso estaba cubierto de tierra y sangre vieja. En ese momento, él era el único prisionero en el sótano del castillo.

—¿Tú crees? —interrogó Zardok con sarcasmo poniéndose de pie.

Domenicus clavó la vista en la puerta de forja de metal. El lugar apenas tenía una pequeña ventana que dejaba pasar unos rayos de sol que golpeaban la puerta de la mazmorra, como si fuese un castigo para que los presos observaran todo el tiempo la salida y se percataran de que jamás podrían escapar del castillo. Las cadenas que lo retenían habían sido forjadas en el fuego azul de la Torre de los Dragones, lo que volvía cualquier elemento inmune a la magia, evitando así que fuera utilizada por el preso para huir.

—Tú siempre has sabido lo fuerte, peligrosa y magnífica que es ella —continuó Zardok con una sonrisa macabra en sus labios—. Una vez que esté de mi lado, será el fin… Ya murió uno de los dos que tenían la fortaleza para salvarla de su destino y, posiblemente con eso, al mundo mágico. Quizá a ambos mundos. Quizá de ella depende lo que precede —concluyó con emoción en su voz, como si estuviese hablando consigo mismo.
—Eso no va a pasar.

Todos los músculos del cuerpo de Domenicus se tensaron, como si se preparara para romper sus cadenas y escapar.

—Claro que pasará —corrigió el Zelldre con presunción, dándole la espalda a Domenicus.

El Hasselvi notó algo en la base de la nuca de Zardok Torbal que le era familiar; lo había visto tantas veces que no lograba recordar qué era.

—Ella caerá, y no habrá nadie que la salve.
—"¿Qué es?" —pensaba Domenicus una y otra vez, hasta que los músculos de su cuerpo se aflojaron nuevamente.

Lo observaba tratando de recordar su significado. Sabía que era algo antiguo, tanto como el mundo mismo, pero no lograba ubicarlo, pese a haberlo visto tantas veces en el Libro del Destino de Torrenz.

—¿Cuál es tu propósito para dejarme con vida? —interrogó Domenicus, atrayendo la atención de Zardok.
—El único propósito posible... que te elimine ella misma. Así, el abismo de la oscuridad la absorberá —respondió el Zelldre con sarcasmo, volviéndose a verlo de un modo perverso.

A Domenicus no le preocupaba morir; él consideraba que la muerte era la única que podía revelar los secretos del mundo. No le temía a su hija, pero sí a lo que ella estaba por enfrentar. De pronto, una imagen vino a su memoria: era algo que había leído muchas veces. Sabía que ese enemigo terminaría con ambos mundos; un enemigo al que ya conocía, creado en las entrañas del tiempo.

Aquella entidad había aguardado hasta el momento justo para resurgir, alimentándose durante su espera de la misma inmundicia que ellos creaban. Se había hartado de la larguísima era de paz que habían concebido y de recibir solo migajas.

Este ser estaría más allá del bien y del mal; estaría fuera del tiempo y del espacio. Si había encontrado cómo ser libre nuevamente, sería el fin de cualquiera. Supo en ese instante qué era lo que estaba causando que su mundo se perdiera; conocía la fuerza que poseía. Era un enemigo que esperaba no volver a enfrentar jamás, algo que ellos mismos habían despertado con la separación de la espada; el mismo que había habitado en ellas por miles de siglos y al que habían vencido la vez anterior. Su nombre...

El Grimma.

"Aquel que sea controlado por el mal, controlará el destino de todo"




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.