Regreso
Habían pasado casi tres meses desde la partida de Triztan Talin a Sylensce. El caos y la desesperación menguaban las esperanzas; algunos imaginaban que era del mismo modo en que se dan las grandes olas del mar: este se retira rápidamente solo para regresar con más fuerza, devastándolo todo. Pero con el paso de los desesperantes días, creían que esta jamás volvería. La guerra era inminente y los blancos sentían el temor por el hecho de que quizá el arma más poderosa que tenían se encontraba perdida.
Creían que su caballero blanco había caído de una forma brutal. En el mundo de la magia, la muerte por cualquier incidente es condena para toda la eternidad. Sin embargo, había algunos que guardaban la esperanza de que volviera para salvarlos; aunque temerosos, continuaron con sus labores preparando al ejército, tratando de hacerlo todo lo mejor posible para poder defenderse, aun cuando ignoraban cuándo, cómo y dónde el Grimma les iba a atacar.
En la entrada de la ciudad subterránea de Codam se encontraba parada una mujer que vestía de un modo extraño. Parecía llevar el uniforme de un ejército distinto a los del mundo en el que se encontraba; vestía aún la ropa del ejército sylano. Se veía abrumada, sumamente confusa; observaba a todos los que pasaban delante de ella. Todos los que la miraban podían reconocerla con facilidad; sin embargo, le temían y retrocedían al identificarla.
—¿Triztan?
Le llamó una voz femenina que le parecía familiar. Se volvió lentamente para verla, encontrándose con los ojos azul marino de Zoe Catbad; estos se veían cansados y un tanto tristes.
—Zo... Zo... ¿Zoe? —interrogó ella titubeante.
Zoe trató de abrazarla, pero Triztan se apartó de ella bruscamente, acto que la tomó por sorpresa.
—¿Sabes quién soy? —interrogó Zoe un tanto preocupada, pues temía que hubiese perdido la memoria y que su rechazo fuera resultado de su desaparición.
—Creo… que sí —respondió Triztan con un poco de confusión. Aunque tenía recuerdos presentes, estaban envueltos en tanta guerra que había vivido en Sylensce que, en ese momento, el idioma que había hablado por años parecía haberlo olvidado.
—Te fuiste hace un par de meses y todo es un desastre, todos están como locos… pareces otra —opinó Zoe con ternura, tratando de tranquilizarla mientras la veía con detenimiento, pensando si era momento de hacerle reclamaciones.
—¿Meses? ¡Estuve lejos más de dos mil años!
Era difícil saber quién de las dos estaba más confundida en ese momento.
—¡Eso es imposible! —respondió Zoe sorprendida, clavando sus ojos en los ojos plateados de la Didrak—. ¿Dónde estabas? ¿Qué fue lo que te sucedió?
Hablaba lo más calmadamente que podía, acercándose un poco a ella, pero aún temerosa de su reacción.
—Lejos, en una larga guerra que parecía interminable —respondió Triztan, negándose a hablar más del tema.
Zoe se llevó la mano a la boca, tratando de no llorar, pues sabía que una larga guerra podría menguar cualquier poder de vida.
—Sea lo que sea que hayas pasado, has cambiado otra vez —murmuró Zoe, atrayendo la atención de Triztan. Ella observaba a su abuela con detalle, tratando de comprender sus palabras.
—Estoy buscando a un dragón llamado Necrum.
Era más que evidente que trataba de desviar el tema; quizá era doloroso hablar de ello, o tal vez aún estaba demasiado presente.
—Él está en el Valle de Oro, en la cámara —respondió Zoe con desilusión al percatarse de que su nieta había cambiado una vez más y que, en esta ocasión, no sabía qué podía esperar de ella. Sentía que estaba lejos de nuevo; ese dolor era superior al de saber que posiblemente moriría.
—Gra... gracias —dijo Triztan un tanto ausente, observando a Zoe unos segundos más antes de desaparecer.
Llegó al Valle de Oro, a la cámara. Cuando apareció en el centro, muchos de los que estaban cerca se alejaron, dejándola en medio de un círculo. Todos la observaban con cautela; a algunos les daba gusto verla y otros sentían una repulsión increíble porque los había abandonado en momentos terribles.
—¡Necrum! —llamó Triztan en un grito sin obtener respuesta—. ¡Necrum! —llamó de nuevo. El dragón se acercó cautelosamente a ella.
—Sé cuál es la razón por la que me buscas —dijo Necrum, quien parecía ser el único que no estaba sorprendido con su presencia—. Pero lo importante es saber si lograste tu objetivo —concluyó, parándose frente a ella. Triztan tomó la espada y la clavó en el suelo entre los dos.
—Nakaren te envía su gratitud —respondió Kira con calma, clavando su vista en los enormes ojos negros de Necrum.
—Quizá haya llegado el momento de atacar.
La sugerencia de Necrum no tuvo respuesta. Se sentó sobre sus cuartos traseros, clavando su mirada en los ojos color plata de Triztan.
—No voy a pelear una guerra más —respondió esta tajantemente.
Nadie conocía lo que había pasado en Sylensce. Nadie sabía que había participado en una guerra en otro mundo por dos mil años contra un ejército sobrehumano; nadie sabía que había visto morir a muchos de sus hermanos sylanos. Nadie sabía que ya no estaba dispuesta a perder a nadie más, aunque eso incluyera que el Grimma se comiera al mundo.
—¿Qué has dicho? —interrogó Necrum en un grito, parándose en sus cuatro patas e inclinando su cabeza para colocarla casi frente a la de Triztan.
—Dame un solo motivo.
—Tu vida —respondió Necrum con calma, respirando agitadamente para tratar de tranquilizarse.
—No me basta —respondió Triztan, dándose media vuelta y alejándose del dragón en dirección a la puerta de la cámara, dejando la espada de Almedan clavada en el suelo.
Todos estaban sorprendidos por la respuesta de Triztan. Muchos sentían en su corazón que su esperanza había fracasado; incluso Necrum llegó a dudar de la decisión de los Rosseliu de enviar a la Didrak a Sylensce. Pensaba que lo que pudo haber vivido en aquel lejano lugar debió ser devastador. Cautelosos y renuentes, uno a uno fueron abriéndole paso a Triztan, que se acercaba a la puerta cerrada de la cámara.
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Editado: 15.08.2026