No lloré.
Y eso fue lo que más me confundió.
Porque no sentí el dolor primero...
sentí la decepción.
Y lo único que pude pensar fue:
"¿En verdad eres ese tipo de persona?"
No lo dije en voz alta.
No se lo escribí.
No se lo reclamé.
Pero lo sentí.
Porque en mi cabeza... ella era diferente.
La había puesto en un lugar donde no cualquiera llega.
La había hecho especial, única, incapaz de hacer exactamente lo que terminó haciendo.
Y tal vez ese fue mi error.
No verla como era, sino como yo quería que fuera.
Me dolió darme cuenta de que mientras yo cuidaba cada detalle, cada palabra, cada emoción...
ella simplemente seguía con su vida, como si lo nuestro no tuviera el mismo peso.
Como si nunca hubiera significado lo mismo.
Y ahí entendí algo que no quería entender:
no todas las conexiones son iguales para las dos personas.
Lo que para mí era todo,
para ella pudo haber sido solo algo más.
Y no hay nada más difícil
que aceptar eso.
No pedí explicaciones.
Porque en el fondo sabía que cualquier respuesta iba a doler igual... o peor.
Así que elegí el silencio.
No porque no tuviera nada que decir, sino porque ya había entendido todo.
Y hay cosas que, cuando se entienden, ya no necesitan palabras.
Solo distancia.