No me lo dijo.
Nunca tuvo el valor de decirlo.
Lo descubrí como se descubren las cosas que más duelen...
Una publicación.
Algo simple.
Algo que, para cualquiera, no significaría demasiado.
Pero para mí...
lo cambió todo.
Ahí estaba.
No hizo falta que explicara nada.
No hizo falta que alguien me lo confirmara.
Lo entendí.
En lo que escribió.
En lo que ya no era mío... si es que alguna vez lo fue.
Y en ese momento, todo lo que había estado ignorando
empezó a tener sentido.
Las respuestas cortas.
La distancia.
El cambio.
No era que ya no tuviera tiempo.
No era que estuviera ocupada.
Era que ya no era yo.
Y aún así...
Lo más doloroso no fue descubrir que había alguien más
Fue darme cuenta
de que yo ya lo sabía.
Lo había sentido antes.
En cada silencio incómodo.
En cada conversación vacía.
En cada vez que tuve que convencerme de que todo estaba bien.
Pero elegí no verlo.
Porque aceptar eso...
era aceptar que nunca fui la única.
Ni la primera opción.
Ni la historia que ella iba a contar.
Solo fui un momento.
Uno bonito, tal vez.
Uno real, al menos para mí.
Pero no suficiente.
hay algo que nadie te dice
sobre este tipo de despedidas:
no hay cierre.
No hay explicación.
No hay disculpas que realmente arreglen algo.
Solo queda ese instante...
ese maldito instante en el que ves algo en una pantalla
y entiendes
que todo lo que sentías
ya no tiene lugar.
Y aun así...
te quedas ahí, mirando
como si doliera menos
si no apartas la vista.