Dos mundos, saga Histria Oculta, Tomo 2

Sesenta y cuatro.

Los dominios de Bouaki

Triztan Talin, al atravesar el portal al mundo de los muertos, se vio forzada a repetir mil veces su vida; sin embargo, al final de este túnel encontró un mundo completamente distinto al que había imaginado.

Era un mundo en paz, cada cosa en su lugar y cada lugar para cada cosa. Las tierras de Bouaki se veían como un vasto prado en el que sus edificaciones eran sencillas. Ella trató de imaginar en qué lugar estaría la entrada a uno de los nueve infiernos del Valle de la Muerte. Pensó en todos aquellos que se encontraban allí, y del mismo modo en los que estarían en los nueve cielos; sin embargo, el lugar por donde había llegado era el Purgatorio.

En ese lugar era donde se encontraban las almas que habían caído en guerra; las almas en conflicto consigo mismas. Quizá en ese sitio encontraría a Lukyan Slavik. Caminó entre los grandes parajes, visitó casa por casa y, aunque sabía a quién buscaba, guardaba la esperanza de encontrarse con algunos de sus muertos.

Para ser un lugar en el que se pagaban los castigos, se sentía tranquila. Por primera vez sintió que toda la agonía vivida en la guerra estaba desapareciendo; se sentía en casa por alguna extraña razón. Aunque ella sabía perfectamente que su condición de Rosseliu no le permitiría probar jamás el beso de la muerte, aquel dulce beso que había probado ya en dos ocasiones y que la había llevado a tierras inhóspitas en los nueve infiernos y en los nueve cielos, jamás permaneció el tiempo suficiente para descansar.

—¡Kira! —dijo una voz masculina que había escuchado muchas veces a lo largo de su vida, que la había guiado y apoyado en cada momento.

Se quedó de pie junto a un río de color azul, tratando de recuperar el aliento que había perdido por la sorpresa. Poco a poco se dio cuenta de que no se trataba de un sueño; comenzó a darse vuelta hasta que lo vio. Se veía exactamente igual a como lo recordaba; él sonreía con ternura y sus ojos brillaban con una luz especial. Ella se acercó con rapidez y lo abrazó.

—Escuché tanto tiempo tu voz que había olvidado tu rostro —dijo Triztan casi en un susurro, ahogando las lágrimas en su garganta.
—Siempre estuve contigo —dijo él con ternura, acariciándole el cabello.
—Estoy en este mundo y, sin embargo, no puedo quedarme, pero me llevaré lo mejor de ti —murmuró Triztan, retrocediendo un poco para verlo una vez más a los ojos—. Nicolai Didrik —murmuró ella con una sonrisa. Él también sonreía; estuvieron así por un par de minutos, pero para ambos fue eterno.
—¿Qué es lo que te ha traído a este frío lugar?
—He venido buscando a aquel que me ayudará a terminar con el Grimma —respondió la Didrak casi con nostalgia en su voz, cuando una voz femenina los interrumpió.
—Te había visto en sueños. Soñé tanto contigo y por fin estás frente a mí —dijo la mujer acercándose a ella con cautela. Su apariencia era muy similar a la de Triztan.

El color de su piel era un tanto rosado, su cabello era de un rojo claro casi definido y sus ojos brillaban con una luz un tanto extraña. Sus labios eran de un rosado tan intenso que parecía que había mordido una granada. Vestía un extraño vestido blanco con aplicaciones azules, muy sencillo pero igualmente hermoso. Triztan se volvió con calma a verla a los ojos, dándose cuenta de que sus mejillas estaban llenas de lágrimas.

—¡Julián! —murmuró Triztan aún con un nudo en la garganta.

Julián se acercó a ella y la abrazó. Triztan correspondió al abrazo; por primera vez sentía los brazos de su madre, por primera vez sentía todo aquel amor que ella le había tenido y que había sido tan grande como para entregar su propia vida por ella.

—Mi niña —murmuró Julián con ternura en su voz. Con calma, se alejó un poco para observar los ojos plateados de su hija, recordando a través de ella el parecido con Domenicus—. Te hicimos bien —dijo ella con una sonrisa sutil. Triztan sonreía como no lo había hecho en siglos; no tenía deseos de partir a ningún otro lugar.

—¿Sabías que vendría? —interrogó Nicolai acercándose a las mujeres.
—No todos los días nos visita un vivo, menos un Rosseliu que no sea Bouaki, así que esa noticia está esparcida por todo el reino de nuestro guardián —respondió Julián con una sonrisa, sin soltar a su hija; de alguna manera, ella no quería dejar que se fuera.

Triztan estaba temerosa de las palabras de Julián, pues no quería encontrarse con Elinor; aunque le había amado como a un hermano, este había logrado que su ira se dirigiera hacia él.

—No te preocupes, Elinor no vendrá —dijo Nicolai, colocando la mano sobre el hombro de Triztan. Esta se volvió a verlo un tanto extrañada—. Ha aprendido de sus errores. Ahora está en tierras lejanas ayudando a aquellos que se niegan a aceptar que han muerto —explicó en tono conciliador, como si supiera lo que pensaba.

Vio a una pareja que los observaba a lo lejos. Triztan se volvió poco a poco tratando de recordar dónde los había visto, hasta que un recuerdo abrasador llegó a ella: ellos habían sido la pareja que la había adoptado, quienes la habían criado como a una hija hasta que Madaris Laer entró de nuevo en su vida. Soltó poco a poco a Julián.

—Disculpen —dijo Triztan con ternura.

Se alejó un poco de ellos y comenzó a caminar hacia la pareja; estos la veían con lágrimas en los ojos. La Didrak los abrazó en silencio, como la última vez antes de que ellos partieran a aquel viaje en el que morirían trágicamente. Después de un largo rato y las obvias presentaciones, se quedó conversando con ellos como si el tiempo no la apremiara, olvidando qué era lo que había ido a buscar. Casi al atardecer en la tierra de Bouaki, una figura demoníaca se acercó a ellos.

—No sabía si aún te encontraría aquí —dijo con dulzura, parándose detrás de ella.

Triztan se levantó rápidamente y se fundió con él en un largo abrazo. Las lágrimas rodaban por sus mejillas; por primera vez se sentía completa, algo tenía sentido en su vida. ¿Qué más podría pedir, si estaba con todos aquellos que tanto amaba?




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