Dos mundos, saga Histria Oculta, Tomo 2

Treinta y siete.

Los Rosseliu: Zul.

—Ahora que sabes quién eres, mi labor es más sencilla —dijo una voz muy sutil acercándose a ella.

Un aroma extraño invadía el viento a su alrededor, el aroma del bosque, mezclado con algo más, el olor de los malditos.

—¿Por qué habría de escuchar a un hada que traicionó a los de su especie? ¿A quién entregó los secretos de su gente?

Interrogó Kira con sarcasmo y desinterés. Aún podía controlar su cuerpo y sus emociones, lo había hecho después de percatarse de la presencia de esta, pero estaba librando una batalla devastadora.

—Por la misma razón que sabes ahora que tu nombre significa destrucción —respondió el hada alcanzándola y caminando a un lado de ella—. No sólo debías recobrar tu memoria, aún debes caer —explicó con una sonrisa.

Kira Talin la observaba con furia deteniendo su marcha, preguntándose por qué le habían enviado a uno de los creadores a decirle algo que sabía.

—No sé de qué hablas —dijo Kira fingiendo inocencia. El Grimma se encontraba congelado en el tiempo dentro de su cabeza sin percatarse de esta conversación—. Y no me interesa de lo que hablas.
—El mismo dolor, frustración y desesperanza que sentiste alguna vez, lo provocarás con tus propias manos a todos aquellos que tratas de salvar —sentenció el hada con tranquilidad deteniendo la marcha de Kira.
—Terminemos con esto —pidió Kira molesta parada frente al hada.

Si algo debía saber, tendría que ser en ese momento. No sabía cuánto tiempo más podría controlar al Grimma; ambas podían sentir su presencia.

—Mi nombre es Zul —se presentó el hada, inclinando un poco la cabeza, haciendo una reverencia de respeto—. Yo voy a recordarte una historia que conoces. Hace algunos siglos atrás llegó a este mundo una mujer que no debía ser humana, su vida rodeada de tragedias y desventuras le enseñaron el lado oscuro de la vida… la muerte, la afrontó con gran valentía y amor, aceptó cada una de sus pérdidas, hasta que fue su propia pérdida la que llegó.
—Conozco la muerte mejor que tú.

La interrumpió fríamente.

—¿Por qué estás tan segura de ello? No basta con haberla visto un par de veces —respondió Zul casi molesta; comenzaba a detestar a la Didrak.
—La he probado —se acercó a Zul en actitud intimidante, colocando la mano en el maneral del corazón sombrío.
—Pero jamás de sangre inocente, de sangre pura —aclaró el hada.

Esas palabras dejaron fría a Kira por unos segundos. Recordó la petición que Sajem le había hecho; sabía que no tenía salida, esa era una deuda que saldar.

—Debes recordar que aun a nosotros nuestros ojos nos engañan, debes dejar que la oscuridad te cubra por completo y guarecerte allí.
—Te lo advierto, única: vete y espero no volver a verte —dijo Kira recobrando su postura, como si no hubiera entendido lo que esta le había dicho—. Que tengas una buena noche —concluyó pasando a un lado del hada y caminando hacia la puerta.

Zul la observó con detenimiento.

—Tu tiempo llegará, debes estar lista para ello, de otro modo el mundo se perderá —murmuró desapareciendo.

La Didrak no la había alejado por la advertencia, sino porque sentía que el Grimma estaba por liberarse. Quería evitar que este se enterara que los Rosseliu la estaban guiando, aunque su guía fuera abrumadora. Kira Talin llegó hasta la puerta donde se encontraban los trolls y se paró frente a ellos.

—¿Qué buscas? —interrogó uno de ellos levantando su mazo para que la mujer se detuviera.
—La muerte de cada inocente —respondió Kira con la voz vacía.

El Grimma nunca se percató de que estuvo congelado en el tiempo por un breve instante en su vida.

—Usted es bienvenida —respondió el otro troll y las puertas del lugar comenzaron a abrirse.

Detrás de las puertas podía apreciarse una fortaleza digna de un monstruoso monarca. Dentro del edificio parecía que el tiempo no había transcurrido; todo lo que allí se encontraba estaba en perfecto orden y cuidado. Distaba mucho de la forma en que el mundo se veía por doquier. Esbozó una pequeña sonrisa y atravesó el umbral. Todos los que ahí se encontraban la observaban con cautela, pero por lo que se decía de ella nadie se atrevió a detenerla; muchos incluso le temían.

Como si fuera guiada por un impulso recorrió el lugar hasta llegar a las habitaciones del ala oeste, al final del pasillo con sus blancas paredes donde se veían las pinturas de los reyes de antaño y algunas viejas armaduras resplandecientes en oro y plata. Plantas que le daban al lugar un toque de vida entre tanta inmundicia.

Había una gran puerta de dos aguas de madera con ornato en color oro; se encontraba cerrada, cuyo único guardián era un Nimik llamado Grolie, un ser mágico tan antiguo como el tiempo, tan poderoso como un Rosseliu y tan peligroso como el Grimma mismo. Aunque su apariencia era la de un niño de cabello castaño quebrado, con sus ojos de color café miel y su piel blanca, de aspecto tranquilo y vulnerable, daba a pensar que era fácil derrotarlo.

—¿A qué has venido? —interrogó Grolie con su voz infantil.
—Sé que detrás de esas puertas está el consejo oscuro. Yo sólo he venido a darles una alternativa definitiva en esta guerra que inicia —respondió con presunción con un ademán de la cabeza para señalar la puerta que estaba frente a ella.
—En efecto mi señora, aquí se encuentra el consejo oscuro, pero dudo que un Didrak sea de utilidad.

Respondió Grolie esbozando una sonrisa en su pequeño rostro, que en realidad se encontraba algo aburrido de estar allí.

—Tu poder y el mío son incomparables, Grolie. La devastación que hacemos nadie más puede equipararla; podríamos si quisiéramos destruir el mundo entero, llevando nuestra destrucción hasta el infinito —comentó con una sonrisa macabra, viéndolo a los ojos—. Pero ni siquiera tú puedes detenerme.

Detrás de Grolie las puertas se abrieron.

—¿Qué sucede? —interrogó el perro de tres cabezas llamado Latrem.




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