Dos mundos, saga Histria Oculta, Tomo 2

Cincuenta y siete.

Separación

—En ocasiones creo que estaríamos mejor si la venda del mundo no hubiera caído.

Les decía Adalí Crista con una taza de café en las manos, reunida con su célula frente a la fogata en su puesto de guardia, a la puerta de la entrada a la ciudad subterránea de Codam; era el lugar habitual donde se podía encontrar a estos cinco humanos extraordinarios.

—Hemos sobrevivido a muchas cosas —opinó Isaac Thorton, arrojándole un poco de polvo con el pie a la fogata unos segundos después, recordando todos los enfrentamientos que habían soportado, aun antes de saber defenderse.
—Lo sé. ¿Pero recuerdan cómo éramos antes de esto? —interrogó Adalí bebiendo un poco de café de las hojas de Tauren, que era de un aspecto un tanto verdoso, de sabor fuerte y amargo, pero era nutritivo y los mantenía calientes en las noches frías.
—Sí; no hubiera habido poder humano que nos hubiera reunido en el mismo lugar —respondió William Cooper, levantando su rostro y clavándolo en los ojos de Adalí. En sus palabras se escuchaba la amargura de esos años.
—No digas eso...

Lo observó Adalí con una sonrisa en los labios, tratando de ocultar que las palabras de William eran verdad, aunque el resto del grupo lo sabía.

—Jamás me hubieras mirado otra vez —dijo William poniéndose de pie con cautela; en su mirada podía verse el dolor de su corazón—. Seguiríamos siendo exactamente los mismos: tú e Isaac serían de los más populares en la universidad por el equipo de fútbol; Sara y Uriel aún estarían juntos y quizá ya casados... además trabajando para la NASA o para alguna institución similar en cualquier parte del mundo; y quizá yo estaría trabajando en mi vieja librería.
—Seríamos felices con nuestras familias —opinó Sara McGonahan, tratando de apoyar el punto de Adalí.
—Ustedes que las tenían; yo prefiero el mundo como es ahora —respondió él con un nudo en la garganta, dándoles la espalda para que no lo vieran llorar. Nadie se había acordado en todos esos años que él solo los tenía a ellos.
—Sí, y de eso hace tanto. Esto no es una pesadilla, es nuestra realidad... dentro de poco estaremos en la última batalla por este mundo y es tiempo de que dejes de fantasear con ese Jakzen o dejarás ir al verdadero amor —reprendió Uriel poniéndose de pie y señalando a William.

Este volvió su mirada con furia a verlo, pues ese era un tema que no le gustaba tocar enfrente del grupo; que además siempre había estado decidido a olvidar, pero que tal parecía el destino no se lo permitía.

—¡No es una fantasía!
—¿Qué es lo que piensas? ¿Que se casarán y vivirán en una casa como la de tus padres? ¿Que tendrán hijos y él trabajará solo para mantenerlos, y tú te quedarás en casa a esperarlo? —interrogó Uriel con sarcasmo volviéndose a ella, caminando lentamente hasta quedar frente a ella.
—Sé que todo es posible —murmuraba Adalí apenada, desviando la mirada de los ojos de William.
—Jamás, Adalí. O tú mueres en esta guerra o, suponiendo que todo salga bien, tú morirás antes que él —aclaró William entre dientes tratando de hacerla entrar en razón una vez más, aunque pensando en si valía la pena hacerlo.
—Siempre puedo convertirme...
—Eso no pasará —interrumpió Zain Otelo apareciendo en el lugar y atrayendo la atención de todos—. Él tiene razón, Adalí —concluyó con un tono amable señalando a William.
—Pero si no lo intentas, ¿cómo sabes que no funcionará? —interrogó Adalí poniéndose de pie, dejando la taza en su lugar y acercándose lentamente hasta Zain—. Por favor, danos esa oportunidad.
—No.
—Por favor —pidió Adalí parándose frente a él con los ojos llenos de lágrimas.
—No —respondió el Jakzen otra vez—. Ya hay alguien en mi corazón —explicó con calma.

Adalí clavó su mirada en la de él; sus mejillas comenzaron a mojarse por las lágrimas que sus ojos derramaban. Sara se paró en silencio abrazando a su amiga y llevándola de regreso al lugar donde había estado sentada.

—William, vendrás conmigo… a partir de hoy esta célula será dividida —explicó Zain en tono fuerte volviéndose a William.
—¿Por qué razón? —interrogó Sara confusa volviendo a verlo.
—El ejército está preparándose. Ustedes son los humanos más experimentados y necesitamos de toda la ayuda —explicó Zain con calma, casi en silencio; el chisporroteo del fuego era incluso más sonoro que su conversación—. En los siguientes días seguirán llegando los nuevos miembros; los ejércitos de las ciudades que aún son libres partiremos de la Torre de los Dragones el día que estemos listos, cuando el ejército negro decida atacar.
—¿De modo que el fin está cerca? —interrogó William en un suspiro, sacudiendo lentamente la cabeza.
—Así es. No se alejen de Codam. Un miembro de cada raza vendrá por ustedes; se encargarán de comandar a sus equipos, a sus tropas —respondió Zain, quien era un excelente estratega en la guerra, pues había sobrevivido a las cuatro guerras anteriores del mundo mágico; aunque esta fuera distinta, él tenía la esperanza de sobrevivir una vez más.
—¿Volveremos a vernos?

Interrogó Uriel atrayendo la atención de todos, una interrogante que expresaba el sentir de todos.

—Eso es difícil de decir. Ahora que, si sobreviven, nos reuniremos de nuevo —respondió Zain en tono conciliador.

Adalí volvió a ver a William con lágrimas en los ojos; este le evadió la mirada volviéndose a ver a Uriel.

—Fue un placer trabajar con ustedes —se despidió haciendo una reverencia de respeto.
—Esto no es justo —dijo Sara entre dientes poniéndose de pie, sintiendo cómo su familia se desintegraba una vez más.
—Nada lo es, Sara —respondió William en un suspiro volviéndose a ella, abrazándola por un par de minutos; también abrazó a su viejo amigo Uriel Franco.

Se llevaría consigo lo mejor de todo aquello que habían compartido. Miró uno a uno a los amigos con los que había compartido innumerable cantidad de aventuras, sabiendo que ese era el fin de los cinco, cayendo en cuenta que quizá jamás volvería a ver sus rostros. Trató de recordar cada detalle de cada uno en su memoria, como si sacara una instantánea personal de cada uno y se la llevara consigo para siempre.




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