Un ejército inimaginable.
Lawrence Slavik estaba reunido con un grupo de elfos, gnomos, trolls, centauros, pegasos, dragones, unicornios y cuantas criaturas mágicas caminaba sobre el mundo. Estaban reunidos en el Valle de Oro, llamado así porque los rayos del sol le daban un aspecto dorado a la arena que rodeaba el lugar; era un desierto brillante, un lugar que perteneció al mundo mágico.
No había nada más a la vista, solo una extraña edificación que parecía una piedra gigante sobre la superficie arenosa; una construcción natural se había formado allí desde el principio del tiempo. Hacía un par de minutos que estaban discutiendo uno de los temas más delicados en esos momentos, algo que le atañía a todos.
—No ganaremos jamás Lawrence —decía el elfo azul a modo de reproche, observando al Didrak con tristeza.
—Si no lo hacemos, todos morirán —reprochó Lawrence sentándose de nuevo en su silla, en una especie de cámaras de piedra que había sido dispuesta con ese fin, el de servir de un lugar de reuniones.
Todos los ahí reunidos lo observaban con cautela; algunos incluso pensaban que todo lo que se pudiera hacer para pelear era una pérdida de tiempo.
—¿Eso es una amenaza? —interrogó un dragón llamado Necrum.
Ahora él era el más viejo de su raza, por lo tanto el líder de los dragones. Aun cuando muchos de los que le seguían ahora apoyaban a los oscuros, después del despertar del corazón sombrío.
—Nunca mi señor, sé que los oscuros están formando un ejército y su único objetivo somos nosotros —explicó Lawrence con cautela.
Los comentarios en el lugar no se hicieron esperar; nadie quería afrontar la idea de que la guerra estaba alcanzando magnitudes inimaginables. Ya no solo se limitaba a los guardianes y humanos, como habían sido las últimas batallas; ahora, gracias a Triztan Talin, correspondían a todos los seres vivientes de ese mundo.
—Es por ello que debemos reforzar nuestras filas…
El problema era que si perdían, el Grimma quedaba libre; no solo se extinguiría la vida de esa tierra, también del universo. Lo que habían estado discutiendo hacía un par de horas era el hecho de que existía la posibilidad de que los oscuros se organizaran para atacar a los grupos más vulnerables. Estos serían los humanos, y algunos seres mágicos de los que su poder era un poco mayor a estos últimos.
—Con el respeto que este consejo merece, pido su atención —dijo Merrik Hawthorn entrando al lugar con cautela.
Apenas había regresado de Avaricum; con él llevaba el libro que había encontrado en la tumba de Boyne Llew. Todos guardaron silencio y lo veían extrañados. Algunos pensaban que esa nueva raza era inferior a ellos y no merecían el respeto que exigían.
—Encontré esto en un lugar no esperado —explicó el Didrak colocando el libro en la gran mesa de roca, en el centro de la habitación.
—¿Dónde lo encontraste? —interrogó Necrum sorprendido, señalando el extraño libro con su pata.
El asombro de los presentes en la cámara era generalizado.
—En la tumba de un Zelldre, muy antiguo —respondió Merrik con cautela, volviéndose a ver al dragón—. ¿Sabe qué es? —interrogó viendo a los ojos al gran dragón.
—Creí olvidar esa historia —respondió acomodando una pata sobre la otra; estaba recostado sobre su panza en el suelo como se recostaría cualquier perro—. Son las profecías del primer oráculo, de aquel al que no debieron dejar de escuchar —dijo casi en un suspiro, atrayendo la atención de todos.
—Malaquías —murmuró una ninfa de cabello dorado rosado, delgada y de piel blanca; sus ojos azules infinitos, de 170 centímetros de estatura y facciones muy dulces.
—Pocos de los aquí presentes conocimos esa tragedia —aclaró un hada de nombre Arum, continuando con el relato—. Solo los humanos, Vigilantes y guardianes la ignoran, porque así lo decidieron —concluyó con calma guardando silencio.
—¿Qué fue lo que sucedió? —interrogó Merrik desconcertado observando al grupo.
—Fue traicionado, degradado, torturado y desaparecido de la faz del mundo; su hijo tomó su lugar, pero este nunca logró cubrir el ancho vacío que Malaquías había dejado —respondió Arum con calma, recordando el rostro del que alguna vez fue su amigo.
—¿Torrenz era hijo de Malaquías?
Interrogó Lawrence confuso observando al hada, dándose cuenta de que había muchas cosas ocultas en el mundo aún.
—Así es mi señor y gracias a ese nefasto charlatán, las criaturas del mundo mágico fuimos alejadas y relegadas como animales, olvidándose de que también somos inmortales y de magia pura —respondió el centauro llamado Deslo, sentado sobre sus cuartos traseros, golpeando el suelo con su pata delantera—. Existieron más oráculos, pero desde hace muchos siglos desaparecieron… fueron perseguidos, acorralados y exterminados —concluyó casi en un suspiro.
El silencio entre ellos era incómodo y lastimero.
—En un solo día, el mundo se quedó sin la respuesta a la única interrogante que le ha perseguido… ¿Qué sucederá mañana?
—Es por esa razón que debemos unirnos —dijo Lawrence en tono conciliador un par de minutos después, dándoles tiempo a reponerse de sus dolorosos recuerdos—. Para que exista la posibilidad de un mañana, para nuestros herederos y para nosotros mismos.
—Jamás se ha visto una cosa igual, un ejército de humanos, dragones, orcos, enanos, elfos, faunos, hadas, trolls y cuantas criaturas han pasado por este vasto prado —dijo un troll muy anciano de cabello rojo.
Su aspecto no era tan desagradable como los humanos recordaban en aquellas pequeñas figuritas que habían creado, creyendo que era una invención propia.
—Ya no existe ningún oráculo, y no creo que alguien se atreva siquiera a leer ese libro, aunque conozca esa lengua tan antigua. Conozco la reputación que ese humano tenía dentro de los círculos de poder, porque Zardok Torbal nos habló de él —explicó Merrik Hawthorn unos minutos después rompiendo el silencio incómodo que había en la cámara.
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Editado: 15.08.2026