Dos mundos, saga Histria Oculta, Tomo 2

Cicuenta y cuatro.

La caída de Djabeil

Djabeil había sido una ciudad con un brillo único que aún perduraba. Era una eterna sobreviviente de las infinitas guerras devastadoras de un ahora lejano mundo mágico. Sus pisos y edificios parecen estar cubiertos por plata; en ciertas partes de la ciudad pareciera que el sol ilumina distinto al que ilumina al resto del mundo, todo ahí es apacible.

El río que alimenta el pozo de la fuente central, cuya agua parece un arcoíris transparente, corre cristalino y frío. Djabeil era hogar de algunos elfos y pegasos que conviven con los Hasselvis, Zelldres y los extintos Vigilantes. En ese momento era el confortable hogar de muchísimos mortales. El cielo parecía nunca nublarse, mostrando a sus eternas compañeras de batalla: las innumerables e incontables estrellas. Por las noches, muchas de las estrellas más magníficas pueden verse desde ahí.

Sus Taurens, árboles únicos y magníficos que crecen desmesuradamente, con sus hojas de color azul en el invierno y rojas en primavera, cambian a verdes en verano y amarillas en otoño, haciendo juego con el brillo de la ciudad. Dentro de sus muros se había construido uno de los siete refugios mágicos, y este era uno de los tres más grandes del mundo. Casi tan grande como el de Codam; los humanos, Hasselvis, Zelldres, trolls, pegasos, híbridos, etc., que la habitan estaban aprendiendo a convivir y a comunicarse en el mismo idioma. Incluso están haciendo cosas juntos; cosas que hacían los mortales o los seres mágicos, no importaba, solo el hecho de hacerlo juntos.

La tarde se asoma por la ciudad de Djabeil; sus magníficas puertas de madera se encontraban cerradas. La tarde era cálida y el viento sopla suave; esa ciudad, por mucho, era muy distinta a las demás.

Sus edificios eran tan antiguos como el tiempo mismo; incluso había edificaciones incrustadas en los cerros que la protegían. Sus once lagos de agua interminable alimentaban toda la ciudad. En esos cielos ocasionalmente podía encontrarse volando al primer hijo del dragón negro. Si bien era una de las ciudades favoritas de Necrum, en donde él podía encontrar su alimento favorito, era el inmenso paraíso para las criaturas más formidables jamás creadas. La vida en esa ciudad se había vuelto tan apacible y acogedora que ninguno de los que estaban ahí quería irse.

El sol brillaba tan intensamente como en ninguna otra ocasión; si bien algunos creían que cuando el sol brillaba de esta manera era porque se estaba despidiendo de la vida de quien lo admiraba.

Pronto la noche cubriría la ciudad y esta se iluminaría por sí misma; cada uno de sus faros de cinco luces se encendería con el fuego azul de la Torre de los Dragones, dándole un matiz espectacular. Las luces de los innumerables edificios y casas que esta albergaba cambiarían de un ritmo rápido y agitado a uno lento y reparador.

Los niños humanos y los pequeños seres mágicos convivían y jugaban en los grandes prados y bosques de la ciudad. Era, en realidad, un magnífico fin de día para estar fuera de casa y dejar lo que se estaba haciendo para simplemente descansar y divertirse; tratar de olvidar un poco lo sucedido para disfrutar de la compañía de los amigos y de la familia, simplemente para disfrutar.

Por un pequeño instante el aire se enrareció. Un aroma dulce invadía cada rincón de la ciudad; algunos animales estaban nerviosos pero imperceptibles de lo que venía. Un segundo antes, el tiempo parecía ir más lento de lo normal, como si adquiriera una elasticidad aterradora…

Dos estallidos ensordecedores destruyeron las puertas de la ciudad; las astillas de la puerta volaban como una nube que se esparcía por doquier. Los gritos y el caos que habían entrado a la ciudad fueron seguidos de un pequeño ejército oscuro que logró penetrar las murallas de esta.

Dicho ejército estaba compuesto por tres dragones, cien orcos, veinte trolls gigantes y diez trolls enanos, cinco elfos oscuros, diez Didraks, cincuenta humanos, treinta gnomos, diez hadas oscuras, cuatro centauros y dos perros de tres cabezas similares a Latrem; solo que, a diferencia de este, eran de enorme tamaño.

Todos estos oscuros estaban bajo el mando del dragón amarillo Mizzu y Kira Talin. Ella fue la última en entrar en la ciudad con una sonrisa macabra en el rostro, observando el caos y desesperanza que sus tropas estaban creando, pisando las ruinas de la entrada.

Kira desarrolló sus alas y levantó el vuelo a una altura suficiente para ver toda la ciudad, la cual tenía las dimensiones de un solo continente; la encerró en una cúpula de energía que funcionaba como un campo de fuerza que nadie podría penetrar. De este modo nadie podría entrar y nadie podría salir. Se estaba asegurando que nadie pudiera escapar, absolutamente nadie.

Los dragones recorrían las calles escupiendo fuego, hielo o ácido a los que trataban de defender la ciudad. Los humanos colocaban trampas mágicas para atrapar a algún ser con vida, pensando en hacerlos prisioneros. Los Wizdart que protegían a Djabeil lanzaban cuanto hechizo conocían; estos funcionaban con suma eficacia. Quizá vencerían en un par de minutos, de modo que todo ello solo sería un mal recuerdo; así estarían preparados para el futuro y reforzarían su seguridad por si se les ocurría volver a atacar.

El ataque a la ciudad de Djabeil solo habría sido hecho para probar la eficacia del ejército. De pronto, un relinchido muy agudo se escuchó en cada rincón de la ciudad: un elfo oscuro de nombre Jafel de Doterani había matado a una de las criaturas más puras y antiguas, un pegaso de nombre Orus, el primer hijo de Onix Jahel.

La célula de seres oscuros que habían atacado a la ciudad no eran suficientes para destruirla. Sin embargo, eran los suficientes para menguar las fuerzas de una ciudad como esa. Xlor, un viejo dragón dorado, estaba atacando un edificio donde se resguardaban mortales, niños y ancianos de cualquier raza, cuando un grupo de elfos e híbridos lo atacaron con flechas mágicas, orbes de fuego fatuo, plasma e hielo. El ataque fue tan certero que lograron penetrar la piel de la cabeza del dragón, matándolo de inmediato. Xlor cayó pesadamente al suelo sobre otros edificios demoliéndolos debido a su peso y gran tamaño.




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