Los Rosseliu: Arrutina.
El Grimma había ganado terreno con el ejército oscuro, ya no tenía caso que estuviera oculto; todos sabían quién era el enemigo. Pero no tenía la fortaleza para atacar por sí mismo, teniendo que enfrentarse a un par de armas que desconocía si podrían causarle algún daño; por ello, como parásito, utilizaba el cuerpo de Kira Talin a voluntad.
—Las cosas serán a mi modo —murmuró él parado en la azotea de la fortaleza. Hacía un par de horas que había oscurecido; las estrellas no lograban verse por las espesas nubes que cubrían el cielo—. El mundo mortal le dio vida a sus propios demonios; creó vampiros, hombres lobo e incluso dioses y titanes —explicó en un tono misterioso al elfo oscuro Pyrus, que estaba recargado en la media barda que delimitaba la azotea.
—¿Qué pretendes?
Interrogó Pyrus con cautela observándola; ella estaba parada en la cornisa, observando el movimiento de la ciudad, que estaba casi destruida.
—Despertarlos de su sueño en el que los han tenido, tan solo para utilizarlos en contra de sus propios creadores. Una poética burla a los seres en los que se basaron esas míticas criaturas, una burla para ustedes —respondió con una sonrisa macabra. Estos seres no pertenecían al mundo humano, como se creía.
Ellos solo habían escrito sobre las criaturas que recordaban de un mundo que, sin saberlo, añoraban.
—Sabes bien que a Bronco le molestará —reprochó el elfo acercándose más a la orilla de la azotea.
—Ese maldito desangrador no se interpondrá; adora a sus hijos falsos —murmuró entre dientes observando el jardín interior de la fortaleza; sus árboles, aunque llenos de vida, tenían un aspecto lamentable y lastimero.
—Debes entender una cosa, mi señor: los humanos crearon a estas criaturas fantásticas de los pocos recuerdos que les quedaban de este mundo y, de algún modo, Byron es el padre de todos aquellos vampiros del mundo mortal, e incluso los antiguos gigantes son padres de aquellos que llamaron titanes —explicó el elfo entre dientes, sintiendo la frustración de tener que obedecer a alguien que él mismo había ayudado a atrapar.
Kira dio un salto inverso, cayendo a la azotea, y se volvió a verlo de frente.
—¿De qué lado estás, oscuro?
Interrogó entre dientes, mostrando sus colmillos cual perro rabioso.
—Del suyo, mi señor —respondió el elfo haciendo una reverencia de respeto, ocultando su temor.
—Eso espero —reprochó dándose vuelta, colocando sus manos en la barda que delimitaba la azotea en donde le gustaba estar—. Bien, dejaré la fantasía del mundo mortal a un lado por el momento. Ahora ve a buscar al dragón Dalef; hay una tarea que quiero encargarle —concluyó volviéndose a subir a la cornisa.
—En seguida —respondió Pyrus y comenzó a caminar en dirección a la entrada a las escaleras, cuando la temperatura comenzó a descender; las nubes comenzaron a desaparecer, podían verse las estrellas y la luna tan grande y tan antigua como la historia misma.
La Didrak sintió algo extraño por un corto período de tiempo; logró controlar su cuerpo congelando al Grimma en el tiempo otra vez, una acción que cada vez se volvía más difícil.
—¿A qué has venido, Arutna? —interrogó Kira al viento.
—La hora está cada vez más cerca —respondió una melodiosa voz en el viento. El aroma de la naturaleza y la tranquilidad de esta la abordaron por un breve instante.
—Habla ya, no tengo tiempo —pidió Kira intranquila en una forma completamente literal, cuando una figura extraña apareció frente a ella; esta estaba rodeada de flores, animales como mariposas, gusanos, agua, viento y nieve.
—La misma pelea que tienes tú en este momento la libró tu madre… además, ella se vio obligada a enfrentar a su abuelo —comenzó a explicar Arutna con la tranquilidad que le caracterizaba.
—¿A qué te refieres?
—El Grimma logró llegar a Julián y este tuvo por un instante el control del corazón sombrío, obligándola a enfrentar a su padre; él no pudo matarla, y el poder del corazón no fue suficiente para salvarla. De modo que ella murió protegiéndote... derrotado, el Grimma la liberó regresando a su antiguo huésped. Fue él mismo el que maquiló todo esto, haciendo que Julián diera su vida por ti… —explicó Arutna con cautela. El rostro de Kira iba de la confusión a la sorpresa de un momento a otro.
—¿Julia jamás traicionó a mi padre? —interrogó Kira sorprendida por tal revelación.
—Ella jamás traicionó a nadie; amaba a todo ser que caminaba sobre esta tierra, aun en contra de su origen… amó tan profundamente a Domenicus que lo único que pudo dejar después de su partida fuiste tú —respondió Arutna con calma acercándose un poco a Kira, tratando de rozar la mejilla de esta, pero ella movió el rostro para que no lo hiciera—. Ella te dejó lo mejor de sí misma: su amor y su fortaleza, la misma que hizo que el Grimma la liberara —concluyó rozando la mejilla de Kira; esta sintió la caricia cálida y por un momento recordó a su madre adoptiva.
—Vete —pidió Kira con dificultad en su voz.
Arutna la observó con extrañeza y comprendió, esbozando una sonrisa y desvaneciéndose en un tornado de luz. Aun cuando ella no le había terminado de revelar la historia de su madre, debía dejarla o el maligno las descubriría.
—¿Qué demonios intentas? —interrogó el Grimma, recuperando el control, dándose cuenta de que lo había congelado.
—Nada —dijo Kira entre dientes, perdiendo la batalla una vez más.
—Más te vale —sentenció recobrando el control sobre Kira—. No voy a permitir que arruines mis planes.
—¿Por qué habría de hacerlo? —interrogó una voz extraña acercándose a ella. Se volvió con rapidez.
De uno u otro modo, todos ellos morirán. El Grimma sonrió maliciosamente, sintiendo una fuerte brisa que venía detrás de él.
—Mi viejo amigo Dalef —dijo esbozando una sutil sonrisa al ver al dragón.
—Ni siquiera sé tu nombre —respondió el dragón de color rojo, sentándose en sus cuartos traseros y extendiendo sus alas—. ¿Por qué cree que sería yo su viejo amigo? —concluyó señalándola con un dedo de su pata delantera.
—Lo olvidaba, el cuerpo anterior era de alguien así —respondió Kira transformándose en Zardok Torbal—. ¿Es verdad?
—Ese es mi viejo amigo Zardok —dijo el dragón esbozando una amplia sonrisa, asintiendo con su gran cabeza.
—Pues ahora seremos amigos.
—Qué más da tu apariencia si el objetivo es el mismo —respondió Dalef con un ademán, colocando su pata de nuevo en el suelo.
—Bien, hay un viejo libro que necesito —comenzó a decir Kira acercándose al dragón con calma, como aquel que no tiene nada que perder—. Es negro y tan antiguo como nosotros —concluyó en un suspiro, sabiendo que ese libro estaba perdido.
—¿Acaso perteneció a algún oráculo? —interrogó Dalef confuso, pensando en los libros mágicos que aún rondaban por el mundo; eran actualmente tan escasos que solo un tiro de suerte les permitiría encontrarlos.
—No, esos son libros inútiles. Este libro guarda los recuerdos del último que lo poseyó, incluso lo que no se atrevería a revelar jamás —explicó con calma parándose frente al dragón, que tenía unas seis veces su estatura aun sentado.
—El libro de Drocure de Malaquías —murmuró el dragón extrañado, rozando su mandíbula inferior con el dedo índice de su pata.
—Así es.
—Pero ese libro no lo podrías controlar.
—Dalef, no pienso usarlo… tengo que destruirlo, es por el bien de todos —corrigió en un tono amable esbozando una fingida sonrisa. Después de todo, sabía que ese libro podría ser utilizado en su contra, como ya lo había sido antes.
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Editado: 15.08.2026