Dr. Klein

CAPÍTULO 2.

CAPÍTULO 2.

AURORA.

Llego al Hospital Klein Central diez minutos antes de lo previsto, lo cual para mí se podría decir que es casi un milagro. Normalmente, calculo el tiempo para llegar puntual calculando posibles imprevistos y llegar a la hora prevista. Soy alguien a quien le gusta aprovechar bien el día. Pero hoy no quería entrar justo a la hora acordada, no quiero dar mala impresión en mi primer día, así que he llegado diez minutos antes. Aunque, siendo sincera, tampoco sé qué tipo de impresión es la que quiero dar. No conozco a nadie aquí y, aun así, siento esa presión tonta de querer hacerlo todo bien desde el minuto uno, como cuando era interina en Florencia.

Me quedo unos segundos frente a la entrada observando el gran letrero azul luminoso del hospital y el movimiento de la gente que entra y sale.

Roma es una ciudad que despierta temprano, pero este hospital parece que no duerme nunca. Respiro hondo. Estoy nerviosa, aunque no lo parezca por fuera. Desde siempre me pasa cuando empiezo en un sitio nuevo, pero intento que no se note.

Cuando cruzo la puerta principal, un vigilante me saluda amablemente. Le devuelvo la sonrisa por educación y me dirijo a recepción para anunciarme. La chica que está allí hojea unos papeles antes de mirarme y sonreír amablemente.

—¿Es usted la doctora Aurora Bianchi?

—Sí, esa soy yo —le devuelvo la sonrisa.

—Perfecto, bienvenida al hospital central. El doctor Axel Klein pidió que la acompañaran a su despacho en cuanto llegara, si me disculpa voy a llamar a alguien para que la acompañe.

—Claro, muchas gracias.

Me sorprendo un poco. Pensaba que me recibiría algún coordinador del hospital o alguien de recursos humanos, no el mismísimo Axel Klein. Sé quién es, supongo que todo el mundo en Italia y fuera de ella sabe quién es. Y aunque no me intimidan las jerarquías… o por lo menos ya no, él es una referencia para mí, y no quiero quedar como una idiota delante de él.

Un celador se acerca y me indica que lo siga. Mientras caminamos, intento memorizar la ruta, pero es imposible. Este hospital es enorme, parece un laberinto de pasillos idénticos. Ya me veo perdiéndome al menos cien veces esta semana. El celador parece leerme la mente.

—No se preocupe, doctora —dice sin mirarme—. A todos nos pasa al principio.

—Menos mal —respondo, relajando los hombros—. Ya me veía caminando en círculos.

—Lo hará —sonríe—. Pero verá que conocerá todo rápido y de que se dé cuenta caminará por inercia.

Cuando llegamos al ascensor, noto un cosquilleo en el estómago. No por el trabajo, sino por lo desconocido. Me pasó cuando empecé en Verona y tengo la misma sensación aquí: esa mezcla de ilusión y miedo que no sé muy bien cómo disimular.

Subimos a la planta directiva y el celador me deja frente a la puerta del despacho. Golpeo suavemente y enseguida escucho un “pase” grave.

Al entrar me sorprendo. El despacho del doctor Axel Klein es amplio pero sin pretensiones. Y lo que también impresiona es él. Rubio, alto, postura impecable, mirada seria pero no fría. Tiene ese tipo de presencia que intimida sin necesidad de levantar la voz.

—Doctora Bianchi —saluda, ofreciéndome la mano—. Bienvenida a Roma y a mi hospital.

—Gracias, doctor Klein. Es un honor estar aquí —y se lo digo en serio. Este hospital tiene fama internacional. —Estar dentro es una oportunidad enorme para mí.

—Siéntese, por favor —indica.

Obedezco, intentando no parecer demasiado rígida. Él se sienta enfrente.

—He leído su historial —comienza—. Y debo decir que sus recomendaciones son excelentes. Especialmente la del profesor Gorietti.

—He aprendido mucho con él —respondo—. Le agradezco que me haya tenido en cuenta.

—La he tenido muy en cuenta —asiente—. Aquí valoramos la calidad, doctora. No los nombres.

Eso me gusta y mucho. Estoy cansada de hospitales donde lo único que importa es quién es hijo de quién. Si no fuese por un apellido, nada en mi vida hubiera cambiado.

—He decidido asignarla como subjefe en arritmias ya que hay varios casos complejos, trabajará junto a uno de nuestros jefes de planta —continúa—. Hoy se lo presentaré, aunque quizá ya haya oído su nombre, Milán Klein.

Mi corazón da un pequeño brinco involuntario. Es su hijo. No sé por qué me afecta, quizá porque hasta ahora todo había sido impersonal, pensé que aquí sería diferente, que podría decidir y de pronto aparece un nombre… y se apellida Klein.

—No conozco a su hijo —respondo con honestidad—, pero he leído algunos artículos sobre él.

—Es muy competente —dice Axel—. Y también es muy exigente. Con él tendrá mucho trabajo, pero aprenderá. Y espero que él también aprenda mucho de usted, si todo va como esperamos. —Asiento.

Agradezco que no lo pinte como alguien perfecto. Nadie lo es.

—Quiero que empiece hoy mismo —añade—. Annie, mi hija, vendrá a buscarla para enseñarle el hospital.

Pulsa un botón del teléfono y apenas dos minutos después, la puerta se abre y aparece una mujer joven, con una bata blanca y una sonrisa amable que no parece fingida.

—Doctora Bianchi, ella es Annie Klein —dice Axel.

—Encantada —respondo.

—Igualmente —dice Annie, con una energía muy distinta a la del padre—. ¿Puedo tutearte? —asiento —Ven, te enseño dónde vas a trabajar. Y luego te presento a medio hospital, aunque no quieras. Necesitas conocer a la gente con la que vas a tratar.

Axel sonríe y se despide con un gesto mientras salimos. Cuando estamos fuera del despacho, Annie suspira exageradamente.

—¿Sabes una cosa? —me dice bajando la voz mientras caminamos—. Si has sobrevivido a ese despacho sin sudar, ya estás aprobada. —Me río sin querer.

—¿Siempre es tan serio?

—Con la familia no, pero con los demás sí —asiente—. Si lo vieras frente a mi madre, parece un corderito, nada que ver con como es en el hospital. Pero es un buen hombre. Aunque tiene esa forma de mirar que te hace sentir que te examina cada segundo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.