Dos mundos, saga Histria Oculta, Tomo 2

Cincuenta y dos.

El fin de un camino.

Sentía que ya había hecho todo lo que tenía que hacer. Hacía años que no había vuelto a ver su hogar, pero sabía que no lo vería de nuevo. Aun y pese a ello, su corazón le decía que debía volver, que tenía que buscar su hogar estuviera en donde fuese. Se sentía como un extraño entre sus amigos.

Wayat Preston estaba sentado a un costado de la entrada de la cámara en el Valle de Oro, observando a todos los ahí presentes, tratando de recordar cómo era su vida antes de poder ver a todos esos seres mágicos que solo habría podido imaginar; pensando en su hija Christine, que este año cumpliría once años, y en su esposa Laura, tratando de evocar el último beso que le había dado. Se dio cuenta de que los últimos momentos que había pasado con ellas no habían sido lo suficientemente eternos para recordarlos.

La lejanía y la guerra lo estaban obligando a olvidar, y esto le provocaba temor, pues pensaba en qué pasaría si un día ya no lograba recordarles: ¿les reconocería?, ¿qué pasaría con ellas, lo olvidarían también?

—No necesito leer tu mente para saber qué estás pensando —dijo Merrik, sentándose en el suelo a un lado de él.

—Es solo que mi hija ya cumplió once años y no la he visto, no he podido abrazarla —respondió Wayat con nostalgia en su voz—. Y no siento que tenga alguna utilidad aquí —concluyó moviendo la cabeza para señalar la cámara a Merrik.
—Quizá sea momento de partir.

Las palabras del Didrak estaban llenas de tranquilidad y un atisbo de esperanza. En ese momento se le iluminaron los ojos a Wayat.

—¿Y dejarlos en esta terrible hora oscura? —reprochó Wayat en un tono un tanto triste un par de minutos después, como si no quisiera alejarse de aquellos que habían sido sus amigos, de aquellos que le habían mostrado un mundo distinto.
—Es una difícil decisión, Wayat, pero creo que tu hija no merece vivir sin su padre y Laura sin su esposo —respondió Merrik con cautela, entendiendo exactamente lo que este sentía. Pues lo mismo le había pasado desde ambos lados—. Yo vivo sin mi padre y aún no sé qué fue lo que le sucedió… Ya has hecho demasiado.

El viento siempre era cálido en aquel lugar. Por un momento habían tenido un poco de paz, ya que las peleas y los ataques habían disminuido considerablemente; seña digna de lo que se avecinaba: un enfrentamiento por mucho más devastador.

—Quizá deba partir —dijo Wayat unos minutos después, rompiendo el silencio entre él y Merrik, si bien quería evitarle un dolor similar a su familia.
—Será mejor, así podrás protegerlas —opinó Merrik esbozando una sutil sonrisa, dándole una pequeña bolsa de cuero. Wayat la tomó y la abrió con cautela.
—¿Pociones para conjuros? ¿Un athame?
—Antes de esto, Kira participó en una reunión en la Torre de los Dragones, en la ciudad de Sidonn. Ahí descubrieron que los mortales estaban utilizando la magia. Nadie investigó por qué razón o quién les había enseñado a los humanos a usarla... lo que yo creo es que lo hacían de forma natural, inconscientemente... se preparaban para estos tiempos —respondió Merrik con calma, colocando su mano sobre el hombro de Wayat—. Son hechizos de protección. Con la piedra negra podrás volver a un lugar seguro; solo debes estrellarla en el suelo —concluyó señalando el costal y lo que estaba en las manos de Wayat.
—¿Un último consejo? —interrogó Wayat en un susurro, cerrando la bolsa de nuevo.
—No enfrentes a ningún oscuro; ellos no tienen nada que perder.

Ese, sin duda, era el mejor consejo que podía brindarle.

—Lo sé, no lo haré —dijo Wayat muy seguro de sí, guardándose la bolsa en su chamarra.
—Ven, te llevaré con ellas.

Lo llevó a la ciudad subterránea de Codam. Wayat Preston estaba muy emocionado; por fin, después de tantos años, volvería a ver a su esposa. Le preocupaba que, como pasa en muchos casos, ella le hubiera olvidado.

—Esa es su casa ahora —indicó el híbrido señalando una puerta que parecía estar incrustada en el muro de piedra.
—¿Cómo? —interrogó Wayat algo asustado, volviéndose a ver al híbrido.
—No te preocupes. Por dentro es todo un hogar, incluso entra el sol por las ventanas; todo en este lugar es mágico —explicó Merrik en tono conciliador con una sonrisa sutil en los labios—. Suerte —concluyó dándole unas palmadas en la espalda al humano. Se desvaneció unos segundos después.

Wayat titubeó unos segundos. La emoción lo embargaba de una manera extraña; no le dejaba pensar y le apremiaba saber, pero le provocaba temor. Antes de tocar la puerta, suspiró, desentumeciendo los huesos de su cuerpo. Ya estaba listo. Era mejor hacer lo que debía. Tocó tres veces como era su costumbre y aguardó un poco sin obtener respuesta. Volvió a tocar tres veces; esta vez la puerta se abrió lentamente. Detrás de ella estaba una mujer de cabello castaño claro liso, amarrado en una coleta, de ojos miel que se veían un tanto tristes, delgada. Vestía con unos jeans azules y una playera amarilla, algo raídos por el tiempo, pero en buen estado.

—¡Por Dios!

Laura se llevó las manos a la boca de la impresión al verlo parado frente a ella.

—He vuelto —murmuró Wayat con lágrimas en los ojos. Laura salió de prisa de su casa a abrazar a su esposo.
—Esto es un sueño —murmuró ella casi en silencio, sintiendo cómo las lágrimas comenzaban a escurrirse por sus mejillas.
—No, no lo es —respondió Wayat en un suspiro abrazándola aún más fuerte. Ella se alejó un poco y lo besó. La escena era de las que se veían ya muy pocas veces en el mundo caótico.

Unos minutos después se separaron con sonrisas tiernas en sus rostros, lágrimas de felicidad y nostalgia en sus ojos. La larguísima espera había terminado al fin.

—¿Dónde está Christine?

Wayat trataba de tranquilizarse; sabía que Merrik les había salvado hacía cinco años.

—Está adentro, en la cocina, preparando un pastel para su padre —respondió Laura con una tierna sonrisa, tomando la mano de Wayat.
—¿Cómo sabía que venía? —interrogó Wayat sorprendido, volviéndose a ver a Laura.
—No, no lo sabía. Lo hacemos todos los días desde hace años, cuando Merrik nos salvó —respondió Laura tomándole la mano con más fuerza. Con calma comenzaron a caminar al interior de la casa.




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