Capítulo II:
Té para tres
***
Observo mi reflejo con la mirada empañada por lágrimas de felicidad.
El vestido de novia que llevo puesto, bordado a mano y adornado con pedrería, es simplemente hermoso. No puedo evitar soltar un suspiro al verme, por fin, vestida de novia y lista para llegar al altar.
—Es el que usó tu abuela el día de su boda. — susurra mi madre al envolverme en un cálido abrazo. —Estoy muy orgullosa de ti.
Yo me limito a responderle con sonrisa de agradecimiento y rozando mis manos con las suyas; obligándome a sentir al instante como el sudor de mis manos se traspasa a las de ella.
—Voy a preparar la sala para que salgas. —me dice antes de desaparecer de la habitación.
He quedado sola de nuevo, así que con delicadeza culmino el delineado color plata que adorna mi párpado y le da luz a mi mirada, pues en tan solo diez minutos debo salir de la habitación y caminar hacia el altar. He decidido maquillarme yo misma porque quiero mantener la boda lo más íntima posible. Pero antes de que pueda culminar de adornar mi rostro, una ola de gritos comienza a interrumpir mi calma.
Son gritos desgarradores que salen desde la puerta que une mi habitación a la sala de invitados; por lo que mi corazón comienza a latir con fuerza antes de llenarme de valentía y abrir la puerta que me separa del supuesto caos.
Lo que observan mis ojos es peor de lo que pensaba, pues hay aproximadamente veinte cuerpos ensangrentados y descansando en el piso sin aparente respiración; pero la sangre es tanta, que ni siquiera logro discernir de donde proviene.
Subo la mirada a la pared principal de la sala de invitados, logrando visualizar un mensaje escrito con algo que parece sangre o una pintura muy convincente en ella, por lo que mi corazón se acelera tanto que mis manos comienzan a realizar un baile de nervios al temblar.
“Nicolette Bianchi y Enzo Lombardi, felices por siempre, en la vida y en la MUERTE”
Mi corazón se acelera sin remedio, y justo cuando creo que todo ha sido arruinado en mi boda, los cadáveres que reposan en el suelo se levantan con gritos… gritos que provienen de mi propio rostro; pues todos lucen exactamente como yo.
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—CHRISTINE.
Por obra de Dios, los gritos de mi hermana me sacan de la horrenda pesadilla en la que me encontraba encerrada.
Mi respiración es acelerada y mi frente está llena de sudor, aun cuando de seguro la temperatura está a unos 10 grados en mi recámara pues mi calefacción se ha descompuesta. No podía negar que la información recibida ayer había alterado toda mi química cerebral. El simple hecho de verme acorralada a tomar y aceptar una decisión como esa me hacía sentir patética.
— ¿Quién es Nicolette? — mi pequeña hermana me saca de mis pensamientos.
Emito una mueca de disgusto y nerviosismo al escuchar ese nombre salir de los labios de mi hermana, de seguro he hablado dormida de nuevo.
— ¿He vuelto a hablar dormida? —le pregunto con calma.
Siempre me he delatado con mi madre y mi hermana gracias a mi lengua loca durante mis sueños.
De hecho, cuando tenía tan solo quince años mi madre descubrió que estaba "locamente" enamorada de Joshua, gracias a que hablaba dormida y suspirando su nombre. Por ello, tardaron meses bromeándome con su nombre hasta que el muy tonto me dio bolas, y lograron conocer al famoso “Joshua”.
—Gritabas que tú no eras una tal Nicolette y llorabas como una tonta. —ella me mira con desdén. — ¿Segura que está todo bien?
—Hmm. —le respondo, asintiendo con la cabeza.
Sé que mientras más evada el tema y logre salir rápido de la habitación, menos preguntas hará Sophie, y se me hará más fácil convencerlas a ella y a mi madre de dejar el país. Sabía que tenía que mantenerlas lo más alejada posible de todo este asunto, antes de que me comenzara a consumir por completo, y las consumiera a ellas.
—Voy tarde. —añado. —Debo reunirme con las personas que vinieron ayer.
No alcanzo a escuchar su respuesta, pues me he escabullido hasta el baño como ladrona, pero a lo lejos escucho su risita burlona.
Todo lo que ocurrió ayer fue demasiado para mi cabeza. Por segundos, dudé en romper el acuerdo de confidencialidad y aceptar que no me graduaría jamás; pensando si era más sencillo conseguir un trabajo a medio tiempo que me pagara lo suficiente para esperar al menos un año y graduarme en la próxima promoción de graduandos.
—Maldición. Soy una idiota.
Estoy tan angustiada por el sueño que tuve, que no pongo atención a que he entrado a la ducha sin quitarme mi ropa interior, por lo que ahora me encuentro completamente empapada desde las bragas hasta el brasiere.
Tengo la cabeza hecha un lío y no podía disimularlo.
La Federación me había dado muy poco tiempo para asimilar la situación, pues según sus fuentes, hoy mismo los Lombardi planeaban interceptarme y hacerme la propuesta.
Una propuesta que, de ser rechazada, me dejaría solo dos opciones claras: una bala en medio de la frente o secuestrada en un sótano, obligada a hacer todo lo que ellos pidieran mientras tenían a mi familia bajo amenaza.
Genuinamente, no tenía más remedio que aceptar el trato de la Federación, que al menos parecía alineado con la legalidad y me ofrecía algo de protección.
—¿En qué carajos me he metido? — digo en voz alta para mí misma, consternada al mirarme en el espejo de la ducha.
Se supone que hoy me dirán como actuar, que decir, a quien mirar, a quien no.
Soy como una muñeca recién vestida que ha sido programada para un solo objetivo: cumplirle a un mafioso su capricho de una dote millonaria, y terminar entregándolo con pruebas a la Federación Anti-Drogas.
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Editado: 08.02.2026