Dote de Sangre

Capítulo III

Capítulo III

Fucked my way up to the top

La humedad de la habitación era fácilmente una de las cosas más terribles que había vivido a mi corta edad, lo cual es ser generosa si tomamos en cuenta que me habían obligado a inhalar una especie de cloroformo para dormirme y lastimarme hace aproximadamente una hora.

Nunca fui buena alumna en Toxicología Forense, sin embargo, podía recordar con exactitud al profesor más insoportable de la carrera repetir una y otra vez que el efecto del cloroformo para causar inconsciencia no duraría nunca –jamás- más de una hora, así que, asumo no tengo mucho tiempo encerrada en este lugar, o debieron haber utilizado algún sedante extra.

“Qué carajos”, murmuro al mirar a mi alrededor. Casi no lograba respirar del calor y la sensación de ahogo que me ocasionaba este sitio. Era como si se encontrase enterrado a muchos metros bajo tierra y no le hicieran llegar ningún tipo de oxígeno.

Por otro lado, todas las paredes parecían estar talladas con lo que lucían como “líneas” variadas, tal cual como en las películas de terror, pero lo más escalofriante es que eran más de cien los que decoraban ese intento de pared, ¿contaban días o contaban personas?

Supongo que nunca lo sabré.

—¿Disfrutaste el viaje, zorrita? —una voz perturbadora irrumpe en la habitación, tomándome por completo de sorpresa.

Un hombre de rostro pálido, nariz afilada y ojos oscuros me mira fijamente. Probablemente sea el hombre con más carencia de alma que he visto, pues su mirada parece perdida en pensamientos oscuros de odio reprimido. Eran como ojos sin vida dentro de un cuerpo que se movía solamente por inercia.

—No soy Nicolette Bianchi.

Me he adelantado a confirmarles lo que de seguro sospechan, ahora que me ven más cerca. Quizás mi torpe afirmación ha sido innecesaria y ellos realmente saben quién soy, pero debo hacer hasta lo imposible para zafarme de esta.

Me pregunto si de casualidad son parte del cartel de los Lombardi o si tan solo han trabajado por su parte y piensan que se encuentran haciendo una hazaña histórica entre mafiosos.

—Estúpida. —susurra. —Siempre quieres verle la cara de estúpidos a todos. Puta malcriada.

Intento mantenerme fuerte y serena, pero en cuestión de segundos el hombre de nariz afilada se acerca silenciosamente hacia mi cuerpo; tanto que, si no estuviese viéndolo con mis propios ojos, no sentiría sus pasos, pues se arrastra como si se tratase de un fantasma o de un ser humano levitante.

—Todo este tiempo siguiéndote y jamás pensé que olerías a vainilla barata, que curioso.

Intento no sentirme ofendida por el insulto de un matón, sin embargo, claramente me ha lastimado lo del perfume y me ha alterado el hecho de que tiene “tanto tiempo” siguiéndome, ¿es que acaso he tenido un montón de acosadores y agentes persiguiéndome y jamás lo he notado? ¿Cómo es que he sido tan descuidada?

—No creo que tu mujer huela mejor. —le respondo en automático.

Ningún secuestrador de pacotilla me iba a humillar, eso sí que no.

—¿Alguna vez te han follado duro y por detrás? —me dice sonriendo. —Quizás así aprendas a respetar un poco a los caballeros que te brindan asilo.

El inhala mi aroma de manera molesta y ruidosa. Exagera cada expresión para incomodarme, como si oliera mi miedo y le divirtiera tenerme en esa situación.

Mis ojos se humedecen y se abren como platos tras escuchar la vulgaridad de sus palabras. No permitiré que me vean llorar, por lo que guardo silencio ante su amenaza; mientras siento como mi pecho da un ligero pinchazo que podría ser un infarto.

Intento ignorar que este hombre desagradable está insinuando que va a violarme de la peor manera que pueden violar a alguien, por lo que mantengo la cabeza en alto y emito una ligera carcajada.

Ya he pasado por esto antes y he salido “victoriosa”, claro que victoriosa si ignoramos todos los traumas que me dejó.

—¿Tan chico lo tienes? —digo en el tono más burlón con el que alcanzo a emitir palabra, pues no puedo negar que me encuentro cagada de miedo. —Todos los violadores lo tienen chico, por eso nadie quiere hacerlo con ustedes.

En Psicología Criminal siempre nos dejaron claro una cosa: el violador disfruta el miedo, no la soberbia y la valentía.

Sin embargo, a mi secuestrador no parece haberle bajado la hombría mi comentario, pues la palma de su mano se estrella como púas sobre mi mejilla antes de que pueda interpretar lo que he dicho.

—Lamentablemente no nos sirves de nada cogida. —dice frente a mi rostro, obligándome a percibir su aliento a cigarrillo con comida. —El maricón de los Lombardi es particularmente exigente con las mierdas que son las mujeres, especialmente las zorras como tú.

El aliento del hombre de nariz puntiaguda era fácilmente de los más asquerosos que podía imaginar, lo que me obliga a pensar una estupidez tal como que jamás sería dentista.

Es genuinamente curioso lo que pensamos cuando estamos cerca de la muerte.

—¿Qué carajos quieren?

La curiosidad me carcome por completo, y aunque probablemente esté muerta en un par de horas, me causa intriga genuina entender por qué secuestrarme un día después de que la Federación me interceptó, y aún más curioso…




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