Dos mundos, saga Histria Oculta, Tomo 2

Treinta y seis.

La derrota.

Kira Talin había regresado por fin al castillo de Thenet; estaba furiosa y no parecía ser la misma de antes. Estuvo fuera casi seis meses. Había encontrado cosas que no imaginaba, algunas aún no podía recordarlas, pero el tiempo que estuvo fuera le sirvieron de entrenamiento para utilizar sus poderes con mayor rapidez de lo que ya lo hacía.

—¡Zardok!

Gritó recorriendo una por una las habitaciones del gran castillo negro. En sus ojos podía verse la furia; raramente no había nadie en el castillo, estaba desierto. Se preguntó dónde estarían todos.

—Vamos, cobarde, sal —gritó abriendo las puertas que daban a una de las habitaciones en una de las cinco torres.
—Aquí estoy.

Respondió Zardok parado en el centro de la habitación que estaba al final de la torre, de la quinta torre; esta era conocida por haber sido la habitación del primer dragón nacido de la magia.

—Me mentiste —gritó Kira entre dientes entrando a la habitación, aventando la puerta con violencia.
—En realidad sólo aproveché las circunstancias en mi propio beneficio —respondió con calma tratando de no reírse, sin entender la razón de ese sentimiento.
—¿Cómo te atreves?

Gritó desenvainando la espada con un movimiento rápido.

—Aún no te he dicho mis motivos —dijo Zardok con un tono un tanto seductor viendo a los ojos de Kira.

Si bien era evidente que él ya no era el mismo, su aspecto físico por mucho había decaído. Se veía viejo, como si su piel se estuviera secando; el blanco de sus ojos ya casi había desaparecido.

—Soy todo oídos —respondió sin guardar la espada; ese era uno de los mayores defectos que la Didrak podría tener: sus ganas de saciar su curiosidad.
—Puedo asegurar que serás la más importante... estarás al nivel de Reyes en el mundo mortal y de creadores en el nuestro, todo lo que anheles será tuyo —comenzó a explicar Zardok sin moverse de donde estaba parado—. Jamás existirá un líder igual a ti... con tu poder y mi pericia te llevaré a la gloria —concluyó tranquilamente acercándose a Kira, cual Zelldre que propone el mejor contrato de todos.
—¿Qué debo hacer?
—Eso es muy fácil —dijo esbozando una macabra sonrisa que por su apariencia más bien parecía un gesto horrendo, rozando la mano de ella—. Entrégame la espada —concluyó con una voz un tanto tenebrosa, pero no era por el miedo que le tuviera, era porque su cuerpo estaba sumamente débil.
—No te serviría —respondió Kira a modo de negación, ocultando un poco la espada detrás de su mano.
—¿Qué?
—Está separada, esto ocurrió cuando recuperé la memoria —dijo Kira con una sonrisa de satisfacción enmarcada en el rostro, mostrando solo al corazón sombrío.
—¿Cómo que se separó? —interrogó Zardok tomándola por el cuello y comenzando a asfixiarla, omitiendo el hecho de que ella había recuperado su memoria.
—Tal como una gota de agua y de aceite —respondió Kira sin quitar la sonrisa del rostro; ni siquiera le molestaba un poco la presión que Zardok ejercía sobre su cuello.
—¡Eso es imposible!

Murmuró completamente desconcertado; no había motivo o razón alguna para que ello sucediera.

—No, no lo es —dijo Kira levantando la espada con su mano izquierda—. Es hora de pagar lo que me has hecho —concluyó clavando el corazón sombrío en el estómago del Zelldre, atravesándolo hasta que la punta de la espada salió del otro lado de su cuerpo.
—¡No! —gritó cayendo al suelo pesadamente.

Kira jaló la espada con cautela y limpió la hoja con el interior de su gabardina; una sangre de un violeta indefinido.

—Esto fue demasiado fácil —pensó viendo el cadáver de Zardok. Había algo que le molestaba de aquella situación.

Se dio media vuelta para marcharse cuando la luz de la habitación se apagó. Ella lanzó pequeñas orbes de fuego fatuo para encender las antorchas una vez más.

—No será como lo planeé, pero de uno u otro modo será —dijo una voz vacía a su espalda.

Kira se volvió con rapidez con la espada aún en la mano.

—De uno u otro modo terminaré con la vida de este mundo y tendré venganza —concluyó.

Kira solo lograba ver un cuerpo sin rostro.

—A él no lo pude tener, pero tú serás otra historia.

La cubrió como si fuese un tornado de arena oscura que no le permitía ver nada más allá de sus ojos y le dificultaba respirar. Kira Talin estaba aterrada, pero sus gritos nadie podría escucharlos jamás. Cuando la luz de la habitación fue suficiente para iluminar hasta el rincón más oscuro, esta estaba hincada en el suelo con la cabeza agachada y la espada clavada en este; se recargaba en ella para no caer.

—Sal de mí —decía Kira entre dientes.
—Jamás —dijo el Grimma—. Es hora de formar mi ejército —concluyó desapareciendo con Kira.

En esta ocasión el poder del Grimma fue por mucho más fuerte que el de ella. Viajó al mundo mortal donde los oscuros hacían su voluntad; habían escogido la ciudad de Londres, Inglaterra, para crear su fortaleza. En un edificio cercano al río Támesis, el lugar se veía lúgubre, frío; la fortaleza era perfecta.

La batalla que crecía en su interior era casi imperceptible. Kira caminó por la parte interior del jardín central hasta las puertas que parecían ser de un antiguo edificio usado por el gobierno de esa ciudad; en la puerta había dos trolls gigantes que custodiaban la entrada. Kira Talin los veía con curiosidad; el Grimma meditaba el momento justo para hacer su entrada triunfal.

“Nunca digas lo que eres, hasta que tengas las pruebas necesarias.”




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