Caminos.
Triztan Talin se encontraba aún sentada frente a la fogata, en el viejo auditorio del círculo de fuego; estaba tratando de reponerse de lo que le había pasado. En ese momento sintió que no era tan fuerte como siempre había creído. Con calma se puso de pie sacudiendo su ropa; estaba decidida a terminar con su trabajo aunque eso le costara la vida. Después de todo, ya no tenía nada que perder.
Para ella, su situación le resultaba inimaginable: pelear contra sí misma para poder pelear contra sus enemigos, pelear contra el peor enemigo del mundo y, cuando se supiera su tragedia, enfrentar a sus amigos. Pero solo aquellos que vencen a sus propios demonios pueden vencer a los enemigos que le acechan.
Las horas oscuras de la Didrak estaban llegando; aún no había comenzado su batalla y ya había perdido casi todo: a su padre, a su pareja y, por si fuera poco, a sí misma. Pero no solo ella se sentía perdida en aquel momento; su Vigilante y sus amigos humanos se sentían responsables. No sabían en qué forma podrían ayudarle para sobreponerse o para que tuviese la fuerza necesaria para pelear lo que vendría. Temían en sus corazones no tener ellos mismos el valor de enfrentar lo que el destino les pusiera enfrente.
Entonces, ¿cómo podrían exigirle a ella que lo hiciera? Sabían bien que ella había hecho todo lo que estuvo en su mano para obtener esa arma, pero no porque fuera su destino hacerlo. Lo hacía porque en su corazón sentía que si ella no luchaba por los débiles, nadie se atrevería a hacerlo. Bien lo había dicho algún sabio una vez: “Para que el mal triunfe, solo basta que un hombre bueno no haga nada".
—Debemos terminar nuestro viaje, no podemos detenernos por lo que ha pasado —indicó con calma observando a todos.
Estos la observaban con cautela, quizá preguntándose si en realidad podrían restarle importancia a lo sucedido.
—¿Si no eras tú quién controla su destino, quién es? Kira… —comentó Trea Bradford con amabilidad, unos minutos después de lo dicho por la Didrak.
Triztan se quedó parada frente a la fogata observando las llamas arder. La Vigilante tenía razón, y el problema era que no había a nadie a quien acudir.
—Mi nombre es Triztan —respondió ella sin volverse a ver a Trea, unos minutos después casi en silencio—. Y creo que conozco a quién podrá ayudarnos —concluyó tratando de recobrar la postura y el control sobre sus emociones.
—¿Dónde lo encontramos? —interrogó Wayat rompiendo el silencio un tanto emocionado, sentado en una de las butacas del auditorio.
La noche era sumamente fría y casi pasaba de las tres de la mañana.
—Es un Rosseliu —aclaró volviéndose a ver a Alexander con cautela, sintiendo que él podría decirle dónde encontrarles.
—Ellos desaparecieron hace muchos siglos... Ya ni siquiera se sabe si aun caminan por este mundo —respondió Alexander incrédulo observando los extraños ojos de Triztan.
Poco era lo que sabía en realidad sobre qué había pasado con los Rosseliu.
—Pero aún quedan algunos sobre esta tierra —corrigió Triztan muy segura de lo que estaba diciendo, aunque no sabía por qué.
—Creo que también se dividió tu cerebro —murmuró Trea con sarcasmo burlándose de ella.
—Repite eso, y te enviaré con Ler Taranis —sentenció Triztan entre dientes volviéndose a Trea, colocando su mano derecha sobre el maneral de Almedan.
Un clon de Triztan apareció frente a Trea Bradford.
—Tranquila Triztan —pidió Alexander acercándose a ella.
Le tomó la mano con mucho cuidado; el clon desapareció.
—Lo lamento —murmuró Trea asustada desviando la mirada para que nadie pudiera darse cuenta de su temor.
Por momentos las conversaciones con Triztan se tornaban algo violentas e inciertas, ya que ella era demasiado volátil e inestable. No sabía en quién confiar; era como un pequeño que apenas comienza a andar por el mundo.
—¿Cómo podríamos encontrar a ese Rosseliu? —Wayat interrogó unos minutos después rompiendo el incómodo silencio.
Pues trabajar con Triztan era menos complicado que hacerlo solos.
—Gregor podrá encontrarlo —sugirió Trea tratando de controlarse—. Después de todo él es el oráculo —concluyó con un atisbo de emoción en su voz, volviendo su rostro para ver a Gregor Dulac que la veía desde lejos sin siquiera intervenir en la discusión.
—Por más poderoso que Gregor sea, no lo logrará. Ese Rosseliu controla su destino, eso significa que está más allá del tiempo y del espacio —aclaró Triztan pensando las cosas un poco.
Hablaba pausada y silenciosamente; ellos tenían que esforzarse para escucharle.
—Creo que debemos dividirnos. Gregor y Triztan buscarán al Rosseliu, y el resto lo que nos falta —sugirió Alexander con cautela, soltando la mano de esta.
—Excelente idea —dijo Triztan acercándose a Gregor.
Su respuesta pareció una burla, pues la mayoría sentía que el grupo no debía separarse. Sin embargo, juntos no lograrían encontrar al Rosseliu.
—Cuando estén listos, solo quemen esto —concluyó sacando una piedra azul del bolso de su gabardina, entregándosela a Alexander.
—Estas piedras son únicas —murmuró Alexander emocionado y sorprendido tomando la piedra azul.
—Por esa razón úsala con cautela —acordó Triztan con sutileza tomando la mano de Gregor. Una lágrima se asomaba por el rabillo de su ojo—. Buena suerte —murmuró desapareciendo con él.
—Bien, creo que nosotros también debemos partir —sugirió Alexander guardándose la piedra azul que le había entregado, sabiendo que quizá la misión les llevaría un poco más de tiempo.
—¿Crees que estarán bien? —interrogó Trea dejando ver la preocupación en su voz.
—Sé que ella lo cuidará y que Gregor es fuerte —respondió Wayat viendo a Trea con una sonrisa en los labios.
Ella también sonrió.
—Vámonos —indicó Alexander comenzando a caminar hacia afuera del auditorio.
Wayat Preston y Trea Bradford lo siguieron en silencio.
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Editado: 15.08.2026