Dos mundos, saga Histria Oculta, Tomo 2

Cincuenta y nueve.

Castigo

Domenicus Talin estaba en la mina de Tinja trabajando aún en los últimos detalles de la prisión que tendría la fuerza para contener al Grimma. El cofre era de color plateado oscuro y en cada una de sus caras tenía conjuros de contención, dándole un aspecto extraño pero a su vez hermoso.

Había trabajado en este casi siete meses, día y noche.

—No hay duda de que eres un artista —dijo Necrum, entrando con cuidado a la mina. El espacio interior de esa mina era suficiente para contener a más de un dragón; sin embargo, por el calor emanado del pozo, el aire en su interior se sentía un tanto asfixiante.
—Debe ser algo importante lo que te ha traído a este lugar —dijo Domenicus esbozando una sonrisa de complacencia sin levantar el rostro para ver al dragón, pues estaba concentrado en su labor, en darle los detalles finales.
—Djabeil ha desaparecido... —respondió el dragón con la mayor cautela posible, pues sabía que su viejo amigo no estaba enterado de los últimos acontecimientos en la superficie.
—¿Cómo? —interrogó Domenicus volviéndose a ver a Necrum.
—Los oscuros han atacado esa ciudad... el Corazón Sombrío acabó con todos —explicó Necrum con calma, tratando de ahogar la rabia que sentía en su garganta, pues conocía bien la causa de aquella atrocidad.
—Debo ver a mi hija —dijo Domenicus dejando las herramientas que traía en la mano sobre el cofre y la mesa de trabajo, comenzando a caminar hacia la puerta, pero Necrum lo detuvo con una pata.
—Aún hay más —dijo el dragón con calma—. Un inocente... un pequeño niño mortal ha muerto a manos de Almedan y temo que Triztan... enfrentará el castigo —explicó el dragón con la mayor cautela posible, pues aquella no era una noticia que se pudiera dar con una sonrisa. Necrum era el único que conocía el castigo que le sería impuesto a Triztan por decisión de los Rosseliu.
—Con mayor razón debo verla —respondió Domenicus con calma, colocando su mano sobre la pata del dragón.
—Temo que no será posible —corrigió Necrum con tranquilidad, acercando su rostro al de Domenicus.
—Él me ha traído aquí —dijo Triztan bajándose del lomo del dragón sobre la pata de este. De un brinco se puso frente a Domenicus.
—Triztan —murmuró Domenicus con preocupación en su voz, acercándose a ella pero percatándose de lo enferma que se veía; la abrazó con suavidad.
—Estoy bien, padre, solo un poco enferma —dijo ella abrazándolo con un suspiro, aunque sabía cuál era la realidad de las cosas.
—¿Cómo pasó todo esto? —interrogó Domenicus volviéndose a ver a Necrum con su hija entre sus brazos.
—En un descuido, el lado oscuro tomó ventaja —respondió Necrum en tono conciliador, sentándose sobre sus cuartos traseros.
—¿Qué hay del libro de Malaquías? ¿Qué dice? —interrogó Domenicus con cautela, tratando de saber si todo aquello lo había previsto Malaquías.
—El Oráculo está listo... y hoy comenzará a leerlo... solo nos queda esperar —respondió Triztan soltando a Domenicus con un poco de esfuerzo. Este la veía con cautela, con la notable preocupación en sus ojos, pues sabía que a su hija aún le quedaba un largo camino por recorrer y tal parecía que esto estaba muy lejos de terminar.
—El cofre está listo. Se quedará en este lugar hasta que sea necesario usarlo —dijo Domenicus señalando la vieja mesa de trabajo que estaba a un lado del pozo.
—¿Cómo sabré cuándo sea el tiempo? —Triztan volvió su rostro para ver el cofre que aquel que controla su destino había forjado.
—Tu corazón te prevendrá —respondió Domenicus con cautela, colocando su mano sobre el hombro de ella—. Debemos ver cómo saldrás de este lío —concluyó tratando de esbozar una sonrisa.
—Solo hay una manera —dijo Necrum atrayendo la atención de los dos. Los ojos del dragón eran de color negro; sin embargo, en esta ocasión tenían un brillo especial; se podía notar la tranquilidad que embargaba su alma.
—¿Cuál? —interrogó Triztan con premura, aunque temiendo la respuesta.
—Hay un mundo llamado Sylensce; ellos han estado en una guerra eterna y una ayuda mágica no les caería nada mal —respondió el dragón con calma, colocando sus patas delanteras en el suelo frente a él. La forma en que el dragón se sentaba permitía demostrar su jerarquía entre su raza.
—¿A qué te refieres? —interrogó ella confundida, viendo a Necrum con cautela. Era una confusión que su padre también sentía, aunque comenzaba a comprender lo que el dragón decía.
—Para lavar el daño que has hecho con la muerte de todos esos inocentes, deberás salvar a Sylensce de sí mismos, al mundo entero —explicó Domenicus tomando las manos de Triztan y parándose frente a ella, pues había entendido perfectamente el castigo que se le había impuesto, si es que así se le podía llamar.
—Si viajo, quedarán desamparados —respondió Triztan con nostalgia en su voz.
—Una vida es un mundo, y tomaste la vida de esa criatura; ahora debes salvar ese mundo —sentenció el dragón señalándola con un dedo de su pata derecha.
—¿Cuánto tiempo será eso? —interrogó la Didrak, ocultando la amargura que en ese momento estaba sintiendo.
—Eso depende de ti; puede ser un día o una vida —respondió Necrum con ternura—. Quizá en tierras lejanas encuentres ayuda para enfrentar lo que viene... yo te mantendré al tanto de lo que suceda aquí —concluyó acariciando con cuidado la cabeza de Triztan.
—Bien... padre, despídeme de Alexander y de Gregor, diles que volveré —dijo ella volviendo sus ojos plateados hacia Domenicus.
—Así lo haré —dijo Domenicus con una tierna sonrisa. Triztan esbozó una sonrisa que más bien parecía una mueca de tristeza; abrazó a Domenicus en silencio por un segundo más, pero ese segundo pareció eterno. Se alejó un poco de él y se volvió hacia Necrum—. Es hora de partir.

Necrum se inclinó un poco para que ella subiera otra vez a su lomo.

—Suerte —dijo Domenicus tratando de ocultar la tristeza en su voz.
—Cuídate —pidió Necrum parándose sobre sus cuatro patas y dándose media vuelta. Con calma salió de la mina y, una vez fuera, extendió sus alas para levantar el vuelo, desapareciendo con Triztan Talin en el viento.




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