Dr. Klein

PRÓLOGO

PRÓLOGO.

MILÁN.

Un año antes…

Llego antes que ella porque últimamente en casa no sé qué hacer conmigo mismo. No hago otra cosa que dar vueltas sin sentido, nervioso, así que he cogido las llaves casi por inercia y he salido. Sentarme aquí, aunque sea solo, me parece mejor que seguir caminando de un lado a otro con la cabeza llena de pensamientos que no consigo ordenar.

El restaurante está medio vacío. Pido vino sin mirar la carta y el camarero no me pregunta nada más. Mejor así. No he venido a disfrutar de la cena ni a alargar la noche; he venido porque Dona me ha escrito al fin para quedar para vernos y, después de cómo han sido estas últimas semanas, imagino que eso significa algo. O necesito al menos creer que es así, que ella necesita verme tanto como la necesito yo.

Cuando entra, mis ojos se posan automáticamente en ella, la veo enseguida. No tengo que buscarla. Va más arreglada de lo habitual para ser una cena entre semana, y ese detalle sin saber por qué, me incomoda, es como si algo no terminara de encajar.

Cuando me ve, no sonríe, pero tampoco parece molesta. Se sienta frente a mí y deja el bolso en la silla de al lado con cuidado, demasiado cuidado.

—Hola —dice.

—Hola.

No se acerca para darme un beso y, en vez de una sonrisa, me encuentro con algo parecido a una mueca. No es un gesto brusco, ni siquiera evidente, pero lo suficiente como para darme cuenta de que algo ha cambiado. Me mira distinto. Y duele más precisamente por eso. Aun así, hago como si no lo notara.

Pedimos el mismo plato de pasta, casi por inercia, como si repetirlo pudiera sostener lo poco que queda intacto. Durante unos minutos hablamos de cosas que no tienen nada que ver con nosotros. Del hospital, de gente conocida, de temas neutros, de esos que no exigen remover lo que pasó.

Yo le sigo el ritmo. Sonrío cuando toca y asiento cuando hace falta. No quiero tensar nada. Llevo semanas diciéndome que las cosas no se arreglan de golpe, que quizá necesita calma… que tal vez así, avanzando despacio, todavía podamos salvar algo.

Aunque sea solo un paso.

Aunque duela ser siempre yo la que espera.

Pero algo no encaja. Dona apenas me mira. Juega con la copa, con el mantel, con cualquier cosa y posa sus ojos en todo lo que no sea yo. Esa sensación empieza a apretarme en el pecho sin darme cuenta.

—Te noto más tranquila —le digo.

—Lo estoy. Supongo que es porque he estado pensando mucho —responde.

Ahí algo se me cae por dentro. No de golpe, pero sí lo suficiente como para saber que esto no va para donde yo esperaba.

Deja la copa sobre la mesa despacio y, cuando levanta la vista, me mira de una forma distinta, como si ya hubiera tomado una decisión y yo solo fuera el trámite final.

—Milán, no he quedado contigo para seguir alargando esto —dice—. He quedado contigo porque, no puedo seguir así. Ni quiero seguir contigo.

El corazón me da un golpe seco. Me quedo en silencio un instante, tratando de asimilar sus palabras y todo lo que había construido en mi cabeza antes de venir.

—¿Entonces para qué hemos quedado? —pregunto, aunque noto que la voz se me entrecorta.

—Porque quería decírtelo a la cara Milán —responde—. No quiero seguir contigo y no quería decirlo por mensaje, o en una llamada.

Me cuesta reaccionar. No porque no lo entienda, sino porque no era lo que yo esperaba.

—Yo pensaba que estábamos avanzando —digo al final, casi con cuidado.

—Sí. Estamos más calmados, llevamos semanas sin discutir —contesta—, pero eso no es avanzar. Solo es acostumbrarse a algo que, claramente no funciona.

Me apoyo un poco en la mesa. No porque quiera, sino porque siento ese dolor tan conocido últimamente en el pecho de la ansiedad, ese dolor que aparece cuando intuyes que da igual lo que digas.

—He intentado arreglarlo —le digo—. No he dejado de hacerlo.

—Ya lo sé —responde—. Pero no ha sido suficiente.

—Yo… He sido sincero contigo desde el primer momento.

—También lo sé —dice—. Y aun así no confío en ti.

La frase me atraviesa el corazón como una maldita flecha. No es rabia lo que siento, es algo más parecido a incredulidad, como si estuviéramos hablando de dos cosas distintas.

—Dona, solo entré en la consulta y ella… Lo que pasó fue inesperado, y te lo conté yo —le recuerdo—. No esperé a que nadie dijera nada. No quise que hubiera malentendidos ni rumores.

—Y aun así —dice—, desde ese momento no he vuelto a verte igual.

—Pero yo no hice nada y lo sabes.

—No hablo solo del beso —continúa—. Hablo de todo lo que se ha removido en mí. He callado tanto tiempo…

Trago saliva.

—Explícamelo Dona porque no lo entiendo.

Suspira, como si llevara tiempo ensayando su discurso.

—Me he dado cuenta de que nunca he sido tu prioridad, que siempre ha habido algo o alguien por delante de mí. Tu familia, el hospital, tu trabajo, la gente que te rodea. Siempre tan cercano, tan accesible… y yo intentando encontrar mi sitio a tu alrededor.

—Eso no es verdad —digo, aunque empiezo a dudar de si sirve decirlo.

—Sí lo es —responde—. Y lo confirmé el día que nombraron a Clarisa como la nueva jefa de zona y ni siquiera se te pasó por la cabeza que pudiera ser yo. Ahí entendí que, cuando hay que elegir, nunca me eliges a mí.

El golpe es directo. Siento cómo algo se me aprieta en la garganta.

—Clarisa merecía ese puesto, tiene más de quince años de experiencia. Una cosa no quita la otra —consigo decir—. Nuestra relación no depende de un cargo.

—Para ti está claro que no —dice—. Pero para mí sí. Porque ese cargo significaba sentir que estabas de mi lado también delante de los demás. En cambio, apoyaste su ascenso.

—Eso es trabajo, tenía que ser objetivo. No tiene nada que ver con el amor.

—Eso es respeto —responde—. Y yo nunca me he sentido respetada como necesitaba.

Me quedo callado. Hay frases que no sabes cómo responder sin que parezca que te estás defendiendo de algo que no entiendes.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.