Sentimientos comunes.
Triztan Talin caminaba por la estancia de aquel lugar, todo el grupo se encontraba ahí. Alexander fue el primero en acercarse a ella, la observó con detenimiento, dándose cuenta de que la mujer que estaba frente a él era la misma que había conocido hacía cinco años.
—Lo lograste —dijo Alexander con una sonrisa en los labios, rompiendo el silencio que se había apoderado del lugar cuando ellos cruzaron el portal.
—Así es —respondió Triztan con una sutil sonrisa, aún tomada de la mano de Domenicus.
Wayat Preston se acercó a ellos con rapidez. Su rostro reflejaba la desesperación y la alegría al mismo tiempo. No podía creer que, después de tanto tiempo, la familia estuviera reunida de nuevo.
—¿Dónde están? —interrogó Wayat con la voz entrecortada, refiriéndose a su esposa e hija.
—Están a salvo, Wayat, te lo prometo —respondió Triztan con ternura, soltando la mano de su padre para abrazar a su amigo—. Pronto estarás con ellas.
Domenicus observaba todo con curiosidad. Ver a Merrik Hawthorn ahí le devolvió una paz que creía perdida. Merrik, por su parte, se acercó al Hasselvi con paso firme.
—Pensé que no volvería a verte, viejo amigo —dijo Merrik estrechando la mano de Domenicus.
—Ni yo a ti, Merrik. Parece que el destino tiene formas extrañas de reunirnos —respondió Domenicus con una sonrisa sincera.
El grupo comenzó a relajarse. Trea Bradford y Gregor Dulac se acercaron también. Gregor, manteniendo su postura de oráculo, observaba a Triztan con un respeto renovado. Sabía que lo que ella había hecho al traer a su padre de vuelta no era solo magia, sino un acto de voluntad que desafiaba las leyes del mundo mágico.
—El equilibrio se está restableciendo, pero el precio aún no ha sido pagado —murmuró Gregor, casi para sí mismo.
—Lo sé, Gregor —respondió Triztan volviéndose hacia él—. Pero hoy no es el día para hablar de precios, sino de lo que nos une.
Pasaron las horas y los sentimientos comunes de esperanza, miedo y amor llenaron la cámara del Valle de Oro. Hablaron de los años de ausencia, de las batallas perdidas y de la fortaleza de Codam. Wayat escuchaba con atención cada detalle sobre su familia, mientras Alexander y Trea compartían los mapas y las estrategias que habían desarrollado durante la ausencia de Triztan.
—Debemos estar listos —sentenció Alexander señalando los mapas sobre la mesa—. El Grimma no se quedará en Londres por mucho tiempo. Su ejército está creciendo y pronto el mundo mortal no será suficiente para saciar su hambre de poder.
—Tenemos el libro, tenemos al oráculo y ahora te tenemos a ti —dijo Merrik viendo a Triztan—. Es hora de que nos digas qué es lo que sigue.
Triztan caminó hacia la ventana de la cámara, desde donde se podía ver el resplandor dorado del valle.
—Lo que sigue es la verdad —respondió Triztan sin volverse—. Gregor debe leer el libro de Malaquías. Solo así sabremos cómo detener lo que nosotros mismos ayudamos a crear.
Domenicus se acercó a su hija y colocó una mano en su hombro.
—No estás sola en esto, Triztan. Nunca lo estuviste.
—Lo sé, padre —respondió ella cerrando los ojos por un momento—. Pero siento que el tiempo se nos ha terminado.
En el rincón más oscuro de la habitación, las sombras parecían danzar al ritmo de sus palabras. El sentimiento de unidad era fuerte, pero la sombra del Grimma y de Kira Talin acechaba en la memoria de cada uno de los presentes, recordándoles que la victoria aún estaba lejos de ser alcanzada.
“El amor es el único sentimiento que sobrevive a la muerte, porque es el único que no le pertenece.”
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Editado: 15.08.2026