Dos mundos, saga Histria Oculta, Tomo 2

Cincuenta y seis.

Los Rosseliu: Ator.

Habían pasado ya un par de días después del extraño desvanecimiento de Triztan Talin. Se había puesto en pie y se veía más recuperada. Parecía que volvería a la normalidad... pero la cruel y aterradora realidad era que estaba sumamente enferma. Cada día que transcurría, su vida y su alma menguaban un poco más; la oscuridad producida por sus actos la estaba consumiendo.

Se lo había ocultado a todos. Aun cuando muchos sabían que había sido derramada sangre inocente, nadie sabía que había sido por la mano de la Didrak, ni que Almedan se había fragmentado. Pues, si se enteraban, terminarían de romper el de por sí frágil acuerdo de unión.

La Didrak estaba dudando de su capacidad para terminar esa tarea tan difícil que le había sido asignada y que había aceptado sin creer que todo se refería a ella. Se la pasaba contando los minutos para que su castigo le fuese impuesto. No sabía qué sucedería, sin embargo, estaba dispuesta a afrontar lo que viniese detrás de ese acto terrible.

Gregor Dulac presentía algo, aunque no tenía el poder suficiente para aclarar sus ideas, sobre todo si se trataba de un Rosseliu. Aún no desarrollaba todo su poder y era poco lo que podía hacer con lo que tenía. Triztan seguía enseñándole en ratos libres el lenguaje de los antiguos; habían practicado por meses enteros, así que Gregor había avanzado mucho, pero aún le faltaba camino por recorrer.

La dificultad de leer el Libro de las profecías de Malaquías no solo radicaba en el texto o en la forma, también en los símbolos y dibujos que debían interpretarse; era demasiado trabajo y el tiempo apremiaba.

—Estoy cansado —reprochó con algo de desesperación en su voz, cerrando el libro de golpe.
—Lo sé, Gregor, mi amigo… pero solo tú puedes hacerlo —respondió Triztan con tono conciliador, colocando su mano sobre la de él. Gregor sintió un escalofrío que recorrió la médula espinal hasta la cabeza.
—Algo no anda bien contigo, pero aún no sé qué es.

Le dijo viéndola a los ojos. Triztan desvió la mirada tratando de ocultar lo que le sucedía; sentía que, si seguía mirándolo, terminaría por decirle todo, y de su silencio dependían demasiadas cosas.

—Gregor, cuando descubras lo que es, prométeme que guardarás el secreto —pidió colocando sus manos en la mesa y sentándose en la silla de madera roja que estaba detrás de ella, viéndolo a los ojos.

Él meditó un momento la petición de la Didrak. Le tenía la suficiente confianza para hacerlo, además de la fuerte creencia de que ella algún día le permitiría saber.

—Lo haré, sin importar qué sea.

Gregor había respondido sin pensar, temiendo la importancia y el sinfín de posibilidades de su promesa.

—Gracias.

Triztan esbozó una sutil sonrisa viendo a Gregor detenidamente. El color gris de sus ojos no había desaparecido; muy por el contrario, se veía cada día más intenso. Sus rasgos cada vez eran más duros; pese a ello, su sonrisa era cálida. Rozó la mejilla del joven con su mano y le dio un beso en la frente.

—Rasic... gracias —dijo Gregor en lenguaje antiguo, que era por mucho diferente al lenguaje que Triztan había utilizado para despertar a Almedan.
—¿Lo ves? Es fácil.

—Sí, claro. Son símbolos, no letras. Es más fácil recordar "sasigra" que el símbolo "rasic", que se parece mucho a otros —reprochó Gregor esbozando una sonrisa.
—Lo harás bien —alentó viéndolo con una sonrisa—. Continuemos —concluyó viendo un viejo pergamino en donde había escrito el código de los antiguos.

Un gnomo de color azul salió debajo de la mesa. Lo vieron sorprendidos al percatarse de su presencia, pues no era esperado; y ya que había pocos gnomos en el lugar, este además era distinto a ellos: físicamente un poco más alto que los demás. Su cabello y pesada barba negra lacia le caía sobre la prominente barriga. La ropa que portaba era antigua, muy antigua. Parecía ser una armadura de metal forjada a mano; sus manos estaban cubiertas por unos finos guantes que hacían juego con su pectoral y sus lustrosas botas.

—Mi señora, mi señor Oráculo —saludó Ator haciendo una reverencia de respeto. Su ropa era de color oscuro y, por las aplicaciones en ella, les hacía saber que era uno de los Rosseliu, el primero de esa raza.
—Mi señor Ator —respondió Triztan haciendo una reverencia. Gregor se sorprendió; ella se volvió a verlo con una sutil sonrisa para indicarle que no pasaba nada.
—Debo hablar con usted, mi señora —pidió Ator cruzando sus manos sobre su prominente estómago.
—Ve, Triztan. Yo seguiré practicando —dijo Gregor con calma, levantando una mano para indicar el pasillo hacia una de las cámaras interiores del lugar.
—Volveré pronto —respondió Triztan con calma poniéndose de pie—. Por aquí, mi señor gnomo.

Le indicó un pasillo del ala este de la cámara y le llevó a una de las habitaciones que funcionaba como oficina. Entró ella, seguida de Ator, y este cerró la puerta de piedra tras de sí.

—Su poder ha menguado en demasía —comentó el gnomo sentándose en el sofá con algo de dificultad.

Triztan se sentó en el sofá individual que estaba frente a él.

—Lo sé, mi señor Ator —respondió Triztan con nostalgia, cruzando sus manos sobre sus piernas.
—Debe entender esto, mi señora: que debía caer para poder encontrarse. Su poder no ha desaparecido; simplemente descansará hasta que esté lista para resurgir.
—Me parece poco castigo… por matar a ese niño —respondió Triztan con calma, tratando de justificar lo que le estaba sucediendo, ahogando el llanto en su garganta—. Por matarlos a todos ellos.
—Guiada por una mano perversa, si me permite corregirla.
—Debe responder a algo: ¿Por qué no simplemente termina y ya? —dijo Triztan entre dientes. No buscaba justificación ni mucho menos perdón—. Y no me diga que "es su destino o morirá".

La mirada de Ator se encontró con la mirada torturada de Triztan; se preguntó cómo habrían lucido aquellos ojos hermosos en sus mejores días.




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