Dos mundos, saga Histria Oculta, Tomo 2

Cuarenta y nueve.

Los Rosseliu.

En secreto y oculta de los ojos del mundo, se estaba llevando a cabo una reunión en Sidonn: en la Torre de los Dragones, en la misma en donde se había efectuado una reunión el día que el curso de las cosas cambió. La llama de fuego azul había disminuido de tal manera, que se veía tan sólo entre los maderos que la sostenían. Todo lo que había en la cima era iluminado solo por la luz de la gigantesca luna de aquella noche.

Los seres mágicos ahí reunidos eran los padres de cada una de sus razas, eran los auténticos y únicos inmortales; a diferencia de su descendencia, ellos no morirían jamás. Después de la última gran Guerra, muchos decidieron ocultarse o desaparecer de la vista del mundo; la razón fue que sintieron que ya no eran necesarios, pues todo estaba en calma. Solo algunos, y quizá los más antiguos, sabían dónde encontrarlos y cómo despertarlos de ser necesario.

Estos seres eran los que habían controlado el mundo mágico muchísimo antes de que los guardianes controlaran las decisiones sobre este. Los Rosseliu habían sido creados por la gran magia al inicio del tiempo (quizá con este mismo). Fueron jueces y verdugos durante miles de años; ellos habían sido los que habían desterrado a los humanos y sólo ellos podrían regresarlos al mundo al que pertenecían. Rosseliu simplemente significaba “Primero”, y quizá sólo ellos podrían ayudar a Triztan Talin a terminar con el terrible mal que se estaba comiendo al mundo; pero quizá no estaban dispuestos a hacerlo.

—Esta guerra se ha prolongado demasiado tiempo —dijo el anciano de toga grisácea con una especie de hoz en su mano izquierda. Los ahí reunidos estaban sentados en las sillas de piedra que estaban al pie de cada estatua de dragón.
—Las cosas son como deben —respondió un gato gigante del tamaño de un mastín sentado en sus cuartos traseros junto al fuego azul; su pelaje brillaba de una manera extraña, era tan parecido a cualquier gato y tan diferente a su vez.
—Bouaki tiene razón —dijo el pegaso negro Onix Jahel atrayendo la atención de todos hacia él.
—Seis años... en seis años los mortales dejaron de usar sus armas y ahora usan magia; en seis años aprendieron a valorar lo que por mucho tiempo dieron por sentado.

Arutna hablaba con la tranquilidad que le caracterizaba, apoyando a Onix Jahel, algo que le parecía injusto, no por el hecho de que usasen magia, sino por el motivo que los forzó a hacerlo.

—¿Todos pensaban que esta guerra sería rápida? —interrogó Almedan Nordy sentada bajo la figura protectora del dragón negro—. ¿Para poder desaparecer de nuevo, regresar a esta vida donde estamos fuera de la vida del mundo? —concluyó un tanto molesta colocando su mano en el descansabrazos de piedra. Algunos de los presentes se sintieron apenados y otros furiosos, pues sabían que en las palabras de Almedan había una gran verdad.
—Si no nos importaran, no estaríamos aquí —opinó el gnomo azul llamado Ator, con su larga barba negra y su cabello trenzado, debajo de su casco de metal de forja extraña; sus ojos negros brillaban en un azul oscuro por el tenue reflejo de la fogata.
—Jamás dije que no les importaran —corrigió Almedan con cautela, tratando de controlar sus emociones.
—Solo que queremos que esto termine —opinó un unicornio de ojos azules como el inmenso mar llamado Deross; se encontraba sentado en sus cuartos traseros cerca de Bouaki—. Por el bien de todos, inocentes o no.
—En verdad —apoyó Arutna con calma comenzando una discusión entre ellos.
—¡Basta! —gritó el dragón negro Oderoz con un rugido que paralizó a todos. Necrum era tan parecido a su padre, tanto en carácter como en forma física, pero la fuerza que este tenía lo superaba—. No está a discusión ninguna de esas cosas; estamos aquí porque la esperanza del mundo ha caído... estamos aquí porque lo ha estado haciendo sola.

Concluyó molesto parándose en sus cuatro patas y mostrando su magnificencia al estirar sus negras alas.

—Todos sabemos lo que pasará ahora —sentenció la ninfa Igmos de cabello negro y piel rosada, con sus ojos como el arcoíris y sus rasgos dulces.
—Así es —dijo Oderoz volviendo a sentarse sobre sus cuartos traseros—. Lo cierto es... que si ganamos en esta guerra, debe de ser la última para este mundo... Temo que no soportaría una más —opinó el hada roja Zul atrayendo la atención de todos, rompiendo el silencio que se había creado en la Torre de los Dragones, en la que ni siquiera se escuchaba el fuego arder—. No soportarían otra batalla, ya no.
—Aún faltan algunos de hablar con ella para terminar de prepararla —dijo Cronos atrayendo la atención de todos, unos minutos después.
—¿Y no crees que ella te pregunte, en especial a ti, por qué no regresas el tiempo y evitaste esto? —interrogó el Zelldre Row Aimus con sarcasmo, volviéndose a ver al anciano de toga grisácea. Le odiaba a él porque ya no podía usar ese don a voluntad, pues ya había muerto.
—Eso es algo que alguien ya ha hecho —respondió Oderoz evitando que Cronos respondiera—. Ella entiende a la perfección que regresar el tiempo y evitar todo esto enviaría a la muerte a muchos que nacieron gracias a esos eventos trágicos —concluyó explicando con calma. Todos se sorprendieron ante la respuesta de Oderoz.

Se quedaron en silencio, observándose los unos a los otros. Muchos que les conocieron, y con los que combatieron en las guerras pasadas, pensaban que por el hecho de ser los padres de los seres mágicos podrían terminar con sus enemigos sin problemas. Pero ser uno de ellos no significaba que la facilidad con la que podrían enfrentar un enemigo fuera lo más importante; tenían que asegurarse de que esa batalla dañara lo menos posible a todos aquellos que habían sobrevivido. Pues muchos creen que no debe sobrevivir aquel que sea capaz de levantar una espada algún día.

En ellos caía la obligación de hacer todo lo posible para proteger al que no pudiera defenderse.




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