El dragón negro…
Triztan Hawthorn estaba sentada en el comedor principal del castillo negro de Thenet, se sentía extraña, ni siquiera podía reconocerse así misma al mirarse al espejo, un sentimiento de ausencia se había apoderado de su corazón, con fervor deseaba volver a lo que había perdido. Pero no podía siquiera prensar en retroceder en el tiempo.
No sabía que podía encontrar y en el estado en que se encontraba, eso seria por mucho más peligroso que el momento actual. Las pocas noches que había podido dormir, había soñado con rostros y voces que no podía recordar. Algunos le advertían del futuro, otros le reclamaban ser quien era, y otras le dicen simplemente que corriera. No podía creer en la vida que tenia frente a si, nada en ese castillo le era familiar, nada a su alrededor le paresia real.
Le paresia que estaba en medio de un sueño, que avanzaba de una manera aterradoramente lenta, y que no podría despertar jamás. El ruido que prevalecía en el exterior, allí era silencio. Había estado muchas semanas detrás de las puertas del castillo, tantas que ni siquiera había visto los estragos que sus acciones le habían causado al mundo; que de todas formas, no sabría que era responsable.
Por alguna inexplicable razón no podía creer de las palabras de Zardok Torbal, sentía al estar cerca de él, una presencia aterradora y un odio infinito. Sentía que una parte de ella estaba perdida y no era exactamente su memoria. Esa mañana como en muchas otras se levanto al amanecer, sin asomarse por la ventana se ducho y vistió. Arrastro los pies hasta el comedor, donde el Zelldre ya le esperaba.
—Buen día mi señora.
Saludo amablemente Zardok acercándose al comedor en el que se había dispuesto el desayuno hacía un par de minutos, trato de darle un beso a Triztan, pero esta lo evadió.
—Buen día—respondió Triztan sintiendo se extraña mente molesta por la presencia de él en el lugar —Dime una vez mas, ¿Como fue que te conocí?
—Peleabas contra un Animus... este se dejó mal herida... tu Vigilante murió y solo yo pude salvarte—respondió Zardok con una ternura que era imposible que sintiera, rozando la mano de ella con sus dedos.
—Solo que los pocos recuerdos que tengo, no coinciden con nada de lo que me has contado—comento Triztan con cautela viéndolo a los ojos, de alguna manera para ella era evidente que le estaba ocultando algo.
—Eso es normal mi amada Triztan, has vivido mucho tiempo y son demasiados recuerdos—aclaró Zardok tragando saliva. —Bien corazón, ¿Qué haremos con el prisionero?
La emoción en la vos de este, no le agrado, le molestaba la prisa que tenia por desaparecerlo; le había contado apenas dos días después de que la encontró en sobre este. Le contó una historia muy extraña, que cualquiera que lo hubiera escuchado no creería que era un cuento.
—¿Cuál dijiste que era su nombre?
—Domenicus… Talin—respondió el casi en silencio, ella parpadeo un par de veces, como si el nombre le trajera algún tipo de recuerdo.
Ese nombre le provocaba emociones encontradas, pero no se lo revelo a Zelldre.
—Aún no lo sé, debo pensar en el castigo perfecto—respondió Triztan con calma poniéndose de pie, dejando la servilleta que tenia en su mano sobre su plato.
—Quizá deban morir, pero esta no es mi decisión final.
Concluyó alejándose de él, que estaba furioso por su respuesta.
Triztan recordaba un amor inmenso, tan grande que no recordar el rostro de él, le producía un extraño efecto de vació emocional. Recordaba un profundo dolor, una pérdida… una tragedia, sobre todo una esperanza. Pero todo ello, sin nombres, sin rostros, sin nada, solo emociones. Zardok le había dado un nombre que ella sabía le pertenecía, Triztan Hawthorn. No tubo que acostumbrarse a el, o sentirse incomoda, ese era su nombre. Pero lo hizo de modo que ella no tendría relación alguna con Domenicus Talin o Lukyan Slavik. Sin pensarlo, solo deseando salir del castillo, llegó hasta Doterani, unos minutos después
La ciudad le parecía familiar, era de las pocas ciudades que habían permanecido casi intactas, quizá era su oscuridad la que le protegía, o la infinita maldad que irradiaba. Por alguna razón se sentía en casa, el aroma de la ciudad la hacia sentirse en calma, el sol desde ese lugar se veía infinitamente distinto. Allí todo parecía tener un extraño sentido, un sentimiento de pertenencia se apodero de ella, muchos oscuros comenzaron a aparecer frente a ella. Ya todos le reconocían y le odiaban, pero no por saber que ella era la portadora de el arma mas poderosa del mundo, muchos ignoraban este hecho. Le odiaban por haber matado a Lukyan Slavik.
—Tú no eres bienvenida aquí—sentencio Ler Taranis acercándose a ella, Triztan estaba sentada debajo de la barda donde Lukyan acostumbraba a descansar.
—Tú no eres un Zelldre—dijo otro Zelldre entre dientes.
—Soy lo que soy.
Respondió Triztan poniéndose de pie caminando hasta quedar frente a Ler, lucia tan imponente, tan fría; que incluso por un par de segundos les hizo temer.
—Eres nuestra enemiga—opinó el con amargura en su voz por la muerte de su viejo amigo Lukyan, este había sido quien le había encontrado y enterrado.
—Entonces debes morir—sugirió Triztan tomándolo por el cuello con su mano comenzando a asfixiarlo.
—Libéralo o morirás.
Le ordeno el Zelldre de nombre Leugim Tama, de color verdoso de 203 centímetros de estatura era atlético de rasgos duros y mirada vacía, su cabello era largo a la cintura.
—Yo soy la muerte—sentencio entre dientes carbonizando a Ler en cuestión de segundos. —¡Grandioso!
Sonrió ella tirando las cenizas del Zelldre de su mano, sus poderes había crecido de un modo inimaginable, podía sentir la fuerza dentro de si.
Leugim lanzó una serie de ataques de bolas de energía que Triztan evadió con facilidad, este se movía alrededor de ella, dejándola en el centro de un círculo formado por todos aquellos oscuros y todos con un solo propósito, eliminarla. Sin mover un solo dedo las bolas de energía rebotaron en ella golpeando certeramente a otros oscuros. La sorpresa era generalizada, pero era mayor el odio que sentían por ella.
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Editado: 15.08.2026