Dr. Klein

CAPÍTULO 4.

CAPÍTULO 4

MILÁN

Mi padre me pregunta por el hospital como si no supiera nada. Como si no fuera él quien dirigiera la mitad de todo lo que pasa allí dentro. No lo hace nunca, pero cuando pregunta, sé que no está preguntando por el hospital; está preguntando por mí, o mejor dicho, por cómo me he adaptado a mi nueva compañera.

Apoyo el antebrazo en la mesa mientras corto la comida sin ganas. Papá me observa dos segundos más de lo normal y sé lo que viene incluso antes de que abra la boca.

—Estás diferente, hijo —dice—. Y no en el buen sentido. Tienes mala cara.

Levanto la vista.

—No es para tanto, pero gracias por la observación.

—De nada —responde—. Para eso estoy. ¿Puedo saber qué te pasa?

—No es nada, solo estoy cansado.

Anne ladea la cabeza, incrédula.

—Cansado ya estabas antes y no ibas por ahí con cara de querer morder a alguien. Cada vez estás más gruñón.

—Qué exagerada eres.

—Milán, te conozco lo suficiente como para saber cuándo algo no va bien —replica—. Cada vez eres menos tú.

Suspiro sin responder.

—Solo estamos diciendo lo que vemos, cariño —interviene mi madre con suavidad—. No tienes buena cara.

—Pues lo que veis no es nada nuevo —respondo—. Trabajo más de doce horas al día, ¿qué cara se supone que tenga?

Llevo un año pensando en qué es lo que está mal en mí, si realmente soy tan egoísta como Dona insinuó. El trabajo es lo único que borra un poco este sentimiento de culpa que me come. Siento que fallé y no puedo hacer nada para detener ese pensamiento, a sabiendas de que mi lado racional dice que no lo hice, que solo fue una excusa para alejarse de mí.

—No es el trabajo, Milán, lo sabes perfectamente —comenta molesto, dejando el tenedor de un golpe sobre la mesa—. Es tu forma de estar, parece que estás más muerto que vivo.

—Exactamente. Siempre has sido un poco aburrido… pero llevas unos meses que te superas —Annie quita hierro al asunto sacándome la lengua, y mi padre vuelve a tomar el tenedor.

—Quiero decir que estás distante, aunque no te des cuenta. Supongo que finges que todo te da igual y, en realidad, tanto tú como nosotros sabemos que no es así. Sabes que el equipo de Priscila puede ayudarte. Ir a terapia no…

—No finjo nada —lo corto.

—Claro que no —se entromete Anne—. Tú nunca finges —rueda los ojos—, pero te voy a contar algo que parece que no sabes, hermanito: para nosotros eres un libro abierto. Y si te abordamos de esta forma es porque te queremos mucho.

Abre los brazos a su máximo posible, ríe y me lanza besos desde su lugar, calmando la tensión del momento.

—Deja de hacer tonterías y come, enana.

Ella sonríe, satisfecha, porque sabe que eso es casi un gesto de cariño.

Cuando mi hermana deja de reír, mi padre cambia ligeramente el rumbo de la conversación.

—La tía Katrin me ha dicho que está contenta con la nueva cardióloga. Dice que se ha adaptado y se mueve bien.

—La doctora Bianchi trabaja bien —corroboro casi sin pensar.

Annie me señala con el tenedor, divertida.

—A todos los describes igual. “Trabaja bien”. ¿Eso lo decías también cuando te preguntaban por mí?

—En tu caso decía “habla demasiado”.

—Y aun así me quieres.

—A veces.

—Mentira —dice—. Me amas mucho, mucho.

Mamá sonríe, pero enseguida vuelve a mirarme.

—Milán…

Ya sé lo que viene.

—Sabes que no pasa nada por decir que no estás bien.

No contesto, porque si lo hago sale el tema de Dona de nuevo y no quiero.

—Aquí no tienes que hacerte el fuerte —Annie baja un poco el tono—. Ya lo haces fuera…

—Precisamente es eso. Necesito que me deis un respiro —respondo sin pensar, y nada más decirlo, los tres me miran atentamente.

—Vale. Eso suena a pequeña confesión —me sonríe mamá, victoriosa.

—No quiero hablar de lo de siempre —digo—. Ya lo sabéis.

Papá no esquiva la palabra.

—¿A lo de siempre te refieres a lo que pasó con la ingrata de Dona, no?

—Papá… —Annie se tensa al instante.

—No pasa nada por decirlo —añade él—. No en esta casa y menos con su familia. Esa chica nunca nos gustó.

Las imágenes vuelven. No el principio de mi relación, sino todo lo que vino después.

Cuando Dona me empezó a mirar distinto. Cuando yo le explicaba que fue mi culpa y ella decía que me escuchaba, pero no lo hacía de verdad. En cómo se las apañaba para que cada frase mía se volviese en mi contra cada vez.

—No tuve la culpa —se me escapa, más bajo.

—Lo sabemos —Annie deja el tenedor—. Y si pudiera, se lo repetiría yo a esa estúpida cada mañana.

—Annie… —murmura mamá.

—¿Qué? —responde—. Es la verdad. Milán fue, durante tres años, un novio ejemplar y, en el primer bache que se les presenta —me mira a los ojos—, porque repito que no fue un fallo, lo dejó en la estacada sin mirar atrás.

Sus palabras me rompen un poco más. No porque me hagan daño a estas alturas, sino porque es la verdad.

—Nunca dudamos de ti —me asegura papá—. Y si ella no te creyó, es que no te quería lo suficiente. No merece…

—Pues entonces, si lo tenéis claro, ya está —contesto alzando un poco la voz para acabar con el tema—. No quiero seguir dándole vueltas a lo mismo.

—No está —Annie niega despacio—. No puedes decir “ya está”. Porque tú sigues como si sí.

—Axel, Anne… Ha sido suficiente por hoy —los frena mamá para que esto no acabe en una discusión.

Me quedo en silencio.

—Y porque cuando algo te afecta de verdad —añade—, te vuelves más insoportable de lo que eres, que ya es decir.

Se levanta, se acerca a mi silla y me abraza desde atrás.

—Gracias otra vez.

Consigue hacerme reír.

—De nada —guiña un ojo y besa mi mejilla.

—No te estamos atacando —dice papá y suspira—. Nos preocupas.

—Estoy bien.

—No —corrige—. Estás tirando, sobreviviendo, que es distinto.

—Siempre haces lo mismo —mamá le da la razón—. Este último año funcionas automáticamente, trabajas durante horas y no tienes vida, hijo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.