El que controla su destino
La mortalidad y el deber.
Triztan Talin había comenzado a instruir a Gregor Dulacc para que aprendiera el lenguaje antiguo del mundo mágico, aquel lenguaje que ya pocos conocían, un lenguaje tan antiguo como el tiempo; aquel que solo los antiguos o los padres del mundo utilizaban. Ese lenguaje que con solo un par de palabras ilegibles decían un sinfín de cosas, sentimientos y comentarios.
Por alguna extraña razón, los seres que estaban reunidos en la cámara estaban renuentes a aceptar la presencia de los humanos y aún más aceptarlos dentro de este gran ejército, fueran estos especiales o no. Triztan estaba sentada en una vieja mesa al fondo de la cámara cuando se escuchó la discusión que había comenzado siendo como una charla cualquiera.
—Es triste saber que nuestro mundo ha estado dividido desde hace tantos siglos, que el mundo mortal está muy lejos de sus raíces... que todo lo que habita en ese mundo debe cumplir su condena y, como pago, el castigo impuesto por su traición. Porque aquellos que robaron los secretos y la magia de los elfos dando vida a los Jakzen, aquellos que robaron la inmortalidad de las hadas, la magia de las triadas, dejando así que nacieran los Wizdart y los capaces de hacer que una ilusión fuera algo real... Esa traición nos costó la pérdida de muchos Nouman, muchos de ellos eran nuestros amigos... ni siquiera pudimos defender a aquellos inocentes... fue cuando los Rosseliu, el antiguo consejo mágico quienes gobernaban este vasto prado, los exiliaron, condenándolos a morir lejos de sus raíces y a repetir sus errores por el resto de su existencia —explicó un pegaso blanco llamado Guisett, con desesperación por hacer entender a los demás el punto que estaba defendiendo.
Triztan se acercó poco a poco y se percató que frente a él estaba Dannan y el grupo de humanos que él mismo dirigía.
—Ellos tienen derecho a regresar a donde pertenecen —dijo Dannan muy seguro de sí.
—Eso no es posible —dijo el gnomo Malor sin dar explicación alguna de por qué su rechazo.
—¿Qué clase de sacrificio se requiere para cumplir con tu expectativa? —interrogó Dannan molesto viendo los ojos azul cielo de Malor. Este titubeó antes de dar su respuesta.
—No requieren de un sacrificio, solo deben pelear una batalla en esta guerra —pidió Malor con cautela. Tanto Guisett como Dannan no daban crédito a lo que estaban escuchando.
—¡Eso es suicidio! —reprochó William con furia en su voz, atrayendo la atención del gnomo y de todos los que estaban en el lugar—. Enfrentar a un mortal con un ser como un dragón... sería más sensato que nos eliminaran de una vez.
—Solo un corazón noble podría volver, un corazón como el tuyo —concluyó Malor volviéndose a ver a William, de un modo un tanto incómodo para el joven.
—No soy de corazón puro —reprochó William sintiéndose un tanto molesto y ofendido.
—Sí lo eres, pero no puedes hablar por el resto de la humanidad. Muchos de ellos se han corrompido, muchos de ellos caerán ante la oscuridad —respondió Guisett con calma extendiendo sus alas, sabiendo que las palabras de Malor eran verdad, pero no por ello compartiéndolas.
—Entonces nadie tiene derecho de estar en este lugar —gritó Triztan molesta, atrayendo la atención de todos—. Todos hemos traicionado, todas y cada una de las razas —concluyó señalando a orcos, trolls, dragones y elfos que estaban reunidos a su alrededor.
—Eso es un invento tuyo —dijo Malor furioso levantando su hacha en actitud desafiante.
—¿Por qué razón, si ustedes son los buenos, están tan renuentes a aceptar ayuda?
Interrogó Triztan acercándose a William, dejando que sus palabras surtieran el efecto deseado en el gnomo.
—Quizá sea porque tenemos miedo a ser traicionados ahora en estas horas tan oscuras y perder esta guerra, ya que esta batalla será todo o nada —respondió Necrum sentado detrás del pegaso, observando a Triztan con calma.
Este también había puesto su atención en aquella conversación.
—Quizá tengan razón, mi señor, pero es un riesgo latente aún entre los que conocemos —dijo William con calma, atrayendo la atención de Necrum. Este estaba sorprendido, pues jamás se habría imaginado que un humano se atreviera a dirigirse a él, aunque si bien era porque hacía siglos que no platicaba con alguno de ellos.
—Comparto esa verdad, joven humano. Malor, déjalos pelear a nuestro lado —pidió Necrum acariciando la cabeza del gnomo con su pata, tratando de tranquilizarlo.
—Como digas, mi señor —dijo Malor alejándose con calma sacudiendo su cabeza, aunque molesto con ese hecho, aceptaba haber perdido la discusión ante William.
—Gracias —dijo Triztan en un suspiro.
—Una vez más, por nada —respondió Necrum. Volvió su rostro para ver a William y sonrió.
Triztan se dio media vuelta regresando con Gregor. Este la observaba con una sutil sonrisa en el rostro. Triztan trataba de controlar sus nervios pues sabía que en aquella discusión no debía intervenir pero, también sabía que si no lo hacía, dejaría a los humanos fuera de esta guerra, y esta pelea también les correspondía a ellos. Porque no sólo estaban salvando sus vidas; estaban salvando todo aquello a lo que amaban.
—Buena defensa —murmuró Gregor entre sonrisas.
—Era injusto lo que trataban de hacer —respondió Triztan con amabilidad levantando los hombros.
—¿Cuándo vas a pedírselo? —interrogó Gregor colocando sus manos sobre la mesa donde se encontraban los documentos que estaban utilizando para que él aprendiera esa lengua tan antigua.
—¿De qué hablas?
Interrogó Triztan confusa pues por primera vez la agarró fuera de lugar.
—De tu padre —respondió Gregor con sutileza, casi en silencio.
—¿Cómo es que puede ser él aquel que controla su destino, si todo esto también lo ha afectado? —dijo Triztan un tanto molesta, dejando ver la confusión en su rostro.
—Eso sólo él puede responderlo.
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Editado: 15.08.2026