CAPÍTULO 5.
AURORA.
El día se me ha hecho muy largo.
No es que haya pasado nada especial, sino que todos los pacientes son nuevos y eso exige que ponga toda mi atención. En el hospital sigo siendo la nueva, aunque mis compañeros ya no me miran con la misma curiosidad con la que lo hacían el primer día.
Ya empiezo a conocer la mayoría de sus nombres, sus caras y también su forma de trabajar. Aun así, llego a casa con la cabeza que parece que me va a explotar.
Nada más entrar al que ahora es mi edificio, veo a la misma chica que conocí hace unos días en el rellano.
Se ve alguien agradable, cuando me vio, sonrió, y se presentó diciendo «Hola, soy la dueña del apartamento 3C, supongo que tú eres la del 3A. Estamos en la misma planta» y no pudo decir más por qué su teléfono empezó a sonar insistentemente y nada más responder salió corriendo para no perder el ascensor.
—Hola —me dice dejando unas bolsas que parecen pesadas en el suelo. Viene del mercado —. ¿Qué tal hoy?
—Ha sido un día largo —respondo—. Supongo que lo normal.
—A eso se le llama rutina —dice—. Cuando los días son largos, pero normales, es que todo va como tiene que ir.
—Supongo que sí.
—¿Sigues adaptándote o ya sientes que estás más ubicada?
—Un poco más —contesto—. Todavía hay cosas que me cuestan, pero ya no voy tan perdida.
—Eso se nota —dice—. Ya no tienes cara de estar preguntándote dónde te has metido.
—¿No?, ¿seguro? —pregunto, y se ríe.
—Yo soy Giulia, por cierto. El otro día, cuando nos cruzamos, todo fue demasiado rápido. Te habría invitado a un café, pero tenía mucha prisa. Soy reportera del programa de televisión «Roma Esencial Élite».
—Sin problema. Yo soy Aurora y soy cardióloga en el «Central Klein».
—Eso es genial, una doctora en el edificio —sonríe—. ¿Has venido sola a Roma o tienes familia aquí?
—He venido sola, mi familia está en Florencia.
—Pues eso tiene mérito —dice—. No todo el mundo se atreve a cambiar de lugar así.
—A veces uno no lo hace por valentía, sino más bien por necesidad.
—Entiendo…
—¿Y tú? —pregunto—. ¿Llevas mucho tiempo aquí?
—Toda la vida, yo soy de aquí —responde orgullosa—. Y también vivo sola. Por lo tanto, si necesitas algo, no dudes en decírmelo. O si no necesitas nada y solo quieres distraerte con un café, también vale. A mí me habría venido bien alguien así cuando empecé a independizarme.
—Te lo agradezco y te tomo la palabra.
—Eso espero —añade—. Si algún día necesitas cualquier cosa, me llamas. —Me ofrece su tarjeta de visita—. Yo suelo estar casi siempre en casa trabajando, a no ser que ocurra una urgencia, como pasó el otro día cuando nos cruzamos.
—Lo tendré en cuenta, por lo que pueda ocurrir.
—No te sientas rara si un día te apetece llamar solo porque sí. A veces una llega a casa y no le apetece estar sola.
—Tienes razón. Eso me pasa algunas veces.
—Normal, a mí también —dice—. Cambiar de ciudad no es solo mudar mubles o cambiar de espacio, aunque tengas claro que querías hacerlo a veces es… difícil.
—Sí… Hay días que estás bien y otros que no tanto, sin más. Siempre viene bien tener a alguien cerca.
—Exacto, por eso me ofrezco. Bueno, por eso y porque eres la única mujer de menos de cuarenta años en el edificio —ríe—. Ya era hora de encontrar a alguien de aquí con quien hablar de algo que no solo sea hijos, nietos o gatos. —Su forma exagerada de expresarse indignada me hace sonreír.
—A veces pienso que debería haber venido un poco antes para estar ya más asentada. La verdad es que no conozco a nadie.
—Para nada —niega—. Cada uno va a su ritmo. Yo tardé bastante en sentir que este edificio era mi casa, me llevo casi un año ¿sabes? Antes vivía en la otra punta de la ciudad.
—¿En serio?
—En serio. Por eso siempre insisto con lo de ayudar a los nuevos vecinos, como tú. No solo porque seas nueva, sino porque sé lo que es llegar sin conocer a nadie.
—Gracias. Eso habla muy bien de ti.
—No es nada —resta importancia—. Ya verás cómo dentro de poco todo esto te parecerá normal. Y lo del café va en serio, me encanta tomar café acompañada —añade antes de despedirse.
—Vale. Prometo tocar tu puerta pronto y tomar ese café.
Nos separamos y cada una se adentra en su apartamento.
Ya dentro, no hago nada para cenar. Estoy tan cansada que me conformo con un simple sándwich de queso. Me quito el estrés del día como puedo; no necesito hacer grandes cosas para desconectar, me basta con poner un poco de música suave. Me tumbo un rato en el sofá sin hacer nada concreto y dejo que la cabeza se me vaya despejando sola.
Después de unos minutos, tomo el móvil y llamo a mi madre. Hoy no le he podido decir nada en todo el día.
—Hola, cariño.
—Hola, mamá.
—¿Cómo estás hoy, mi niña?
—Bien. Muy cansada, pero bien.
—Parece que últimamente esa es tu frase favorita. Nada más me dices que estás cansada.
—Porque es la verdad —sonrío sin poder evitarlo—. A ver… ¿Qué más quieres que te diga?
—Pues no sé hija. ¿Está todo en orden por ahí? ¿En el trabajo todo bien? ¿El apartamento te gusta?
—Sí. El trabajo es bastante duro y exigente, pero me gusta mucho. No tiene nada que ver este hospital con el hospital de Verona. Y el apartamento, aunque no es muy grande, está en una muy buena zona y es muy acogedor también.
—Entonces, ¿estás cómoda?
—Cada día un poquito más, mamá.
—Me alegro mucho. Y tu padre también estará muy feliz por ti cuando se lo cuente. Aunque todavía está un poco molesto porque su princesita no tomó como opción volver a Florencia…
—Mamá… Sabéis que esta opción era la mejor. Y no solo por el hospital.
Escucho cómo suspira resignada. Después hay un breve silencio.
—Aurora… —dice—. Hoy ha vuelto a llamar Marco, es la tercera vez que lo hace esta semana. Parece que el chico está mal.
#76 en Novela romántica
#29 en Chick lit
doctor y desamor, nueva y bella doctora, corazón roto que sana
Editado: 29.01.2026