Dos mundos, saga Histria Oculta, Tomo 2

Veintisiete.

Los mortales.

—Jamás podremos pelear contra ellos—dijo una mujer de cabello oscuro con 175 centímetros de estatura, un tanto robusta. De ojos aceitunados, llamada Adalí Crista, a un grupo de jóvenes reunido en el sótano de una vieja casa, que había sido destruida hacía meses, las escaleras que subían a la parte superior estaban casi destruidas.

Ellos habían logrado escapar con vida del ataque de un grupo de magos oscuros a su universidad, era un grupo singular de jóvenes que quizá, no tenían nada en común, pero que tenían su vida entrelazada en distintas formas.

Solo uno de ellos, pensó en la posibilidad de enfrentarse a aquella situación, pero la realidad superaba por mucho, todo aquello que se había imaginado.

—Quizá podamos unirnos a ellos y pelear—sugirió un hombre llamado Isaac Thorton rompiendo el silencio de el viejo sótano en el que se encontraban.
—¿Qué te garantiza que nos mantendrán con vida? Todos son unos malditos—gruño un joven de cabello rojizo con 180 centímetros de estatura, de cuerpo atlético.

Uriel Franco se encontraba entre el grupo, debido a que había acompañado a su mejor amigo a recoger unos documentos a la universidad, el fatídico día en que la venda de los ojos callo.

Al inicio, ninguno de los dos podía creer que eso estuviese pasando, se sentían dentro de una película, donde la realidad no puede ser superada. La escuela a la que había asistido los últimos cuatro años, en donde había vivido y compartido con sus amigos, y con su pareja. Simplemente, había desaparecido, en cuestión de minutos. Vio morir a muchas personas que había amado, por ello en su voz se podía escucharse la amargura, derivada de los meses que habían pasado ocultos. Podía recordar todas aquellas conversaciones que tuvo con su viejo amigo respecto a que el libro en el que nunca creyó.

Deseando que el tiempo volviera atrás para prevenirlos a todos, pero quizá hubiese pasado lo que paso con William, lo hubieran tomado por loco.

—No todos son así, se historias de algunos que han salvado vidas humanas—protestó Sara McGonahan, una chica muy joven, de cabello rubio y 160 centímetros de estatura, delegada dándola apariencia de ser una niña con gafas azules.
—Son sólo historias Sara—dijo Uriel molesto viendo la los ojos —No hemos sido testigos de nada así.

En las palabras de Uriel había una verdad muy incomoda.

—Desde su llegada, el mundo ha sido un perfecto caos—opinó Isaac con desilusión guardando silencio.

La habitación estaba iluminada por un par de velas. Las paredes estaban manchadas de hollín, por las muchas noches que se arriesgaron a encender una fogata, con los viejos muebles de la casa. Incluso utilizaron, los restos de las paredes de madera de la construcción.

—Ellos no llegaron, ya estaban aquí... su mundo era igual al nuestro, el mundo debajo de él mundo, detrás de cada puerta... solo que no podíamos verlos hasta que la venda cayera de nuestros ojos—explicó William Cooper, él se había vuelto demasiado callado, de apariencia misteriosa, aún que era exitoso con las mujeres nunca permitió que se le acercaran en realidad.
—¿A que te refieres?—Interrogo Adalí confusa volviéndose a ver a William, quien bajo la luz de a vela se veía un tanto macabro.
—Ellos no usan armas, atacan con magia… magia que no podríamos controlar jamás—respondió William con tranquilidad tratando de hacer entender sus palabras al resto del grupo.
—Por favor Will… es una locura ¿de dónde sacas esas estupideces?—Interrogo Adalí Crista interrumpiéndolo en un grito, aventando la alta de metal que tenia en sus manos, una de las que utilizaban para calentar agua y preparar un insipiente té.
—Léelo por ti misma—respondió William lanzándole el viejo libro que siempre traía consigo llamado: "El Otro Mundo."

En donde se explicaban muchas cosas de las que estaban sucediendo. Adalí atrapo el libro con reserva, lo leyeron un poco tratando de comprender lo que el libro decía, a la luz de las velas que eran insuficientes, esta acentuaba lo exhaustos que se encontraban, reflejándose de una manera insulsa en sus rostros.

El sótano los había albergado y protegido por algún tiempo. En ocasiones y cuando el hambre ya era apremiante, uno de ellos se aventuraba a subir a la superficie, a buscar un poco de comida. Buscaban entre los escombros de las casas destruidas, latas he incluso un poco de comida vieja. Nunca pensaron, que las ratas a las que tanto odiaban, e incluso algún desafortunado gatito, les servirían de alimento, para salvar sus vidas.

—¿Cómo distinguiremos a alguien blanco de alguien oscuros?—Interrogo Sara casi una hora después de que terminaron de leer una parte del extraño libro.
—Solo ahí una opción... y rueguen porque funcione—respondió William atrayéndola atención de todos.
—¿Cuál?—Interrogo Uriel sin querer hacerlo, volviéndose a ver a William.
—Ponernos en peligro—dijo William con suspenso en su voz, y esperándola respuesta del grupo. Lo observaban desconcertados, pensando en si realmente habían escuchado, lo que él había querido decir.
—¿Estas loco? Eso es suicidio—grito Adalí furiosa hablando por todos en el lugar, parándose con violencia frente a él.
—Con un poco de suerte, todo saldara bien—respondió en tono conciliador tratando de tranquilizar a Adalí, y a sus compañeros. Todos guardaron silencio, meditando la desquiciada idea de William Cooper.

Siempre lo habían considerado un demente, pero nunca pensaron que pasarían casi seis meses de su vida con él.

—Tu idea, no es tan desquiciada—dijo Sara pensando lo un poco, por primera vez sus ojos se llenaron de esperanza, tras esos largos meses.
—¿Cómo?—Interrogo Isaac sorprendido al escucharla, abrió tanto los ojos, que paresia que se le iban a desorbitar.
—Piénsalo, con suerte encontraremos a alguien blanco, podremos hacer algo para salvar nuestro mundo—respondió Sara convencida de que esa idea funcionaría.
—Yo opino igual que Adalí, eso es suicidio—respondió Isaac molesto. —Pero si vamos a hacerlo, lo mejor será que lo hagamos ya, no me gusta ser una rata de alcantarilla—opinó molesto tratando de hacer reír a sus amigos, pero lo único que logró fue que alguno esbozará una pequeña sonrisa. Aún que renuentes, el resto del grupo accedió a seguir el plan de William Cooper, después de todo ya no tenían nada que perder. No sabían de sus familias, y la mayoría asumía que habían muerto.




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