El eclipse del destino.
Esa mañana el mundo mágico amaneció con el sol negro, la luz extraña que irradiaba era oscura, como si fuese una sombra luminosa que cubría el mundo mágico. Esa luz era portadora de aterradoras noticias. El viento no era frió, pero su caricia calaba hasta los huesos. Las nubes parecían haber desaparecido del firmamento, las voces del mundo callaron. El temor en los corazones era generalizado, unos por el conocimiento del significado de ese amanecer, otros por la ignorancia sobre la sombra que caía sobre ellos en ese momento.
Cada mirada que había sobre el mundo mágico, estaba vuelta hacia el cielo, al astro que por muchos siglos les había iluminado el camino. Ahora les anunciaba que un muy antiguo mal había despertado. Sabían que su futuro era cada vez más incierto. Solo unos cuantos sabían quien seria la portadora de dicho mal, los que lo ignoraban temían. Pues desconocían a aquel que tuviese el control de la oscuridad.
Los Rosseliu al igual que el resto del mundo, miraban al cielo, esa era la primera señal de que la guerra que estuvo oculta y en silencio, comenzaba a emerger y a gritar abiertamente de su presencia. Les anunciaba que el mundo como lo conocían estaba por llegar a su inevitable final.
La gran mayoría ignoraba que ese día trascurriría entre sombras, nada salvo la noche liberaría al sol de semejante maldición. Leyna Erra estaba ya levantada cuando amanecía, los alrededores del castillo se cubrían de una luz extraña, ella los observaba desde las ventana. Sentía que de la emoción su corazón saldría de su pecho, ansiaba el momento de tenerla frente a ella y arrebatarle el corazón sombrío. Inmersa en sus pensamientos, observaba su alrededor, cuando tres golpes una su puerta llamaron su atención. Tuvo que contener su emoción para poder responder.
—Pase—indicó Leyna sin volver el rostro de la ventana.
—Mi señora—saludó Zardok abriéndola puerta lentamente, casi en silencio se introdujo en la habitación de Leyna.
—¿Sabes lo que este sol significa, verdad?
Interrogo Leyna con emoción volviéndose a verlo.
—Lo se, mi señora, el corazón por fin ha despertado—respondió Zardok con una sonrisa macabra en el rostro, sintiéndose seguro de su victoria.
Anette Torbal seguía prisionera en el castillo, estaba sentada en el comedor principal cuando amaneció. No se había percatado del último acontecimiento, pues aun en su normalidad, el castillo siempre estaba entre sombras. Justo en el momento que un extraño brillo que provenía de el libro de Torrenz atrajo su atención, con cautela se puso de pie y caminó al final de la habitación a una pequeña mesa que estaba ubicada en esquina del comedor, donde se acostumbraba a poner la sopera y las botellas de vino cuando se hacían banquetes en aquel viejo castillo, tomó el libro con cautela.
—Esto jamás había pasado—pensó Anette preocupada abrazando el libro, lo colocó sobre la mesa —Muéstrame.
El libro se abrió de un golpe y sus hojas comenzaron a recorrerse solas, el color de estas cambiaba de blanco a negro y de negro a blanco, todo lo que alguna vez había tenido estaba desapareciendo
—¡Esto no puede ser!—grito Anette aterrada, serró el libro corrió saliendo a toda prisa del comedor, debía ocultar lo por el bien de todos, sobre todo de Kira.
Caminaba con rapidez por el pasillo cuando en una de las vueltas chocó con Zardok Torbal, quien con su fino oído había escuchado el grito. Movido por la curiosidad dejo a Leyna inmersa, en sus ideas, y acudió a buscarle.
—¿Qué sucede hija?—Interrogo el Zelldre tomándola por los hombros para tratar de tranquilizarla.
—De todas las personas en este maldito castillo… ¿Porque tú?—pensó Anette ocultando su preocupación, tardo algún tiempo en responder. Tendría que hacerlo de un modo o de otro. —No lo se—respondió mostrándole el libro, este ya lucía completamente diferente, incluso en su cubierta de madera había sido oscurecida.
—¿Leyna lo ha visto?—Interrogo sorprendido, imaginándose que lo que había hecho había provocado esto.
—No—respondió Anette confundida observándolo a los ojos blancos de este, tratando de descubrir algo en la expresión que había en su rostro.
—Bien, sígueme—ordeno Zardok comenzando a caminar al salón azul, que era una especie de oficina, a la cual solo él tenía acceso.
Abrió la puerta cediéndole el paso a Anette está titubeo un poco y al final entro abrazando el libro con todas sus fuerzas. Zardok la siguió cerrándola puerta tras de sí.
—Toma asiento—ordenó señalando el viejo escritorio de madera, Anette se sentó en silencio en una de las sillas, que estaban frente al escritorio de roble oscuro, que él mismo había traído del mundo mortal. Zardok se quedó de pie a un lado de ella.
—Muéstrame ese cambio—concluyó casi en silencio, Anette coloco el libro en la mesa y lo abrió mostrándole las primeras hojas.
Las letras y palabras de los antiguos ahora eran imágenes claras en eterno movimiento, la primera era Kira con el corazón sombrío en su mano izquierda, en la siguiente persona estaba Leyna Erra con Almedan y la tercera hoja de nuevo se encontraba Kira con una sola espada que lucía extraña.
—¡Eso no es posible!—grito Zardok asustado —Ella no tiene tanto poder para quitársela, menos para unirlas—concluyó recobrando la postura casi de inmediato.
—Si ella logra controlarlas será indestructible—murmuró Anette sintiendo un atisbo de esperanza en su corazón.
—¿Como sería eso posible?—Interrogo Zardok entre dientes volviéndose a verla, su mirada dejaba traslucir la furia que sentía, su mente pensaba con suma rapidez.
—No lo sé, solo se lo que veo—respondió Anette tratando de tranquilizarlo, aun que le agradaba ver a ese Zelldre en dicho predicamento, pues nunca había sido capas de conocer a alguien que le hiciera temer.
—Si esto es verdad… será su propia muerte—sentencio Zardok, sintiendo una auténtico temor, por primera vez. —Debo traerla—pensó viendo Anette, tratando de idear un nuevo plan que funcionará para este nuevo evento.
—Déjame sólo—pidió Zardok con seriedad, Anette tomó el libro cerrándolo y salió de la habitación lo más rápido posible dejando a Zardok Torbal inmerso en sus pensamientos.
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Editado: 15.08.2026