Dos mundos, saga Histria Oculta, Tomo 2

Treinta.

El Oráculo.

El círculo de fuego había sido abandonado casi en su totalidad, solo unos cuantos aún se reunían en el viejo auditorio en donde por muchos siglos se habían hecho las reuniones entre de los Vigilantes. Ahora este estaba casi destruido sólo una parte del auditorio estaba en pie.

Una de las ciudades donde el puño de la guerra callo con más fuerza, fue Tollund, destruyéndola casi en su totalidad. Los Vigilantes ahora eran una raza en peligro de extinción, muchos ya no se llamaban así, ahora eran guerreros. Todos viviendo por la misma causa, salvar su mundo.

Alexander y Trea Bradford, Wayat Preston y Gregor Dulac continuaban con su recorrido por el mundo para recolectar algo significativo de cada raza, una estatua, un retrato, una historia, cualquier cosa tan simple que representara a la humanidad o a cualquiera de sus ciudades y a cualquier persona, del mismo modo lo hacían con los seres mágicos.

Esa era una tarea que paresia titánica, y les estaba llevando demasiado tiempo, no solo por que no podía moverse con rapidez de ciudad en cuidad, de poblado en poblado. Si no por que cada vez que su carga era más grande, tenían que volver sobre sus pasos a Tellmon y dejarla, antes de retomar el camino, todo ello sin contar como es que estaba el mundo. Cada día que pasaba se sentían más cansados y angustiados, en algunas ocasiones creían que su esfuerzo sería totalmente en vano.

—Me gustaría saber cómo están mis mujeres, hace tiempo que no se de ellas—decía Wayat a Gregor en un tono contenido de nostalgia, sentados alrededor de una fogata en lo que había sido la explanada del auditorio, en los viejos sillones, que alguna vez los Vigilantes utilizaron; observando con cautela las ruinas de el lugar.

Gregor se quedó en silencio observando fijamente el fuego y los colores de las llamas comenzaron a volverse imágenes cada vez más claras ante sus ojos.

—Puedo verlas.

La voz de Gregor rompió el silencio entre ellos, Wayat volvió sus ojos, llenos de emoción hacia él.

—¿Cómo están?—Interrogó Wayat sorprendido y emocionado a su vez, pues bien sabía que Gregor Dulac era el último heredero de Malaquias.
—Están bien, solo que… no se en donde—respondió Gregor un tanto desconcertado al observar alrededor dónde se encontraba Laura y Christine, era como si él estuviera parado junto a ellas, sin que estas pudieran verlo.
—Es una ciudad que no hemos visto—concluyó con calma.
—Quizá no la reconozcas, por todo este maldito caos—opinó Wayat casi en silencio tratando de evitar que su amigo perdiera la concentración.
—No, nunca antes la había visto.

Aclaró Gregor con cautela, podía ver algunos rostros enteramente familiares.

—¿Puedes decirme algo más?

El silencio de Gregor le hizo sentir un temor indescriptible, quería que su amigo le dijese todo, sin importar lo que fuera.

—Están con...—Gregor guardando silencio, tratando de reconocerlo, hasta que por fin le vio el rostro. —Con el abuelo de Kira—continuo en tono conciliador unos minutos después, de un segundo a otro el sonido de las llamas se transformaron en un murmullo y luego en una clara conversación.

Era algo infinitamente abrumadora aquella sensación, pero también era extraordinaria.

—Laura le esta preguntando si te ha podido localizar, pero Merrik dice que está haciendo todo lo posible él solo sabe que estas en las ciudades que pertenecieron al mundo mágico y que estas bien, ella le agradece por su tiempo... Merrik le promete que seguirá buscándote—concluyó Gregor con la vista clavada en el fuego observándola escena como si estuviese ahí.

Wayat estaba sorprendido, sin duda los poderes de Gregor estaban creciendo, a pasos agigantados. Este ultimo sacudió su cabeza para despejarse, no era la primera vez que tenia una visión, pero si la primera vez que lo hacia a voluntad.

—¿Porque no me dijiste que él era uno oráculo?—Reprocho Trea acercándose a ellos, cuidadosamente, solo había escuchado las ultimas palabras de Gregor.
—No lo sabía—respondió Alexander un tanto confuso observando Gregor, éste no tenía la mínima intención de verlos a los ojos.

—Es la herencia de Malaquias—explicó Gregor poniéndose de pie viendo a Trea los ojos, esta se ruborizo momentáneamente.

Habían estado en Tellmon casi dos días, para descansar y recuperar sus fuerzas para continuar.

—Explícate—pidió Alexander con amabilidad, sentándose en la butaca que estaba detrás de él.
—Pues, aun desconozco el pasado de mi propia familia… pero mi abuelo me decía que él era descendiente de personas muy especiales, que fueron llevados casi a su extinción, por el don tan formidable de ver el futuro—respondió Gregor con calma, volviéndose a sentar en su lugar.
—Recuerdo ese día, no fue hace mucho, bueno quizá para ustedes si—interrumpió Alexander, tratado de hacer memoria. —Es uno de los tantos días oscuros que tiene nuestra historia, le llamaron “el día sin mañana.” Por doquier los oráculos, videntes o cualquiera que pudiese ver mas aya del día siguiente, fue perseguido y asesinado. Incluso más aya de las fronteras del mundo mágico.
—¿Por qué hicieron semejante atrocidad?—interrogo Wayat sorprendido.
—Como ya dije, fueron días muy oscuros… Slavik estaba furioso, por que su único hijo haba decidido abandonar a su familia y su raza, por seguir a la hija de se peor enemigo. La hija de Braxas.

Las palabras de Alexander comenzaron a tener sentido para Gregor Dulac, imagino que quizá uno de los hijos de Malaquias logro escapar, antes de que su propia familia lo llevara hacia la muerte.

—¿Pero por que no mato a Malaquias?

Trea había hecho una pregunta muy acertada, a la cual nadie sabía a ciencia cierta la respuesta.

—Aun cuando lo hubiese intentado, Malaquias estaba protegido por los Rosseliu, solo debía esperar hasta que su destino llegara a su fin… a que yo lo encontrara.—respondió Gregor en un tono de vos sombrío y triste. Después de un largo silencio, sintieron en su corazón que era momento de partir.
—Aun queda mucho por hacer—murmuro Trea acercándose a Gregor y tendiéndole su mano, para ayudarle a ponerse en pie. —El camino es largo y el tiempo corto—concluyó con una tierna sonrisa, con cautela tomaron sus mochilas y se prepararon para continuar su viaje.
—Hagan lo que hagan, no olviden que es nuestra amiga—pidió Gregor, al momento que tomaba su mochila, los demás lo vieron en una forma extraña.




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