Dos mundos, saga Histria Oculta, Tomo 2

Cincuenta y cinco.

¿Traición?

Después de una tragedia de magnitudes inimaginables, cuando el silencio ha acallado los gritos de agonía, las cuadrillas de búsqueda se organizaron en cuestión de minutos; removieron hasta el último escombro tratando de encontrar algún sobreviviente. Pero lo único que pudieron encontrar fueron centenares de cadáveres por doquier que volvían la vista. Los edificios, al igual que los árboles, habían sido arrasados hasta sus cimientos; no era nada parecido a lo que queda después de una guerra.

Todo aquello era, por mucho, peor a lo que jamás habían visto. La tristeza, la desesperanza y la ira se mezclaban en el corazón de todos aquellos seres que habrían dado sus vidas para evitarlo. Sin embargo, en el viento se percibía un leve aroma, muy característico; un aroma que en sí mismo era aterrador; mezclado con el aroma de la muerte y la devastación, lo volvía aun más amedrentador.

La caída de Djabeil se había convertido en una victoria para los oscuros y en una abominación para los blancos; nadie podía dar crédito a lo sucedido. En su interior estuvieron esperando un ataque así por algún tiempo; sabían que el Grimma les mostraría su poder.

Aun cuando nada era igual a la última vez que estuvo libre para hacer lo que quisiera. Cada acción, cada acontecimiento era, por mucho, distinto al ayer. El único con el poder para modificar los eventos de ese momento había muerto años atrás; pero se aseguró de que, después de su muerte, todo fuese distinto.

Ahora el consejo se había reunido con premura en el Valle de Oro. Después de la infructuosa búsqueda, era inminente que debían tomar una decisión: atacar o no...

—No podemos permitir que este acto quede impune —decía el hada Disu a todos los reunidos ahí presentes; el sentimiento de esa noche era generalizado—. ¡Debemos atacar! —concluyó en un grito, golpeando una mano contra la otra. Era evidente que muchos se encontraban furiosos por aquel atentado.

Sin embargo, no se sentían listos para enfrentarse a un ejército de tal magnitud, y menos se sentían listos para enfrentar a Kira Talin y a su huésped.

—No estamos listos. Ese ataque solo fue una muestra del poder del Corazón —dijo Necrum con calma, tratando de calmar los ánimos de los presentes en el lugar. Al igual que ellos, sentía una rabia infinita, pero tenía la cordura de ver sus debilidades.
—Nosotros tenemos a Almedan —apremió una ninfa de nombre Royan, señalando a Triztan.

Todos volvieron a verla con cautela. Ella se veía demacrada y ojerosa; era evidente que estaba sumamente enferma. Sus labios se veían más claros que de costumbre; el color cobre plateado de su piel se había perdido, ahora era un plateado incipiente. El brillo de su mirada casi había desaparecido; las guirnaldas cobre que la adornaban estaban desapareciendo.

—Almedan se hizo para proteger... no para atacar del mismo modo que el Corazón —respondió poniéndose de pie con dificultad. Ella estaba sentada a un lado de Necrum—. No creo que debamos... atacar hasta saber lo que está escrito... en ese maldito libro —concluyó con calma, señalando con un brazo el libro de Malaquías que se encontraba en su tripié de piedra especial.

—¿No será que le temes a tu otra mitad más que al Grimma? —interrogó un gnomo de cabello rosado lacio de nombre Tenyar.
—Temo que así sea; y si ella es capaz de sentir tanto odio como yo amor, todos estamos perdidos —respondió Triztan con calma, sintiendo una opresión en su pecho.

Gregor Dulac la observaba con cautela y tuvo una visión que le permitió comprender exactamente lo que estaba pasando con ella. En ese momento temió no solo por el mundo, sino por la vida en el universo entero.

—No hubo ningún sobreviviente. Muchos de nuestros amigos y familia murieron ahí —dijo un troll gigante de piel verdosa como la de una rana, que traía un mallón de color ocre y un chaleco que en algún tiempo debió de haber sido negro, raído por el tiempo, de nombre Razen, atrayendo la atención de todos.
—Esto es una tragedia... pero no voy a utilizar a Almedan para quitarle la vida a nadie, es... —dijo Triztan alterándose; de un momento a otro se desvaneció. Necrum la atrapó con su pata, evitando que se golpeara en el suelo.

Merrik se acercó a ella con rapidez.

—¿Qué sucede? —interrogó Merrik viendo a su nieta, acariciándole la cabeza para quitarle el cabello que tenía sobre la cara. Le tomó las muñecas para sentir los latidos de su corazón.
—Está hirviendo, creo que es grave —respondió Necrum rozándola con un dedo en la frente lo más despacio posible, tratando de no lastimarla con su gran pata.
—¿Cómo es posible? —interrogó Merrik desconcertado. Nunca había visto que un inmortal enfermara así.
—Está pagando un castigo por algo que hizo —dijo Gregor, atrayendo la atención de todos, pero sin dar mayor explicación; ello solo Triztan podría explicarlo.
—¿Qué hizo? —interrogó el elfo Lastor, volviéndose a verla con furia en su voz.
—Eso no puedo revelarlo —concluyó Gregor con calma, sentado aún en su lugar, sintiéndose culpable por la promesa que ya antes le había hecho a Triztan Talin.
—Esto lo está haciendo para no enfrentar su destino —se escuchó la burla de un centauro de nombre Deslo en un grito, parándose en sus cuartos traseros.

Unos comenzaron a hacer conjeturas y otros se alteraron por el hecho de que el ataque a Djabeil quedaría impune. En medio del barullo, Triztan comenzó a decir algo.

—¡Silencio! —gritó Necrum, dejando la cámara en un silencio total.
—Non edoup osla, non getno len rolav nin guirea den lazvarmin (No puedo hacerlo sola, no tengo el valor ni siquiera de salvarme) —decía una y otra vez en medio de su delirio; se escuchaba como si se lo estuviese diciendo a alguien.
—Alexander, llama a Ulster —pidió Merrik, buscando a Alexander con la vista entre la gente.
—En seguida.

Le respondió Alexander desapareciendo entre las sombras de la cámara. Unos minutos después regresó con el Hasselvi.




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