CAPÍTULO 1.
MILÁN.
Salgo de quirófano con la misma sensación que no me ha abandonado en estos últimos meses. Me siento como si hubiera corrido durante todo el día, pero sin llegar a ningún lugar. Camino despacio por el pasillo, hacia ningún lugar en concreto, necesito relajarme. Hace horas que he perdido la noción del tiempo, y cuando eso pasa sé que voy a terminar agotado física y mentalmente.
Al llegar a la sala de médicos y cierro la puerta detrás de mí. En estos momentos siento que me muevo por inercia, como si mi yo interno fuera un robot: sentarme, inclinarme hacia delante, apoyar los codos en las rodillas y respirar un segundo sin que nadie esté delante. No sirve de mucho, pero prefiero hacer esto a seguir fingiendo que todo va bien cuando sé perfectamente que no lo está.
Intento no pensar, pero últimamente en cuanto dejo la mente quieta, aparecen esos recuerdos que no quiero que estén. Quiero olvidar todo de una vez, pero nada funciona, todo se repite en bucle. Vuelve ese maldito día, y me hace revivir el beso que yo no busqué.
Esa chica me agarró completamente desprevenido y sin venir a cuento, me besó. Fue durante un segundo, un segundo en que la impresión me bloqueó y ese segundo absurdo que lo cambió todo.
Me recuerdo a mí mismo apartándola inmediatamente, diciendo que no, que no quería eso, que no entendía qué estaba haciendo. Margot mi asistente durante dos años se disculpaba entre lágrimas…
Y después, la entrada de Dona, la conversación con ella.
Mi explicación sincera.
Su cara.
Su silencio.
Y como veía palabra a palabra, como la desconfianza iba instalándose en su corazón con cada una de ellas.
Y por supuesto, el final, nuestro final.
La puerta de la sala se abre, y aunque no levanto la cabeza enseguida, sé quién es.
—Otra vez tienes esa cara —dice mi pequeña Annie, sin ni siquiera saludar. —Levanto la vista.
—¿Qué cara?
—La de “si alguien se atreve a hablarme en los próximos minutos, me voy del hospital”.
Se deja caer en la silla de enfrente, con el pelo recogido de cualquier manera y las manos apoyadas en el regazo. Tiene ojeras, pero conserva esa chispa tan parecida a la de mi madre que nunca pierde.
—¿Has comido? —pregunta.
—No me acuerdo.
—Entonces es no. —Suspira—. Milán, tienes que cuidarte un poco.
—Estoy bien —miento.
—Claro —responde con ironía—. Te veo estupendo Milán.
Me recuesto un poco, pero no sirve de nada. El cansancio va más allá del físico, y ella lo sabe. Lo sabe desde hace meses.
—Papá quiere vernos mañana temprano—dice—. En su despacho.
—¿Para qué?
—No lo sé, pero tenía esa mirada de “es urgente”, así que tú sabrás. Eres el jefe de cardiología y el subdirector.
Pongo los ojos en blanco. Annie sonríe porque sabe exactamente lo que pienso de esas reuniones sorpresa del señor Axel Klein.
—Otra cosa —añade, como si fuera un dato menor—. Mañana llega una cardióloga nueva, que al fin a contratado papá. Ya es hora de que vuelvas a tener un compañero, no puedes llevarlo todo tú solo. Parece ser que es de las mejores, aunque se escuchan algunos rumores sobre ella que prefiero no contar. —No contesto, solo niego y ruedo los ojos, porque Anne sí es chismosa, pero lo es en el buen sentido—. He oído que se llama Aurora Bianchi.
—Sí, escuché su nombre hace unos días en una reunión —respondo sin mostrar interés.
—Papá está bastante encima del tema. Dice que tiene un buen perfil, que su curriculum es impresionante y que puede ayudar mucho en el tema de arritmias. La tía Katrin también habrá revisado su historial a fondo, así que si está aquí, algo tendrá.
Asiento despacio. No tengo energía para entusiasmarme con nada, pero tampoco voy a quejarme por recibir ayuda. Mi tía Katrin es jefa en cirugía y alguna vez me ayuda… Pero, desde que Dona se fue, tengo doble carga de pacientes. Ella la compartía conmigo. Ahora estoy al límite y necesito a alguien que esté a la altura.
—¿La conoces? —pregunto.
—Para nada —dice Annie encogiéndose de hombros—. No tengo ni idea de cómo es. Solo sé lo del informe. Ya veremos cómo encaja en el equipo.
Eso sí me cuadra. Annie no es de esas que te venden a alguien sin saber nada.
—Bueno… —continúa—. Siempre viene bien gente nueva. A veces te obliga a moverte un poco más, a salir de la zona de confort, aunque sea en lo profesional.
—Sí, supongo —respondo.
—Y si resulta que es insoportable, pues nada —dice con toda la naturalidad del mundo—. No sería la primera ni la última. —Eso me saca una risa, corta pero real.
—A mí solo me interesa que trabaje bien —respondo.
—Eso es lo más importante —asiente ella—. Pero, si es bonita, mejor. —Annie se inclina hacia delante, apoya los antebrazos en la mesa y me mira cálida. —Milán… —empieza en ese tono condescendiente que anuncia la antesala de una conversación que no quiero tener—. Sé que lo que pasó con Dona te dejó tocado…
—No quiero hablar de eso.
—Ya lo sé, y no te voy a obligar a hacerlo. —Hace una pausa—. Pero sí quiero recordarte algo: no todas en el mundo son como ella. —Aprieto la mandíbula, no porque no tenga razón en lo que dice, sino porque odio sentir que aún me afecta de esta forma.
—No estoy comparando a nadie en particular—continúa—. Solo digo que no te encierres. No más de lo que ya lo haces.
—No me encierro, solo estoy trabajando, Annie. Nada más.
—Sí, pero tú y yo sabemos que eso es solo una parte. La otra parte… —me señala con un dedo— es que desde que se fue, no te permites sentir nada. Ni bueno ni malo. Y no has vuelto a ser tú.
No respondo, pero no hace falta. Ella suspira y se levanta.
—Hermanito, solo quiero que estés bien —dice más suave—. No digo que tengas que abrirle la puerta de tu corazón a nadie ahora, pero tampoco la cierres con llave.
Antes de irse, me aprieta levemente el hombro. Es un gesto que usa desde que somos niños y que siempre consigue romperme un poco la coraza.
#341 en Novela romántica
#154 en Chick lit
doctor y desamor, nueva y bella doctora, corazón roto que sana
Editado: 08.01.2026