Dr. Klein

CAPÍTULO 3.

CAPÍTULO 3.

AURORA.

Efectivamente es Milán Klein.

Está sentado al fondo de la sala, parecía concentrado revisando unos documentos. No lo había visto en foto y no sabía qué esperar, pero desde luego no esperaba esto. No tiene ese aire de médico altivo que tantas veces he visto. No parece alguien arrogante, ni tampoco de esos que te miran por encima del hombro. Es… serio. Tal vez sea porque está cansado.

Levanta la vista, y cuando clava sus ojos en mí, por un segundo me quedo en blanco. No porque sea guapo —que lo es, y mucho—, sino porque hay algo en su mirada que me descoloca. Algo que no consigo descifrar del todo. No es cansancio acumulado, es algo más.

—Milán —dice Annie—, ella es Aurora Bianchi.

Él se pone de pie, dejando ver su imponente cuerpo y altura.

—Doctora Bianchi —me saluda—. Bienvenida.

—Gracias —respondo intentando que no se note mi nerviosismo—. Es un placer estar aquí.

Nos miramos apenas un segundo más de lo normal. Y eso es lo peor: que lo noto, la conexión es inmediata. No tendría que pasarme esto, es el primer día, ni siquiera lo conozco y aun así algo mi me dice que nos llevaremos bien. Supongo que algo en mí reconoce esa expresión de cansancio extremo. Se parece a la que yo tenía un par de meses atrás, pero en él parece que ha calado más hondo.

Annie da un par de palmadas, como si quisiera romper el silencio.

—Vale, os dejo —dice con una sonrisa—. Tengo que volver a mi mundo de embarazadas con carácter. Aurora, en cuanto acabéis, que Milán me llame y te busco.

—Gracias —le digo.

Cuando Annie se va, el ambiente cambia, no sé cómo explicarlo, pero cambia. Milán señala una silla para que tome asiento.

—Siéntate, por favor. Esto no va a ser un interrogatorio, solo una pequeña presentación —dice, y suena tranquilo, casi normal.

Me siento y él vuelve a sentarse también. Se pasa una mano por la cara, como si estuviera igual de cansado que suelo estar yo, o más.

—¿Has tenido tiempo de instalarte en Roma? —pregunta, mirando una hoja como si intentara recordar que está trabajando.

—A medias. Llegué ayer por la tarde. Hasta ahora solo he aprendido el camino del apartamento al hospital y ya —confieso.

Él suelta una pequeña risa. No es nada exagerada, es como si se le escapara sin querer.

—Es normal, poco a poco te irás adaptando.

Me sorprende lo fácil que es hablar con él. No sé por qué; yo esperaba alguien más rígido.

—Mi padre me ha dicho que te han asignado arritmias y casos complejos conmigo —continúa—. Así que, para empezar, quiero que hoy solo observes. No me interesa que corras el primer día, prefiero que observes los protocolos.

—Gracias —respondo, y lo digo de verdad—. Prefiero entender cómo trabajáis antes de meterme en medio.

Él asiente, serio otra vez.

—Aquí se trabaja mucho y rápido, a veces creo que incluso es demasiado estresante. Pero si algo no te convence, sea lo que sea, en algún momento lo dices. No me gustan los silencios y menos en medicina.

La frase me gusta y, a la vez, me deja un poco incómoda, porque es justo lo contrario de mí: yo callo demasiado.

—De acuerdo —digo. Él mira la hora y se levanta.

—Ven, te voy a enseñar la zona en la que vamos a trabajar, debo dejar las pautas a la jefa de enfermería. Y si te dejo ir sola y te pierdes, Annie me mata.

—Eso sería un problema —bromeo.

Él vuelve a sonreír, un poco.

—Lo sería, sí.

Salimos de la sala juntos y caminamos por el pasillo. Intento centrarme en lo que me va diciendo, pero no puedo evitar fijarme en él más de lo normal. En sus silencios, en esa forma suya de moverse como si llevara una carga que le pesa demasiado. Por desgracia, es algo que conozco demasiado bien y eso es lo que me descoloca.

Y la parte más absurda de todo es que aunque parece que su cansancio es debido a su profesionalidad, no carga una tensión agresiva. Es más como… una tristeza bien guardada y no sé si eso me da miedo… O incrementa mis ganas de acercarme más.

Nos miramos apenas un segundo más de lo normal, pero es suficiente para que de nuevo sienta una empatía inesperada hacia mi compañero, algo extraño para ser mi primer día.

Milán se detiene frente a una puerta abierta y hace un gesto con la cabeza hacia dentro.

—Ella es Aurora Bianchi —dice—. Se incorpora hoy al equipo.

Dentro hay una mujer de unos cincuenta años, con expresión amable y una sonrisa sincera.

—Encantada —dice enseguida—. Soy Clarisa, la encargada de esta planta. Para lo que necesites aquí estoy.

—Igualmente —respondo.

—Si necesitas cualquier cosa, preguntas por mí —añade—. Y que no te dé vergüenza, que todos hemos pasado por el primer día.

Asiento, agradecida. Milán intercambia un par de palabras más con ella, rápidas, y seguimos caminando. No hay ceremonia ni demasiadas presentaciones, lo cual agradezco.

Avanzamos un poco más por el pasillo y se detiene frente a otra puerta, esta vez cerrada. Saca una tarjeta del bolsillo y la pasa por el lector.

—Este será tu consultorio —dice mientras abre.

Entro detrás de él. Es sencillo, con una mesa, dos sillas, un ordenador y una camilla al fondo. Nada especial, pero limpio y tranquilo.

—Por ahora es provisional —añade—. Cuando te asientes un poco, ya veremos donde te colocamos.

—Está perfecto así —respondo.

Dejo el bolso sobre la silla y miro alrededor. Resulta extraño cómo un sitio vacío puede empezar a sentirse propio tan rápido.

—Te dejo unos minutos para que te instales mientras busco a Judith que seguramente está en urgencias. Ella es la enfermera jefe de cardiología —dice—. Luego pasamos por la planta y te la presento.

—De acuerdo.

Se queda un segundo más en la puerta, como si fuera a decir algo, pero al final solo asiente.

—Cualquier cosa —me entrega una tarjeta de visita con su nombre —me avisas.

—Gracias, Milán.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.