El precio de la soledad.
¿Cuán solo puede sentirse el hombre que ha perdido todo?
¿Cuán solo puede sentirse un ser inmortal que no tiene nada?
¿Cuán solo puede sentirse un ser que es ambos?
Sin duda la respuesta podría ser: que se está solo consigo mismo. Sin embargo, después de varias vidas ni siquiera eso queda con uno; el destino se forja de tal manera que, a lo largo de la vida, la soledad se vuelve una indispensable amiga. Esta se adquiere por varios motivos: no atreverse a atravesar la puerta, no atreverse a salir, no querer sentir, temor a vivir, por las decisiones equivocadas, por estar en el momento y el lugar equivocado, por permanecer esperando a que algo ocurra.
Sin embargo, y es cierto que en ocasiones la soledad nos es impuesta, nuestro destino nos marca y debemos obedecer aun cuando no deseemos hacerlo; dejamos a nuestra familia por seguir un camino distinto, en ocasiones para preservar la vida de estos. Dejamos a nuestros amigos porque el paso del tiempo nos impide seguir con ellos; dejamos nuestra vida porque los caminos que se presentan ante nosotros son aterradores. El aprender cuándo debemos recorrer un camino en soledad no es más que la forma en que decidimos andar, del modo en que debemos actuar.
Triztan Talin, Wayat Preston, Gregor Dulac, Lukyan Slavik, Domenicus Talin, William Cooper, y sin duda muchos de aquellos que dejaron su hogar pese a su mortalidad para salvar un mundo desagradecido; estos nombres solo representan a aquellos que han peleado en batalla, aquellos que han enfrentado su vida a destinos inciertos, aquellos que han tenido el valor de desear que su mundo no se pierda.
Sin duda representan a aquellos guerreros que pelearon en nombre de alguien, que pelearon por una causa justa, aquellos que dieron su vida defendiéndola. Sin duda lo más duro de la soledad es ese sentimiento de nostalgia que le precede, que le acompaña y que desaparece después de que esta se ha ido.
El mundo estaba en guerra, una guerra que se estaba extendiendo hacia dominios inimaginables; aún perduraban los cuatro Elementales, perduraban los Rosseliu y aún perduraban los mortales; perduraban algunas amistades y algunas familias.
El costo de sobrevivir a una guerra es inmensamente alto y se paga con la soledad eterna después de que esta ha terminado. Nadie desea atravesar por una batalla y salir avante sin los que ama a su lado; nadie podría hacer un sacrificio tal sin perderse en los confines de la soledad.
William Cooper estaba sentado a la orilla de la Torre de los Dragones, observando desde arriba la oscuridad de las tierras aledañas, tratando de recordar la última charla que tuvo con su abuela, una mujer de cabello blanco, de dientes escasos y mirada alegre, de un espíritu indomable. Fue esta mujer quien le enseñó todo aquello que sabía; también fue esta mujer la que le entregó aquel libro que cambió su destino para siempre. Por alguna razón inexplicable, era William el único mortal que tenía libre acceso a este lugar.
—Mi pequeño humano, entiendo perfectamente qué es lo que aflige a tu corazón —dijo una voz tenebrosa acercándose a él. William sintió un escalofrío que recorría la espina dorsal; abrió los ojos desmesuradamente tratando de volver el rostro lo más rápido posible. Detrás de este se encontraba la figura poderosa del gran dragón negro Oderoz—. Tu destino está marcado, pero aún no será revelado —continuó el dragón acercándose más a él y sentándose en sus cuartos traseros a espaldas del humano. Este poco a poco se giró, aún sentado en el piso, para quedar frente al dragón—. Debes ser paciente.
—Estoy rodeado de gente que me ama, de seres magníficos que me protegen y, sin embargo, añoro la compañía del ayer.
Explicó William con cautela sin saber que aquel dragón negro era uno de los Rosseliu; solo sentía la necesidad de desahogarse con alguien, de hablar de todo aquello que lo atormentaba.
—¿No será que te duele haber sobrevivido todo este tiempo a esta guerra?
Interrogó el dragón con sutileza, colocando su pata cerca del joven y clavando sus enormes ojos negros en los ojos grises de este. William Cooper sopesó por un rato las palabras de Oderoz.
—Tiene razón, mi señor; haber sobrevivido a una tragedia no es fácil, y el sentimiento de vacío y la interrogante de por qué —respondió en un tono tan bajo que Oderoz tuvo que esforzarse un poco para escucharlo, aun cuando su oído era excelente—. Es parte de mi pesar.
—Es difícil seguir. Miro a mis hijos y me doy cuenta de que muchos han desaparecido. Soy sobreviviente a las tragedias del mundo, soy un sobreviviente eterno al dolor causado por la pérdida de mis hijos —comenzó a decir Oderoz con cautela, recostándose sobre su panza a un lado de William—. He vivido demasiadas guerras, mi señor humano, he vivido demasiadas tragedias y me he dado cuenta de que no importa de qué bando se esté, inmortal o no, la soledad es abrumadora —concluyó en silencio, recargando su cabeza sobre sus patas delanteras, que las había cruzado.
William volvió el rostro a ver hacia el Valle que estaba al pie de la Torre de los Dragones. Sin duda eran dos seres sumamente distintos, pero con abrumadoras similitudes.
—¿Puedo hacer una pregunta, mi señor?
Interrogó William casi veinte minutos después, rompiendo el silencio tranquilizador que se había creado entre ellos.
—Por supuesto, mi señor humano —respondió Oderoz con su cordialidad acostumbrada.
—¿Cómo hace cada día para seguir adelante? ¿Cómo es que cada día espera luchar por un mundo tan frío y banal como es el nuestro? ¿Cómo hace cada día para sobrevivir a la soledad de esta guerra? —interrogó William con calma tratando de contener su tristeza en su garganta.
—Es difícil, mi señor humano, muy difícil. Sin embargo, sé que aunque este mundo sea desagradecido, es mi trabajo hacerlo; pues el mundo me ha dado mucho, aunque me haya quitado también. Es mi deber protegerlo a toda costa, es mi deber proteger a aquellos que están debajo de mí: el desvalido, el débil o el enfermo; aquel que está ahí para esperar ser protegido. Lo único que me alienta a hacerlo es el placer que ello me causa —respondió Oderoz con un tono de voz tranquilizador.
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Editado: 15.08.2026