Desaparición
—¡No quiero esperar más! —gritó Leyna Erra furiosa, lanzando un jarrón contra la puerta de su habitación—. ¿Qué acaso no entiendes que no soy una espectadora?
La furia que bullía dentro de ella se desbordaba; había esperado por más de dos largos años y no parecía haber avance alguno. Parecía como si todo su esfuerzo solo se hubiera quedado en nada, y eso era algo de lo que mas odiaba.
—Usted no es ninguna espectadora, debe ser paciente —respondió Zardok en tono conciliador, apartando un trozo del jarrón con el pie—. "Es mi marioneta", pensó él, esbozando una sonrisa gélida.
—Dime otra vez, Zardok, ¿qué ganarás tú con todo esto? —le interrogó Leyna, clavando sus ojos llenos de odio en él.
Zardok ya se estaba cansando de sus rabietas y de sus interminables preguntas, era como una niña pequeña con mas poder del que podía controlar.
—El placer de ver destruidos a todos mis enemigos —respondió él con tranquilidad—. "Y de una buena vez a estos mundos de mierda que no sirven de nada", añadió en su mente sin quitar la sonrisa del rostro.
—Está bien.
Leyna respondió tratando de ocultar la incredulidad que le provocaban las palabras de Zardok. Por años había intentado confiar en él, sin lograrlo jamás.
—Mi señora, solo es cuestión de esperar un poco más —pidió él acercándose a la puerta, fingiendo un interés que no sentía.
—¿Y si no la podemos vencer? ¿Qué ocurre si las cosas no son como crees? —Su pregunta interrumpió la partida de Zardok.
—Estaremos en serios problemas —. Y realmente sabía que esos si serian serios problemas.
—¿Y si Torrenz se equivoca? ¿Y si ella no hace lo que debe o si el corazón la domina?
—Son demasiados temores los que cubren un solo pensamiento, mi señora. Confíe en que todo será como debe —respondió Zardok viéndola sobre el hombro. Retomó su camino y salió de la habitación, dejando a la Wizdart sumida en la intranquilidad—. "Incluso tu muerte lo será", murmuró cerrando la puerta tras de sí.
Recorrió el largo pasillo perfectamente iluminado, donde las pinturas antiguas parecían vigilar sus pasos. Había construido ese lugar hacia siglos, cuando pensaba que podría tener una vida normal con la mujer que amaba. Pero eso solo duró el tiempo de un suspiro, ahora era realista, solo el poder de crear y destruir... No, el poder de destruir era lo único que importaba. Subió por unas escaleras estrechas al piso superior y se dirigió al ala más alejada del castillo. Se detuvo frente a una puerta de madera oscura y la abrió con calma.
—Anette, mi niña —saludó Zardok con una emoción fingida.
—Zardok…
—Me da gusto que decidas alargar tu visita.
—Dirás que soy tu prisionera —lo corrigió ella con amargura, deseando poder escapar o hacerle saber a su familia dónde se encontraba.
—No digas eso, vine a hacerte un par de preguntas —respondió Zardok Torbal con una falsa sonrisa, sintiendo que estaba cerca de su objetivo principal.
—¿Dime? —interrogó Anette—. "Últimamente solo eso quieren de mí", pensó mientras sostenía la mirada del Zelldre.
—Quiero ver el Libro de Torrenz —pidió Zardok con amabilidad, señalando la bolsa de piel sobre la mesa.
Anette sintió un vuelco en el corazón. Siempre se preguntaba por qué, de todas las personas, él siempre pedía aquello en el momento menos esperado.
—Me temo que eso va a ser imposible.
—¿A qué demonios te refieres? —gruñó Zardok, perdiendo la compostura.
Anette se puso de pie y caminó hacia el escritorio. Sacó el libro y lo colocó sobre la mesa.
—A esto… —dijo ella, abriéndolo de golpe.
Zardok se acercó lentamente, observando las páginas.
—¿Cómo es posible? —gruñó entre dientes. La confusión se marcó en su rostro.
Las hojas del libro comenzaron a pasarse solas, una tras otra. Se habían teñido completamente de negro, con una sola inscripción grabada en ellas.
—"Yenodum tesas, granok nocris, nirlake zzitrak... utedra lenada ilanif, lednodum lolera rakmae langressa led grenaril... oslo, soln trenza nedvilrem asen senlan naleedn zordak, langressa itderok… urt lagorla led niorre" —leyó Zardok con un estremecimiento.
Traducción: "El mundo se está ahogando con tontos, cobardes y alimañas… pero vendrá el día final; del mundo lloverá venganza y la sangre del maligno fluirá… solo los malditos deben temer. Esa es la luna del cazador, la sangre tiene esencia… por la gloria del mundo."
Zardok sintió que sus rodillas flaqueaban, por un segundo el aire se negó a entrar en sus pulmones y su corazón se acelero tanto que casi se sale de su caja torácica. En cuestión de segundos recorrió su vida entera, preguntándose en qué se había equivocado, pues estaba seguro de haber cumplido cada punto de su plan.
—¡¿Qué hiciste, maldita perra?!
Su grito resonó en la habitación como un trueno que irrumpe en medio de la noche y descargó su furia golpeando el rostro de Anette con el dorso de su mano. Ella, sin inmutarse, le clavó la mirada.
—¿Qué es lo que has hecho tú, o tu bruja, para cambiar esto? —respondió Anette entre dientes, señalando el libro—. Habla de la última batalla y de un cazador… ya ni siquiera menciona a Triztan. Ustedes alteraron el futuro del mundo, no yo.
—¡Maldición! —gruñó Zardok antes de desaparecer de la habitación.
Anette, a solas de nuevo, cerró el libro con firmeza.
—Sea lo que sea que esté por venir, debo salir de aquí —pensó, volviéndose hacia la puerta que el Zelldre había dejado cerrada.
"Nadie hará lo que se espera, si no sabe qué es lo que desea."
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Editado: 15.08.2026