La caída.
Las calles de esa ciudad, que aun entre los mortales eran consideradas antiguas, guardaban muchos secretos, y muchas vidas habían pasado por ellas. Kira Talin caminaba entre las calles de lo que había sido la ciudad de Londres; llevaba las manos entrelazadas a su espalda, sus pasos eran cautelosos y en su rostro se dibujaba una sonrisa macabra. Su plan estaba funcionando mejor de lo que esperaba; se sentía bien y con confianza.
No le costó mucho decidir dónde daría uno de sus más letales golpes; ya era tiempo de acelerar las cosas, pero lo dudaba pues se estaba divirtiendo. Le gustaba decir que "lo mejor de una batalla es ver caer a su caballero blanco", pues sabía que no existía nada más desmoralizante para un ejército que cuando su hombre más fuerte desaparece.
Caminando entre montañas y valles de lo que fue el bello país de México, encontró uno de los tantos refugios mortales que habían sido construidos para protegerse; se paró frente a la entrada de este. El lugar estaba rodeado por malla ciclónica, las carpas eran de un color blanco con una cruz de color rojo en un costado; había personas sin piernas, brazos, en camillas; los médicos y enfermeras corrían de un lado a otro, los niños jugaban entre heridos y cadáveres. Era una escena realmente desoladora, pero los humanos no estaban solos.
—Debería terminar con su miseria; ellos habían sido miserables desde que los crearon, ahora solo son escoria —dijo con la sonrisa macabra que en los últimos tiempos tanto la caracterizaba.
—Estás loco —se respondió Kira como si estuviese hablando consigo misma, evidentemente un monólogo que era entre dos seres.
—Sólo piénsalo: de uno u otro modo morirán —sentenció colocando la mano sobre el maneral del corazón sombrío, viendo a un pequeño niño que estaba parado del otro lado de la malla.
—Eso jamás pasará —gruñó Kira aterrada por aquello que él estuviese pensando, tratando de controlar al Grimma dentro de ella.
—Eso está por verse.
Concluyó él levantando la mano, saludando al niño que estaba del otro lado de la cerca observándola. El pequeño esbozó una sonrisa y la saludó; Kira desenvainó la espada y apuntó toda la hoja hacia el campo de refugiados.
—¡No lo hagas!
—¡Oh sí! —respondió él. De la espada salió una serie de esferas de luz que chocaron contra la malla, rompiendo el hechizo que los mágicos le habían lanzado para protegerla y destruyendo una parte de esta.
El terror y el caos se apoderaron del refugio; todo parecía ir en cámara lenta, la gente comenzaba a movilizarse para tratar de ponerse a salvo. Kira apareció frente al niño que la observaba con lágrimas en los ojos, en el instante en que Triztan Talin aparecía en el lugar con Almedan en la mano.
—Detente —dijo Triztan viéndose a sí misma con el corazón sombrío en la mano.
—Jamás —murmuró entre dientes clavando la espada en el suelo.
Una onda de choque golpeó a Triztan lanzándola contra el muro de un edificio que estaba a su espalda, dejándola inconsciente; del impacto soltó a Almedan.
—Cuando tus ojos se abran de nuevo, caerás —le sentenció esbozando una sutil e imperceptible sonrisa.
Unos minutos después, Triztan comenzó a despertar; la cabeza le dolía al igual que la espalda. Recordando que el Grimma estaba cerca, se puso de pie con Almedan en la mano.
La confusión de la situación y la falta de control lograban verse en su rostro, del mismo modo que en el de todos los del campo de refugiados que lograban verla; pero ella solo veía un lugar desértico; para ella todo lo que ahí había simplemente se había esfumado. Kira estaba frente a ella con el corazón desenvainado.
—Terminemos con esto —dijo Kira entre dientes, levantando un poco el corazón.
Triztan se sentía aturdida y no lograba distinguir con claridad. Levantó a Almedan y lentamente se acercó a Kira; la rodeaba esperando un ataque, pero este no llegó.
—No voy a atacarte, tendrás que hacerlo tú.
—Será un placer —dijo Triztan clavando la espada en el corazón de Kira, algo que le pareció sumamente fácil.
Lo que en realidad estaba ocurriendo es que el Grimma había logrado hechizarla, y la persona que ella veía como Kira era el pequeño que las había estado observando momentos atrás, quien se había paralizado por el temor y no había logrado moverse ni un ápice.
Triztan Talin había caído en una trampa y había matado a un inocente, una criatura de sangre pura, alguien que no había sido ensombrecido de ningún modo. Con un arma que no había sido creada para ese fin, las consecuencias de este gravísimo error serían de niveles insospechados.
Cuando retiró la espada del cuerpo de Kira, el hechizo terminó; pudo percatarse de lo que en realidad había sucedido. Se dejó caer sobre sus rodillas; Almedan cayó con un golpe seco junto a ella. Triztan tomó al pequeño en sus brazos; ya nada podía hacer por él. En un brillo de luz oscura que salía de la espada, esta se dividió en sus siete piezas.
—El bien que quedaba en mí ha sido destruido; ahora debo sufrir la agonía de la muerte de un inocente —pensó viendo el rostro del pequeño. Este era hermoso, tenía el cabello claro y rizado, sus ojos eran de color almendrado. Con sus dedos cerró los ojos del pequeño.
Lo recostó en el suelo; las lágrimas caían sobre el cuerpo del pequeño esparciéndose por su mejilla.
—Puedes cruzar, eres libre de hacerlo —dijo Triztan rozando el cabello del pequeño, cubriéndolo con su gabardina.
Lentamente tomó una a una las piezas de Almedan. Sentía un extraño nudo en su garganta. Triztan Talin se desvaneció con un gran vacío en su interior.
“Entiendes que te has quedado completamente sólo cuando te das cuenta de que ya no tienes nada que perder.”
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Editado: 15.08.2026