El paso del tiempo
Para esta fecha ya habían transcurrido cinco años desde que todo inició. Con el transcurso de las cosas, el tiempo se hacía tan elástico que parecía que había una eternidad. De los humanos que fueron rescatados, y que decidieron unirse al ejército que se había formado, pocos eran los que habían perdido todo; y que pese a esto habían encontrado entre las criaturas mágicas una nueva familia, una nueva razón para pelear.
De esta clase de humano era una joven llamada Sophie Serna. Ahora que toda su familia y amigos habían perecido, se había convertido en lo que tanto imaginó. No recordaba a cuántas personas había salvado, pero sí recordaba a las treinta y cuatro personas que había perdido. En contra de toda su voluntad, pero sabía que cuando la muerte tomaba una determinación, solo es cuestión de tiempo antes de que decida actuar.
Casi un año atrás, había viajado con su célula a las tierras lejanas de Inglaterra. Buscaban a personas o seres que necesitaran ayuda; eran brigadas de rescate. Como lo había hecho cuando, en lo que parecía una vida anterior, se había desempeñado como bombero. Estando en un pequeño poblado de Glasgow, o lo que quedaba de este, encontraron a cinco personas y veinte niños. La tarde en que los encontraron había estado nevando y la víspera de la Navidad estaba tan solo a unos días de llegar. La gente que quedaba de ese lugar había sobrevivido a casi cuatro ataques; vivían con miedo y cada vez había menos adultos para cuidar a los pequeños, cuyas edades oscilaban de los dos a los diez años.
La célula, comandada por un centauro llamado Vixter, estaba siendo seguida por un grupo de oscuros con el único fin de que, al momento de que estos encontraran a los humanos escondidos, pudieran atacarlos y por lo tanto tener más control sobre la batalla que en ese momento se estaba librando. Las negociaciones con la gente del poblado tardaron un poco; el problema era que estos no querían dejar sus tierras. Pero con la situación en la que se encontraban, era lo mejor que podían hacer, si no es que su única solución.
Casi al anochecer del segundo día después de la llegada de la célula, lograron convencer a los adultos de dejarlo todo y acompañarlos a la ciudad oculta. Se habían preparado para salir antes del anochecer, pero en ese momento un grupo de siete oscuros (gnomos, orcos, elfos, entre otros) atacó. En defensa, la célula se separó tratando de atrapar a los atacantes; solo Sophie permaneció con las personas. Estaban ocultos dentro de un granero que estaba medio destruido; se habían ocultado entre la poca paja que ahí había. No era un escondite seguro, pero era lo único que las ruinas le podían proporcionar.
Los niños lloraban; los que eran un poco mayores trataban de tranquilizar a los más pequeños. Sophie veía en los rostros de los pequeños el temor y el dolor de su propia familia antes de morir a causa de un ataque dos años atrás. Estaba asustada y no se sentía capaz de protegerlos, como había querido hacerlo en antaño. Casi a la media noche, cuatro oscuros entraron lo más silenciosamente posible al granero. La primera en darse cuenta fue una chiquita de cuatro años que, al ver un orco de apariencia grotesca, dio un grito que alertó a todos los que se encontraban con ella.
Sophie Serna sabía que el resto de la célula estaba lo suficientemente lejos como para percatarse de lo que ocurría en el granero, así que el salvar la vida de las personas dependía completamente de ella. Con cautela se puso de pie entre las sombras; de este modo logró eliminar a uno de sus atacantes, pero los otros tres, al percatarse de ello, buscaron eliminarla. Sophie había aprendido bien a defenderse y a atacar, pero los oscuros le llevaban una vida de ventaja.
En la pelea mató a un zelldre e hirió a un minotauro. Pero fue un troll el que logró hacerle daño; estaba mal herida y ya no tenía armas o cualquier cosa que le pudiera ayudar a defenderse. Ahora eran dos contra uno; estaba en una evidente desventaja. Ella se encontraba tirada en el suelo del granero, sangrando de varias partes del cuerpo; la tierra y la paja la cubrían y se pegaban a la sangre que su cuerpo derramaba. En silencio, y permitiendo que los oscuros buscaran en el granero, ella comenzó a pedir ayuda; sabía que alguien podría escucharla. Pero ignoraba si este fuera oscuro o no y si es que llegaría a ayudarle.
En el silencio, con el dolor por haber fallado y en la oscuridad, surgió un recuerdo en su memoria: el de su familia y todo lo que vivió con ellos a lo largo del tiempo que se les permitió estar con vida. Recordó cuando, siendo bombero, a la primera familia que salvó el día en que la fábrica de papel explotó. La fuerza del recuerdo fue tal que sus heridas comenzaron a sanar con una rapidez impresionante; sin hacer ruido se puso de pie. La consecuencia de esto la marcaría de un modo que ella misma ignoraría. Eliminó a los últimos dos atacantes, recibiendo de ellos cuanto daño fuera posible, soportándolos con el único y firme propósito de no perder a esas personas, fueran su familia o no.
Cuando el ataque terminó, ella se encontraba en el mismo lugar donde había quedado cuando el gnomo la hirió. El resto de la célula regresó tan solo para ayudarle a sacar a las personas y revisar que estuvieran bien. Pero había sido ella quien había arriesgado su vida de un modo tal para salvarlos, y lo había logrado. Días después, y dentro de la ciudad subterránea de Codam, las más de treinta personas que salvaron de la pequeña provincia festejaron Navidad en compañía de Sophie Serna y los que les habían salvado esa última terrible noche.
“Que tu sueño sea libre de vivir.”
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Editado: 17.10.2026