Dos mundos, saga Histria Oculta, Tomo 2

Cuarenta.

Deberes y responsabilidades.

—Tenemos este maldito libro hace semanas y nadie es capaz de leerlo o nadie ha querido hacerlo —dijo Merrik Hawthorn molesto a un elfo de piel blanca, con sus ojos de color miel y su cabello castaño lacio hasta la cintura, de sonrisa amable y 199 centímetros de estatura llamado Lastor, que lo acompañaba desde hacía tiempo.

Merrik Hawthorn se había ganado la admiración y el respeto de muchos de los seres mágicos por el hecho de haber salvado a millones de inocentes de una muerte segura, y por seguir haciéndolo aun cuando sus obligaciones habían cambiado después de encontrar ese libro; debía encontrar a quien fuese capaz de leerlo.

—Merrik, leer esas líneas y descubrir cómo es que esta guerra prosigue no es tarea sencilla; no todos estamos preparados para una responsabilidad que no nos corresponde —respondió el elfo en tono amable observando el libro de Malaquías que se encontraba sobre un tripié especial, en el centro de la cámara, del Valle de Oro.

—Debo buscar quién sí quiera salvarse —dijo Merrik entre dientes desapareciendo unos segundos después.

Viajó por varios lugares hasta llegar a Tohund, a un lugar tan parecido al círculo de fuego; sin embargo, este era aterrador. Rodeado de montañas repletas de árboles secos que parecían muertos, pero que en realidad eran los oscuros Jazabell. A estos los llamaban Labell. Eran árboles violentos y en realidad peligrosos. Merrik observaba con calma a los que quedaban en la ciudad, tratando de recordar cómo era el aspecto anterior de ese temible lugar. Nunca supo qué fue lo que lo impulsó a llegar a ese lugar, pero siempre supo que las cosas tienen un porqué de ser.

—¿Merrik? —interrogó un joven acercándose a él.

El Didrak sintió un sobresalto y se volvió con cautela.

—Alexander, qué gusto por fin ver a alguien familiar —dijo Merrik con un tono de voz un tanto triste, estrechando la mano del ex-Vigilante.
—¿Qué te trae a esta ruina de ciudad? —interrogó Alexander con una sutil sonrisa.
—La nostalgia del ayer —respondió Merrik con calma, aunque era evidente que otro asunto lo había llevado hasta aquel lugar.

Pero fortuitamente, había llegado en el momento justo en que él estaba allí.

—Ven conmigo —pidió Alexander señalando a un viejo edificio que estaba a su espalda.

En antaño había sido un edificio de quince pisos cubierto de cristales e iluminado por doquier, similar a los grandes e importantes edificios que se habían encontrado en las ciudades importantes del mundo mortal. En la actualidad sólo quedaban ruinas de los primeros tres pisos; todo había perdido su luz. Merrik siguió con cautela a Alexander; caminaron hasta la entrada.

—¿Qué hay ahí?
—Continúa hasta salir de ese pasillo —indicó Alexander deteniéndose y señalando un largo corredor que estaba frente a ellos—. Quizá tú puedas ayudarle —concluyó un tanto misterioso, viendo a Merrik.

Éste lo observó con curiosidad.

—Confía en mí —pidió con calma.

Merrik asintió en silencio y siguió caminando tratando de ver qué era lo que había al final del pasillo. Cuando salió de este vio a varios Vigilantes en el lugar; se quedó parado de pronto sin ocultar su sorpresa. Sus súplicas habían sido escuchadas de una forma extraña; quizá no era lo que estaba buscando, pero quizá ello podría darle una pista de dónde debía continuar.

—¡Merrik! —gritó ella parándose de un golpe y corrió hasta él.
—Kira —murmuró Merrik extendiendo sus brazos para abrazarla—. Qué gusto me da verte a salvo —dijo en un susurro tratando de contener las lágrimas, y más aún de saber que lo reconocía.
—A mí también, pero ya no soy Kira… soy Triztan —respondió Triztan con un nudo en la garganta.
—¿Cómo sucedió? —interrogó Merrik viéndola a los ojos unos minutos después, tomando el rostro de ella con sus manos, tratando de hacer una instantánea en su rostro.
—Todo ha sido gracias al oráculo, y a unos cuantos Rosseliu —respondió Kira esbozando una sutil sonrisa.

Era la primera vez en casi dos años que podía sonreír y esa sonrisa era auténtica, pero lo hacía por tener a alguien que amaba frente a ella.

—¿Oráculo? —interrogó Merrik con la curiosidad reflejada en el rostro, pensando en la ironía de aquel fortuito encuentro—. ¿Encontraste un oráculo?
—Así es, él me está ayudando en mi búsqueda, pero aún no hemos encontrado nada —respondió Triztan señalando a Gregor, que estaba sentado en una de las sillas de oficina que aún había en el lugar.

Allí se reunían algunos Vigilantes para descansar y comer y continuar con sus labores; allí se reunían cuando sentían que ya no podían continuar, solo para darse apoyo y ánimos.

—¿En qué momento Gregor se convirtió en el oráculo? —interrogó Merrik sorprendido soltando a Triztan.

Esta inclinó la cabeza un poco viendo la alfombra cubierta de tierra y escombros.

—Esa historia la desconozco, pero lo que sí sé es que él es el oráculo, el último —respondió Triztan con tranquilidad y un tanto apenada, tomando la mano de su abuelo—. Acompáñame —dijo obligándolo a caminar hasta donde se encontraba Gregor Dulac.
—¡Merrik! —dijo la voz de un joven a gritos. Se acercó rápidamente a ellos—. ¡Merrik! —dijo nuevamente.
—Wayat, así que aquí habías estado —saludó Merrik esbozando una amplia sonrisa y llevándose una mano a la cabeza, abrazándolo unos segundos después.
—He estado en muchos lugares, pero dime: ¿dónde están ellas?, ¿cómo están? —pidió Wayat con desesperación en su voz sin dar más explicaciones.
—Ella está bien, Laura está en Codam, en la ciudad subterránea —respondió Merrik con calma, colocando su mano sobre el hombro de este para tranquilizarlo—. Están a salvo… tranquilo.
—Es por esa razón que no encontramos a nadie —murmuró Gregor atrayendo la atención de ellos—. Están ocultos.
—Quiero verlas —pidió Wayat tomándolo del brazo; ya nada le importaba más que eso.
—Sé paciente, no las pongas en riesgo —dijo Gregor con cautela parándose y caminando hacia su amigo, colocando su mano en el hombro de este. Le costó mucho contenerse, ahora sabía que ellas estaban bien.
—Trataré… —dijo Wayat con tristeza en su voz viéndolo a los ojos, aunque era evidente su desesperación por estar con su familia.
—El último oráculo, al fin te encontré —dijo Merrik viendo a Gregor.




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