Dos mundos, saga Histria Oculta, Tomo 2

Treinta y tres.

La Revelación Del Enemigo.

—¡Ella debió matarte!—grito Zardok Torbal viendo a Domenicus Talin congelado en el tiempo, tal como Triztan lo había dejado. Estaba furioso y cada vez se sentía más frustrado.

—Yo debería de terminar contigo, y dejar que el Grimma se apodere de su cuerpo—murmuraba con la vista perdida, como si hubiese perdido la razón.

Lo que Zardok Torbal ignoraba era que Domenicus podía escucharlo perfectamente.

—Pero si lo hago cómo controlare la espada, solo alguien, con su fuerza lo lograra—murmuró parándose frente a él Hasselvi, este parecía tenerla vista clavada en Zardok.
—¿Quieres que te diga como fue que todo esto comenzó?—Interrogó con sarcasmo viendo a los ojos plateados de Domenicus.
—¿No quieres saber?—interrogo Zardok con una sonrisa macabra, como si este le contestara.
—De todos modos te lo diré... recuerdo perfectamente el día que nació Slavik, pero no hablo de Lukyan, no… hablo de él primer Slavik... Ydati y Braiman tenía ya casi ochenta hijos y Row Aimus era el número de los dos sietes, pero el no nació como los demás... nació muerto...

Explicaba Zardok con un tono de voz un tanto extraño, mejor descrito bizarro.

—Braiman no quería sepultarlo, estuvo así por tres días con sus noches, y en la noche de luna nueva... el milagro que esperaba, revivió... pero algo paso en él, su alma se dividió... era capaz de sentir amor, dolor de igual forma podría sentir furia incontrolable... fue en ese momento en el que supe que tendría un destino más grande que sus padres... durante mucho tiempo trate de hacer que él me liberara...
—Pero fue inútil. Estaba atrapado dentro del vació, en un portal que yo mismo había creado para llegar a este mundo… la maldita espada me detuvo, evito que me apoderara de todo, así que observe y aprendí… una vez libre, casi termine con la vida del mundo, pero fue demasiado rápido… tanto que ni siquiera lo disfrute. Hasta que al fin fui atrapado y después encerrado en ése maldito cofre—grito entre dientes volviéndose a ver a Domenicus, ignorando de donde provenía ese cofre, pero deseando que él Hasselvi le pudiera aclarar esa duda.
—¿La historia la conoces de sobremanera no es así? ¡Tu mas que nadie sabe de donde salio ese maldito cofre!—interrogo furioso clavando sus ojos en él Hasselvi, este comenzó a caminar de un lado a otro en la mazmorra.
—¿En donde me quedé?—murmuro tratando de hacer memoria.
—A sí... nunca pude poseer al pequeño Zelldre... algo me lo impedía, estaba protegido por una magia tan poderosa, pero cómo todos tenía un defecto... la sangre del Hasselvi Braxas... tu ancestro... para quien por cierto era mortal, fue por ello que decidieron crear ésa estúpida daga... pero ese pequeño Row Aimus no sería el último de su especie... garcías a la unión con Ditar, dando pie a una corta lista de Zelldres... hasta el irrepetible Lukyan en su última generación... Zardok era un pequeño cuando escuchó esa conversación en el bosque de los murmullos—explico este, lo que sabía, era evidente que él que hablaba, era él que habitaba al Zelldre, el Grimma mismo.
—Si, Zardok era un Hasselvi, pero era uno de esos a los que se puede corromper, fue entonces, cuando le propusieron un trato que no podía resistir...—explicó el Grimma con presunción acercando su rostro al de Domenicus, puso la mano sóbre la cabeza del Hasselvi.
—De los que no son puros ni de sangre, ni de corazón.
—Debo encontrar la manera de llegar a tu pequeña hija, sin importar si debo matarte—murmuró entre dientes. Pensando, en quien habría sido aquel que había forjado la prisión, que lo contuvo durante muchos siglos.
—¿A quién matarás?—Interrogo Triztan parada en la puerta de la mazmorra, observándolo furiosa.
—¿Triztan cuánto llevas ahí?—Interrogo Zardok algo nervioso volviéndose a verla. En realidad estaba aterrado de que ella hubiera escuchado aun asola palabra de lo que había dicho.
—Responde Zardok.
—Sólo es una vieja costumbre amor—respondió con una sonrisa conocida acercándose a ella, tratando de tomarle la mano.
—¡Miente!—decía Domenicus en su mente atrayéndola atención de ellas, bien sabía que ella le podría escuchar, en cualquier condición.

Al estar congelado en el tiempo, era como si estuviera petrificado.

—Creo que hay costumbres, que deben cambiar—opino Triztan acercándose a Domenicus en silencio y parando se frente a él.
—¿A que te refieres?—Interrogo Zardok confuso observándola con cautela, sintiendo que cada segundo que pasaba, su plan se estaba desmoronando.
—Es momento de deshacerse de él.
—¡Perfecto!—dijo con una notable emoción en su voz, pues sabía que si eliminaba a Domenicus. Triztan estaría a su merced y nadie que podría detenerlo. Y si lograba controlarla, seria más poderoso que nadie en el universo. Con la fuerza de la espada y del Grimma.
—¡No hija!
—Déjame ayudarte—pidió Zardok haciendo una pequeña reverencia, quería tener el placer de hacerlo el mismo.
—No, tu aseguras que es mi enemigo… así que eliminarlo, será placer mío—respondió Triztan a modo de reprimenda descongelando a Domenicus del tiempo.
—¿Qué haces?—Interrogó Zardok furioso, al ver lo que estaba haciendo, así, le estaba dando una oportunidad a alguien que sabía no la desaprovecharía.
—Será más divertido de este modo—respondió Triztan con una sonrisa macabra.
—Confía en mi—pidió ella telepáticamente a Domenicus, quien la observaba con detenimiento, pese a que seguía siendo ella le costaba trabajo reconocerla aún.
—Pondría mi vida en tus manos—pensó el Hasselvi con ternura, sintiendo que su fin estaba cerca.
—¿Qué piensas hacer?—Interrogo Zardok parándose a un lado de la Didrak.
—Ahí un sin fin de posibilidades—respondió Triztan acercándose cautelosamente a Domenicus, mostrándose tan segura y aterradora al mismo tiempo.
—¿No estás pensando dejarlo ir?—Zardok la hizo girar tomándola por un brazo.
—Eso es absurdo—grito ella volviendo el rostro para verlo, este la soltó rápidamente, era evidente que hasta el Zelldre le temía.




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