Dos mundos, saga Histria Oculta, Tomo 2

Cinco.

La caja

Alexander Bradford estaba parado frente a la puerta de una casa de color blanco, de dos pisos, rodeada por un pequeño jardín con muchos árboles frutales. El lugar se veía apacible y, de alguna forma, sintió envidia de aquellos que vivían allí. A él, en algún punto de su vida, le hubiera gustado compartir con alguien una casa similar, sin ser lo que era. Pero se había acostumbrado a estar solo y a que nadie siguiera sus pasos.

Todos los que habían compartido con Kira Talin en los últimos años se habían separado y esparcido por ambos mundos, como si ella hubiese sido lo único que los mantenía juntos y, sin ella, no quedara nada más. Suspiró para calmarse y tocó el timbre.

Unos minutos después se abrió la puerta. Una mujer de baja estatura, un tanto robusta y de cabello blanco. Alexander le calculó unos cincuenta y tres años de edad mortal, lo recibió con amabilidad.

—Buena noche —dijo la mujer con una sonrisa.
—Buena noche —respondió Alexander con calma—. Busco a Wayat Preston.

Trató de esbozar una sonrisa, pero un sentimiento de desesperación se lo impidió.

—Está en su despacho —indicó la mujer, haciéndole un ademán para que pasara. Cerró la puerta tras él y comenzó a caminar en dirección a la oficina—. Sìgame.

La casa era grande, con pilares y aros por dentro, gritaba dinero, poder en el mundo mortal. Pero también se sentía como un hogar, tenia el aroma de lo que carecía su hogar propio. La señora lo guio hasta el despacho en el segundo piso. Se paró frente a una puerta blanca de madera y tocó tres veces.

—Adelante —indicó Wayat desde el interior.
—Te buscan, hijo —dijo la anciana al entrar.

Wayat estaba sentado detrás de su escritorio con la vista clavada en la pantalla de su computadora. No prestó atención de inmediato.

—Hijo —llamó de nuevo la mujer para atraer su atención.
—Dime, nana.

Wayat se volvió a verla. Había regresado a la casa de sus padres con su familia después de que Kira iniciara su búsqueda.

—Te buscan —repitió ella señalando a Alexander.
—Mi nombre es Alexander Bradford y soy vigió... amigo de Kira Talin —explicó Alexander con un tono nervioso. Kira le había hablado de Wayat, pero a Wayat nunca le mencionó a su Vigilante.
—Gracias, nana —dijo Wayat poniéndose de pie—. Toma asiento —concluyó señalándole uno de los pequeños sillones frente al escritorio. Aguardaron hasta que la nana se retiró y cerró la puerta—. ¿En qué puedo servirte?
—No sé cómo comenzar —dijo Alexander en voz baja. Wayat lo observaba con curiosidad—. Sé que Kira está buscando el Corazón Sombrío; me pidió que hiciera una búsqueda en específico… pero creo que una vez que tengan el corazón, algo malo pasará.
—¿Qué crees que sucederá? —interrogó Wayat, temiendo lo que estaba por descubrir.
—No lo sé. Solo sé lo que mi padre me contaba cuando era niño… antes de que su huésped lo matara. Es sobre lo que Kira dudaba; por ello me envió a buscar respuestas —Alexander levantó el rostro, dejando más confuso al humano—. Mi padre decía que lo único que podía destruir la vida en el universo era el Grimma… ese monstruo, tan invisible como visible. Muchos creen que las espadas le dieron vida, pero su historia es intermitente: aparece al inicio del mundo y desaparece, no hay cómo seguirle la pista. No sé si exista alguien que conozca la verdadera historia de este ser o de dónde proviene… Además, ninguna de las espadas podía detenerlo. Lo único que pudieron hacer fue controlarlo y encerrarlo en una caja por seres mucho más poderosos, seres que alguna vez reinaron en el mundo mágico.

Wayat lo observó en silencio. Comprendió que, quizá, todo lo que estaba por enfrentar Kira sería inútil. Tal vez el mundo ya había perdido la guerra antes de prepararse.

—Solo falta que la llamen la Caja de Pandora —murmuró Wayat con ironía y una media sonrisa. Notó que a Alexander parecía que no le agradó el comentario.
—Pues tiene muchos nombres, y ese fue uno de ellos. Esa caja siempre ha liberado muerte y devastación sobre el mundo, sin importar cuál sea —respondió con seriedad, borrando la sonrisa del rostro de Wayat —.Lo que sea que hay a dentro no mata... Borra todo aquello que tenga vida.

Las palabras de Alexander hicieron un eco profundo en la oficina de Wayat.

—Supongo que el nombre es el menor de los problemas que nos dará esa cosa —interrogó Wayat algunos minutos después—. Pero... Dijiste que ella te envió a buscar algo. ¿Qué encontraste?
—Así es —Alexander hizo una larga pausa—. Ella recordó una vieja historia sobre la primera vez que el Grimma... La entidad dentro de la caja estuvo libre. Según la leyenda, la caja-prisión había sido escondida del mundo, mágico o no. El problema es que descubrí que esa caja realmente existió y fue abierta, pero no sé cuándo… mucho menos quién la abrió o donde termino.
—¿Dónde? ¿Cómo? —interrogó Wayat con la voz ahogada por la sorpresa.
—La encontré hace un par de días, donde había sido el hogar de su padre cuando era niño. Es una ciudad que había estado protegida por magia pura, de modo que no sé cuánto tiempo lleve allí abierta —explicó Alexander—. Otro problema es que no conozco a nadie que nos hable de la maldita caja. Solo sé que su padre es tan viejo que posiblemente haya estado presente la primera vez.
—¿Pero su padre es un... Hasselvi?

La confusión en el rostro de Wayat parecía ser un gesto permanente desde que conoció a Kira.

—Sí lo es. Solo que su madre, Julián, era un híbrido, una Didrak —respondió Alexander.
—Quizá ella pueda ayudarnos. ¿Dónde se encuentra?
—Está muerta —dijo Alexander en voz baja—. Por esa razón Kira fue adoptada años más tarde y educada como Vigilante. Muchos creen que todo esto es por causa de un amigo de ella al que mataron cuando se convirtió en Vigilante: Nicolai Didrik Erra.
—¿Acaso era algo de Yalen Erra?
—Era su hijo. ¿Cómo sabes de Yalen? —Alexander se sorprendió. Pocos conocían a la finada Wizdart.
—En uno de los siete mapas que le ayudé a Kira a traducir hablaban de ella, una Wizdart de más de doscientos siglos —aclaró Wayat, carraspeando un poco; sintió la garganta seca—. En ocasiones creo que lo que Kira me contó de cuando era humana era producto de un hechizo.




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