Dos mundos, saga Histria Oculta, Tomo 2

Treinta y cuatro.

Los Rosseliu, Tytus

Una parte del extenuante viaje había llegado a su fin, pero solo era la mitad de la jornada. Gregor Dulac, Wayat Preston, Alexander y Trea Bradford, y Triztan Talin tenían las cosas del mundo mortal. Ahora solo les faltaban cosas del mundo mágico; estaban realizando una tarea titánica. Descansaban ya en el círculo de fuego en el viejo auditorio, comiendo algo de frutas que habían traído consigo de lo poco que quedaba del mundo humano.

Triztan estaba sobre la parte del techo que aún quedaba en pie observándolos. Estos estaban sentados alrededor de la fogata; ella lo único que había hecho era tratar de recordar quién era. Su memoria era como cortos de películas distintas, transmitidos en una sola filiación sin sentido.

—Yo sé qué es lo que aflige tu corazón —dijo una dulce voz a su espalda.

Ella guardó silencio, sin siquiera volver la cabeza para ver de quién se trataba.

—No es tu pérdida a lo que temes o a tu destino, es tu temor a vivir —concluyó con calma.

Ella volvió el rostro a verlo; era un elfo. Lo vio de arriba abajo sin interés alguno. Sin decir nada, volvió su mirada a Gregor.

—No temo vivir —respondió después de un largo rato—. Temo a no saber cómo hacerlo.
—Hay mucha gente que aun te ama —dijo el elfo acercándose a ella.

Los pasos de este eran poco perceptibles sobre el techo; incluso un animal hubiera hecho más ruido.

—Es difícil ver eso ahora —respondió ahogando su voz en su garganta, cruzando sus brazos sobre su pecho.
—Mi gente cree que no hay peor castigo que perder sus recuerdos... pero también cree que si estamos con vida es porque debemos recuperarlos.
—Dime Tytus, ¿hay algo que viniste… a decirme?

Estaba evidentemente molesta, y su pregunta sorprendió al elfo.

—En verdad sí… hace muchas lunas existió una mujer que anhelaba creer en la existencia de otros mundos... vivía de acuerdo a sus propias reglas, amaba, odiaba, reía y lloraba... no consideraba la muerte de alguien como una pérdida, solo que una serie de eventos trágicos la hicieron perderse en su propio mundo... ahora debe encontrarse y salvarse a sí misma antes de poder salvar a alguien más —respondió el elfo con calma y dulzura en su voz.
—La mujer de la qué hablas murió —dijo volviendo su rostro a verlo, una lágrima se asomaba en el rabillo de su ojo.
—Así fue, en dos ocasiones, muerta por la misma persona... la única persona que la hizo vivir —respondió el elfo viéndola a los ojos.

Ella lo vio de reojo, tratando de adivinar qué era lo que le diría, creyendo que quizá le diría lo mismo que el resto del mundo.

—Dime algo que ignore —reprochó con sarcasmo.
—Has muerto dos veces y sigues con vida. ¿Por qué crees que sea eso así? —interrogó el elfo con calma.

Ella meditó por un par de minutos la pregunta de Tytus.

—Porque alguien no pudo soportar mi muerte —dijo sin pensar en sus palabras, una respuesta que la sorprendió unos minutos después.
—¿Crees tú? La fuerza de vida siempre está ligada al destino.
—¿A qué te refieres? —interrogó Triztan deteniéndolo por el brazo, con rapidez.
—Tú no controlas ninguno aún; solo el que lo haga podrá vencer —respondió con una sonrisa zafando su brazo de la mano de la Didrak.
—¿Cómo lo lograré? —interrogó frustrada.

Entonces no era ella quien podría detener al Grimma, no era ella la destinada a salvar y proteger al mundo, como todos creían o querían. Pues nadie querría una responsabilidad sobre sus hombros.

—Vive otra vez, debes volver tras de tus pasos y revivir toda tu historia —respondió el elfo alejándose.

Ella no hizo ningún intento por alcanzarlo; se volvió a ver a los muchachos por un largo rato tratando de entender cuál era realmente su destino. Comenzó a descubrir que sabía cosas que otros ignoraban, quizá era el recuerdo de Ydati y Braiman que vivían en su mente. Desde el techo dio un salto y cayó hasta el suelo; todos volvieron a verle un tanto asustados.

—¿Cómo controlaré mi destino? —interrogó acercándose a Gregor, un tanto amenazante.

Éste la veía como si fuera una pantera negra que se acercaba a su presa.

—No lo sé —respondió Gregor sorprendido por la interrogante de Triztan.
—Ustedes necesitan mi ayuda, y yo la tuya, oráculo —gruñó con calma, viendo los hermosos ojos de Gregor.
—¿Cómo lo sabes? —interrogó casi en silencio, algo que no le había revelado a nadie excepto al grupo.
—Deja de usar tu psicoquinesis en él —sentenció Trea poniéndose de pie del asiento del auditorio donde estaba sentada, acercándose cautelosamente a ellos.
—Jamás la he usado en contra de él, nunca en contra de él —respondió viendo a los ojos de Gregor.

Este notó verdad en la respuesta de ella, pero no sabía cómo ayudarla.

—¿Qué quieres decir? —interrogó Alexander del otro lado de la fogata.
—Cuando lo conocí, vi algo en sus ojos... algo familiar... pero no sabía qué era... fue hasta que los padres de este mundo me entregaron sus vidas que lo entendí. Ese brillo en ti, a tu alrededor… no es una luz de un humano normal, no luces cómo él y jamás como un Vigilante, así que eres el descendiente de Malaquías… por lo tanto necesito de tu ayuda.

Señaló a Wayat.

—Alguien dijo que no controlo mi destino, así que quiero saber cómo lograrlo.
—Viviendo otra vez —respondió Gregor poniéndose de pie, ya que había estado hincado junto a la fogata.

Ella lo observó con calma.

—Debes recordar —explicó tomándola de la mano.

Ella sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo, del mismo modo que él. Gregor utilizaría la magia de Triztan para aumentar su poder; no sería tarea sencilla, pero supuso que sería la mejor forma de ayudarla. Entraron en una especie de trance mientras que Wayat, Alexander y Trea estaban sorprendidos y solo podían observar.

Triztan Talin comenzó a recordar y vivió cada una de sus vidas de nuevo; cada alegría, cada desilusión, cada dolor fue vivido una vez más. Recorrió paso a paso toda su vida, sin poder cambiar nada de este. El tiempo transcurría y el resto del grupo solo podía esperar.




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