Dos mundos, saga Histria Oculta, Tomo 2

Cuatro.

Aparte: La búsqueda del Corazón Sombrío

El monasterio en completa calma, Kira Talin había pasado unas semanas en el allí, buscando el equilibrio que había perdido para continuar con su labor, tratando de recuperar un poco de sí misma. Día tras día despertaba haciéndose, la misma pregunta ¿valdría la pena salvar a los mundos? Una pregunta a la que no le encontraba respuesta.

El monje que le dio la bienvenida le había guiado todo ese tiempo, la había visto caerse y levantarse muchas veces, pero nunca la vio tan en control como la semana anterior.
Su soledad y tristeza no habían desaparecido, pero parecía que ahora eran una sola.

—Creo que estas lista—le comento el monje sentado sobre sus piernas, en una poción de yaga, en el suelo dentro de una habitación, que era utilizada para la meditación de los monjes.
—No… me siento así—respondió Kira sentada del mismo modo que el monje frente a él, pese a ello sentía una fortaleza que no podía describir.
—Solo recuerda lo que has aprendido aquí—aclaro el monje con amabilidad y tranquilidad —¿Ya has mandado las cartas a tus amigos como querías?
—Lo he hecho ayer, Wayat y Alexander ya debieron haber las leído—respondió Kira, clavando su mirada en el suelo, recordando a Domenicus, preguntándose donde estaba y si estaba bien. —No tengo cómo pagarte.
—Con el solo hecho de que mis conocimientos ayuden a quien lo necesite, para mi basta, con mayor razón si se trata de ti—respondió el monje, ella asintió levemente en silencio, hizo una pequeña reverencia y se puso de pie.
—En el momento que necesites ayuda, sabes como encontrarme—concluyó el con su acostumbrada sonrisa.

Ella sintió un extraño temor por la vida del monje, pero si esto ocurría nada podría hacer; solo recordarle y agradecer su infinito amor, paciencia y sabiduría.

—Lo se—respondió Kira con una sutil sonrisa saliendo de la habitación, comenzó a caminar por el monasterio hasta salir al gran patio principal, se dirigió a la vieja capilla.

A la que había llegado el primer día, desarrolló sus alas y voló hasta ponerse frente a la campana. Se sostuvo el aire observando con detenimiento el campanario, la campana la había memorizado de las fotos que le habían dado Gregor y Wayat. Era tiempo de comenzar con lo que podría ser la ultima aventura de su vida.

—Se que está ahí—pensó viendo la campana fijamente, pensando un lo que tendría que hacer, suspiro lentamente. —Urt zulne e dorlak sedtaire—Por luz y sombra despierta—llamo extendiendo una mano y levantando los dedos como si fuese a tocar la campana. Trasfiriendo a esta energía vital, ese pago tenía que hacerse o la espada no respondería al llamado.

En la campana comenzó a dibujar se una silueta que fue haciéndose cada vez más clara, esperaba ver al que dio su vida por esa arma, pero este no apareció.

—Nevdra nan nim dolama —Vendrás a mi llamado.
—Perase nut dolama, urt, donan teso rorocu, ¡Nissha based arut gola masme dlacif ned lon geu shas tock!—Esperare a tu llamado, pero cuando esto ocurra, ¡quizá debas hacer algo más difícil de lo que has hecho ya!—sentencio una voz que no esperaba escuchar.
—¡Osen nya tesa tock! Nen linfen noc... noc lon geu masme darame...—Eso ya esta hecho, he terminado con lo que mas he amado.

Su reproche era lastimero, no solo para ella, en su corazón sintió una furia incontrolable, pensando en que no debía dar explicaciones.

—Nissha nuan non, urt oslo lon rasgralo nis lon arunt nojuns—Quizá aun no, pero solo lo lograras, si lo hacen juntos.
—¡Lon Nes!—¡Lo se!

Kira se sintió asqueada y harta de falsas esperanzas. De saber que ella misma podía volver en e tiempo y recuperarlo, pero que alguien mas lo dijera no le gusto. La espada brillo y se delineo aún más en la campana, Kira desapareció. En ese momento no podría llevar consigo la espada, cualquiera que la viese con esta sabría que estaba buscando el corazón sombrío y eso seria igual de peligroso que lo que estaba haciendo. Además de que la espada misma no se lo permitiría. Evidentemente esa tarea le implicaría más de lo que podría hacer.

—Solo me faltan seis—pensó cuando llegaba, a un castillo hermoso con vastas praderas, ocultó de la vista de curiosos. Oculto detrás de un inmenso muro de árboles gigantescos.

Alrededor del bello lago que brillaba de mil colores al roce del sol, se encontraba un antiguo acueducto, que en antaño lo debió haber abastecido. En el centro de este una pequeño islote, que albergaba una antigua Venus, rodeada de naturaleza.

En un instante se desvaneció y estaba dentro del castillo, en la habitación principal donde se encontraba un hombre anciano y enfermo, conectado a varias maquinas que le mantenían con vida. Este era Giuseppe Vieloskov, quien hacía un par de años había caído enfermo de cáncer en los pulmones, sin importar el esfuerzo que hubieran hecho los médicos por salvar la vida de este, parecía que nada le iba perdonar todo el daño que había hecho largo de su vida.

Había fumado dos o tres cajetillas diarias por veinte años, había sido un hombre perverso y siniestro, había matado, y dañado a muchas personas para lograr la basta fortuna que ahora poseía. Sin duda era una de las muchas almas siniestras que aun perduraban en el mundo, humano.

Kira Talin se paro frente a él observándolo al pie de la cama, en cuclillas sobre el diván que estaba al pie de la misma.

—Cine esti tu? —¿Quién eres tú?—Interrogo Giuseppe con una voz senil, con dificultad, ya que sólo gracias al el aparato lograba respirar.

Ella reconoció la lengua romance del este de Europa, donde ella había vivido su infancia, sintió nostalgia por haber olvidado su propio idioma, su propia vida.

—He venido por algo que no te pertenece—respondió Kira casi en silencio observándolo a los ojos, tratando de sentir lastima por aquel remedo de humanidad.
—Por esa razón es que hoy muero, nádame pertenece—respondió el anciano tratando de parece sarcástico y burlarse de ella.
—Muy astuto… es algo que no tiene valor monetario.
—Nada lo tiene—dijo Giuseppe, sabiendo bien a que ese refería ella, aún cuando el no conociera a esta mujer.
—Basta de juegos—gruño molesta, en un brinco un tanto agresivo callo en la cama, dejándolo entre sus pies, se acuclillo casi sentándose sobre su estomago. —Sólo voy a decirlo una última vez—sentencio rozándola cabeza del anciano con sus dedos, mostrándole el desprecio que le hacia sentir. —¿Dónde está el anillo?




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