Dos mundos, saga Histria Oculta, Tomo 2

Sesenta y uno.

Colt Hawthorn

Codam había cambiado de una forma extraordinaria en aquellos años. Lawrence Slavik estaba parado a un lado de las puertas de la ciudad subterránea, observando a la gente dentro y tratando de imaginar cómo sería la vida después de que la guerra terminara, esperando que el resultado fuera favorable. Trataba de imaginar cómo la vida de los mortales había cambiado a pasos agigantados y cómo se habían visto obligados a habituarse al mundo mágico, donde estaban aprendiendo a sobrevivir.

Cambiando todo lo que conocían por lo que aprendían día a día, su hija se acercó cautelosamente a él.

—Jamás te había visto tan pensativo, Lawrence —dijo Anette en tono amable, parándose frente a él.
—Recordaba el día en que Triztan entró en nuestras vidas; ella fue la única con el valor de enfrentar a Zardok —respondió Lawrence volviendo sus ojos a su hija—. Fue ella quien me dijo que en mis venas corría la sangre de un Zelldre, que no era el que yo creía —concluyó casi en silencio, recordando el hecho de que nunca se había percatado de que él era uno de ellos.
—Lo sé, padre —respondió Anette en tono conciliador, cruzando los brazos sobre su pecho.
—He tenido tanto miedo de ser lo que soy —dijo Lawrence con un suspiro, clavando su mirada en la tierra—. Un híbrido... el primero.
—Zardok nos alejó de todo —reprochó Anette molesta, recordando su vida en el Castillo Blanco de Codam y volviéndose lentamente hacia las ruinas que ahora quedaban de este.
—Quizá él tuvo parte de culpa, pero nosotros aceptamos ese exilio impuesto —corrigió Lawrence con ternura—, en lugar de luchar por lo que creíamos y merecíamos.

Se interrogaba por qué nunca tuvo el valor de enfrentar a Zardok Torbal.

—Ya lo hacemos ahora —dijo Anette señalando a la ciudad. Lawrence la observó y volvió la vista a la ciudad.
—Pudimos prever esto —dijo Lawrence con desilusión.
—No, padre. Si hubiera sido de otro modo, muchos más habrían muerto —corrigió Anette—. Mi madre estaría muy orgullosa de todos nosotros —concluyó tomándole la mano y recordando los ojos cristalinos de su madre, un Hasselvi que había muerto a manos de Zardok; sin embargo, esa historia solo ese Zelldre la conocía.

Les había hecho creer a todos que ella había participado en una guerra en una ciudad lejana donde había muerto. Lawrence esbozó una sonrisa que se veía un tanto triste.

—Dicen que Gregor ya ha comenzado a leer el libro —Lawrence hablaba casi en un murmullo, tratando de desviar la conversación. Anette abrió tanto los ojos que parecía que se le iban a desorbitar, apretando más la mano de su padre.
—Debo verlo —dijo Anette sintiendo que el corazón estaba a punto de salirse de su pecho.
—Debes entender que quizá Colt esté muerto y, de no ser así, alguna razón poderosa lo aleja de casa —concluyó tratando de tranquilizarla.
—Lo sé, padre, pero no puedo vivir con esta incertidumbre por más tiempo —respondió Anette, llevándose la mano al pecho y soltando la de su padre.
—Debes hacerlo... busca respuestas, pero no guardes esperanza.
—Trataré, padre —respondió Anette casi en silencio, desvaneciéndose.

Llegó a media tarde a la cámara del Valle de Oro. Entró con cautela buscando a su hijo. Lo encontró en una mesa donde estaba reunido con un elfo y un gnomo.

—Merrik —llamó Anette acercándose a ellos. Merrik levantó la vista y vio a su madre venir.
—Disculpen —dijo Merrik, alejándose del elfo y el gnomo para acercarse a su madre.
—¿Es verdad? —interrogó Anette en un suspiro, tratando de controlar sus emociones.
—Lo es —respondió Merrik con tranquilidad, tomando la mano de Anette; él no había querido decirle para no arrebatarle la poca tranquilidad que le quedaba.
—Debemos saber.
—Claro —respondió él con una tierna sonrisa, caminando con su madre hasta el otro lado de la cámara, donde se encontraba Gregor sentado tras la gran mesa de piedra que Triztan había traído para él desde las minas de Tinja.
—Hola, Merrik —saludó Gregor poniéndose de pie—. ¿Hay algo que quieran saber? —interrogó con amabilidad. En esos días, todos esperaban algún tipo de respuesta mágica que solucionase sus vidas.
—En realidad, sí —dijo Merrik con un poco de temor en su voz.
—¿Cuál es la duda que aflige a tu corazón, mi señora Anette? —interrogó Gregor volviéndose hacia ella. Merrik tuvo que sostenerla un par de veces para tranquilizarla; había llegado el momento de saber qué había pasado con Colt Hawthorn.
—Quiero saber... ¿por qué se fue? ¿Qué lo orilló a desaparecer? ¿Y, sobre todo, por qué a él?
—Son demasiadas dudas en una sola interrogante, mi señora. ¿Podrá responderlas?
—Temo que sí, y también que lo que escuche no sea lo que necesite su corazón... Pero deben comprender que él fue elegido por una razón —respondió Gregor acercándose al libro. Abrió la extraña cubierta y recorrió sus páginas hasta localizar un fragmento—. Suspiró un poco antes de comenzar a traducir.

Nel nen oder roccer urt nun odum lan geu non cetarep, nes geu nim nif nes oximer... nel nen wanse nan soln salemnet geu nel serenar, udesp geu nem rit odai. Nuan non nigo parnit len urt geu, utne nes geu nare ciplat nen lon geu tesa urt niter, nen oder nus dospa lan dimem geu nus rutfo. Doslek tesan tasdor ned ralem, utne minulto nes ruzirat ned otixan e airiam.

—Le he visto caminar por un mundo al que no pertenece. Sé que mi fin se acerca… le he pedido a los elementales que le convoquen después de que me haya ido. Aún no tengo claro el porqué, pero sé que será importante en lo que está por venir. He visto su pasado al igual que su futuro; ambos están llenos de amor, pero el último se cubrirá de desesperanza y muerte.

Guardó silencio antes de continuar. Observó a Anette con calma y ella le indicó que prosiguiera.

Nare alodg nan reftra nan oune ned soln zares geu ger dart, nus riopa gressa nel unbrax, nel arran refrun lan aram ger grionzai samja catra. Utne, nus nemgo non zarrec urt len osred ned teas, nare torranze urt nal ricudaos nen nus trexo. Non derok velark nus trune, on nen nodu negio. Non lanive nim psitrec, ned ole patrek len rutflo.




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