La Gran Guerra
El ejército blanco se había reunido en la Torre de los Dragones desde la noche anterior, y la cifra de seres aumentó cuando comenzaron las movilizaciones oscuras. A diferencia de los cantos que se escuchaban en Somery, el valle de la Torre estaba completamente en silencio. Los amigos que se reencontraban se sentaban juntos alrededor de grandes fogatas, compartiendo lo que quizá serían sus últimos momentos. Detrás de ellos se encontraba el campamento que se había ido montando conforme cada regimiento llegaba. En muchos de los rostros de los presentes podía verse la aflicción de lo perdido y el temor al futuro.
Necrum estaba sentado en la orilla de la gran Torre observando el campamento, preguntándose cómo sería todo si el mundo no se hubiera dividido, si ciertas razas que traicionaron no hubieran existido o hubieran sido de otra manera. Pero se dio cuenta de que, al pensar en ello, era un poco como ellos, se convertía un poco en cobarde. Pensaba en lo que les ocurriría si es que estallaba la guerra en ese momento, ya que muchos de los que pelearían esa noche habían tenido poco tiempo (apenas seis años) para aprender a controlar la magia que por naturaleza les pertenecía.
Cuando la gran mayoría de los Jakzen y Wizdart habían tenido milenios para perfeccionarse, una mota de esperanza se albergaba en su corazón imaginando qué sucedería después de esa batalla: veía a su enemigo, el Grimma, derrotado y al ejército negro menguado casi hasta su extinción. Se preguntaría qué pasaría con aquellos mortales que sobrevivieran esa noche, pero esto se lo preguntaban todos en el valle.
La noche comenzaba a caer, las estrellas se estaban ocultando detrás de unas gruesas y oscuras nubes, como si el cielo mismo se negara a ver hacia la tierra esa noche. En el viento se podía respirar el miedo y la desesperanza, una extraña mezcla de emociones para esa noche. Necrum se percató de que tres pegasos volaban hacia la Torre desde el este; volaban como aves rapaces. Estiró sus alas y se dejó caer desde las alturas, llegando al suelo casi al mismo tiempo que ellos.
—¡El ejército negro nos atacará! —gritó un pegaso azul llamado Ciller, este era amigo cercano de Necrum.
Los que le escucharon se acercaron con rapidez al grupo. Las preguntas eran las mismas: ¿Cuántos eran y cuándo llegarían?
—Vienen desde el este, son casi el mismo número que nosotros. Kira Talin no viene con ellos —comenzó a explicar uno de los pegasos, agitadamente por el vuelo—. Pero sé que ella y el Grimma vendrán. —No entiendo por qué se desplazan por tierra —murmuró un pegaso blanco, sacudiendo sus alas para relajarlas.
Las especulaciones y el temor comenzaron a generalizarse; la noticia de que el ejército negro se acercaba se esparcía más rápido que la flama que sigue el rastro de pólvora. El temor aumentaba en sus corazones; la desesperación pronto sería lo que tendrían que controlar.
—¡Silencio!
El grito de Necrum se escuchó en todo el Valle de la Torre, dejándolo en silencio nuevamente. Observó a todos los que estaban a su alrededor.
—Sé que están asustados, no serían valerosos si no fuese de ese modo —comenzó a explicar elevándose un poco para que todos lo escucharan—. Pero depende de nosotros que nuestro mundo no se pierda en las entrañas del Grimma… y aquí es donde libraremos esa batalla, si es que los malditos nos atacan.
Tardaron un poco en reaccionar, pero los gritos contenidos de emoción se escucharon al fin.
—¡Así que ya lo saben, esta noche habrá guerra, y sin importar si caemos, nos llevaremos a esos malditos con nosotros!
Todo el ejército blanco emitió un grito de guerra al unísono.
Se organizaron con rapidez, formándose del lado oeste de la Torre; de este modo les verían venir. La marcha intimidatoria del ejército negro había causado el efecto deseado en ellos, pero lo que Necrum les había dicho les daba un solo motivo para pelear: si habían de morir, se los llevarían consigo. La noche había caído fría, lúgubre y silenciosa; el temor embargaba los corazones de todos, pues el destino del mundo estaba en sus manos.
La lenta marcha de los minutos traía consigo una tensa y pesada calma. Podía escucharse el latir de cada corazón de cada guerrero presente. Solo los que ya han peleado en un combate saben qué sonido tiene el mundo en ese instante, conocen el aroma del viento, el peso que en ese momento cae sobre ellos. Sin duda, ellos mejor que nadie saben que una guerra jamás dejará ganadores.
En un instante el mundo entero se quedó en silencio; el viento dejó de recorrer el valle, no se podía escuchar sonido alguno. A esto le seguía un sonido lejano, parecido al que se produce al chocar un metal contra otro; los magos oscuros marchaban golpeando sus báculos contra el suelo, lo que provocaba ese atronador sonido.
Comenzaban a verse rayos recorriendo las pesadas nubes sobre sus cabezas; se podía sentir la cercanía de los oscuros. La tierra comenzaba a retumbar, estrujando sus corazones, sentimiento que parecía interminable. De entre las sombras vieron emerger a sus enemigos, avanzando con pasos firmes y sólidos hacia ellos.
El fuego azul en la Torre de los Dragones había menguado tanto que ahora solo parecía una llama creada por un montón de cerillos. El frío comenzaba a acentuarse en todo el Valle, recrudeciendo el cansancio de seis años en el ejército blanco. Todos aquellos seres que lo habitaban se habían escondido; los bosques mismos parecían haber desaparecido. El mundo entero estaba seguro de una cosa ante el Grimma: su mortalidad.
En el ejército oscuro las emociones eran encontradas; muchos de los oscuros que pelearían por el Grimma estaban deseosos de ser vencidos por el otro ejército, y deseaban sinceramente que ellos pudieran vencerlo; pues, aunque deseaban terminar con ellos, también deseaban continuar con vida.
Kira Talin desarrolló sus alas y voló a una altura de tres metros para que todo su ejército de más de seiscientos mil seres pudiera verla y escucharla perfectamente. Estaban llegando a la entrada del gran Valle; nunca en mucho tiempo este lugar había tenido tanta vida como esta noche, nunca habían estado reunidos tantos seres en un mismo sitio como aquella noche. Lamentablemente, en esta ocasión no habría fiesta, no se celebraría nada, pero se perdería mucho.
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Editado: 15.08.2026