Dr. Klein

CAPÍTULO 6.

CAPÍTULO 6.

MILÁN.

El hospital a primera hora es igual todos los días. Da igual cómo hayas dormido o lo que lleves en la cabeza; en cuanto traspasas esas dos puertas, todo empieza y no espera a nadie.

Llego antes que Aurora. Reviso las historias de la noche, contesto un par de correos y organizo la mañana. Cuando entra, ya estoy metido de lleno en lo mío.

—Buenos días, Dr. Klein.

—Buenos días, Doctora.

Deja sus cosas, se coloca a mi lado sin decir nada más y espera. No pregunta, y eso dice bastante sobre ella.

—Hoy empezaremos por planta y luego iremos a las consultas —le digo—. Si ves algo que no te cuadra, o tú crees que se puede hacer de otra forma, lo comentas.

—Vale. —Sonríe satisfecha.

Vamos paciente por paciente. Ella escucha, anota y pregunta cuando toca. No interrumpe ni se adelanta; trabaja con calma hasta que, en uno de los casos, se queda callada y me mira un poco más de lo normal.

—¿Qué pasa? —le pregunto.

—El ritmo que presenta hoy no me convence —dice—. Ayer estaba más estable cuando pasamos a verlo.

—A ver, enséñame.

Miro el monitor mientras se acerca y señala un punto concreto.

—Aquí.

—Tienes razón —digo y reviso lo que me indica otra vez—. Avisaremos a enfermería y pedimos un electro nuevo. Más vele prevenir.

Asiente y se mueve rápido. No se pone nerviosa, ni espera que le dé el visto bueno. Simplemente, hace lo que hay que hacer. Y para mi sorpresa, es justo lo que yo haría.

Salimos de la habitación y seguimos caminando.

—Buen ojo —le digo.

—Ha sido intuición —responde con una sonrisa—. O suerte.

—No te subestimes, no creo que exista la suerte en el mundo médico.

No contesta, aunque no hace falta.

La mañana sigue sin sobresaltos hasta que nos llaman desde otra planta. Un paciente con antecedentes de arritmias empieza a descompensarse. Cuando llegamos, el ambiente ya no es precisamente tranquilo.

—La tensión está cayendo —dice una enfermera.

Miro el monitor y no me gusta lo que veo.

Aurora se acerca con el historial médico, observa los datos y niega.

—¿Aurora?

—No está respondiendo al tratamiento —no duda al hablar—. Va a peor. Esta misma noche estaba más estable que ahora.

—¿Puedes preparar medicación alternativa mientras yo llamo para que dejen un ecógrafo libre?

—Por supuesto.

Sale de la habitación decidida y seguidamente entra Katrin. Casi al momento vuelve Aurora, no ha tardado ni dos minutos.

—¿Qué tenemos? —pregunta mi tía.

—Sr. Peterson, 57 años. Empeora por momentos —le digo—. Parece que no responde a lo pautado.

Katrin revisa los datos y luego mira a Aurora.

—¿Tú qué opinas? —Aurora no se encoge ni pone excusas para no tener que hablar.

—Yo cambiaría la medicación antes de que caiga más —explica—. Probaría con otro abordaje ya que es diabético. Cuando se estabilice, controlaría el ritmo de cerca. Es mejor trasladarlo a la UCI para tenerlo monitorizado.

Katrin me mira.

—Estoy de acuerdo —asiento al igual que mi tía—. Hagámoslo.

Trabajamos los tres sin estorbarnos, cada uno sabe lo que tiene que hacer. No hay largas explicaciones ni órdenes de más. El paciente se estabiliza poco a poco. No es inmediato, pero responde.

Cuando todo vuelve a estar bajo control, nosotros salimos de la habitación. Katrin se queda un segundo más, pero antes nos felicita.

—Buen trabajo —dice—. A los dos.

—Gracias —responde Aurora.

—Has reaccionado como lo suelen hacer mi hermano y mi sobrino, rápido y sin dudar —añade Katrin—. Y eso no se enseña, eso lo lleva uno dentro.

Aurora asiente, sonríe con discreción y se va a actualizar la historia clínica del paciente.

Katrin me mira.

—Tu padre ha hecho bien en traerla aquí. Es buena.

—No es como te dijo el doctor Estevez —le respondo recordando la charla que escuché en la cafetería—. Parece que se ha ganado su sitio sola como cardióloga. A los hechos me remito.

—Sí, se nota —dice—. No sé qué pasaría con Estevez para que renunciara a su puesto de la noche a la mañana en Verona, pero es mejor para nosotros que esté aquí. Además, veo que juntos funcionáis bien, mejor de lo que esperaba. No lo puedes negar.

—Trabaja bien. No lo puedo negar ni lo discuto. Es cómodo trabajar con ella.

Las palabras de mi tía me llegan. No me había dado cuenta, pero es cierto; me siento cómodo trabajando con ella.

Seguimos con el resto del día. Consultas, llamadas, decisiones rápidas. En más de una ocasión cruzamos miradas sin hablar y sabemos lo que toca hacer. No hace falta decirlo.

A media tarde coincidimos otra vez, pero esta vez con menos presión.

—Menuda mañana llevo —dice.

—¿Casos difíciles?

—Más bien personas difíciles. ¿Conoces a Morgana Salek?

—Sí —respondo—. Es una adorable ancianita.

Frunce las cejas ante mi ironía. Esa mujer no habla, gruñe y maldice todo el tiempo.

—Al final, después de casi cincuenta minutos, hemos conseguido hacerle un electrocardiograma —continúa—. Mañana entra a quirófano.

—Lo sé. Me ha llegado el aviso, yo seré el cirujano.

Río y Aurora gira la cabeza, incrédula.

—¿Es tu paciente…?

—Sí —me encojo de hombros—. En cada consulta con ella perdemos una hora y tú eres la nueva. No todo va a ser bueno.

Veo como abre y cierra la boca, dudando sobre si reír o maldecirme. Al final opta por la primera opción.

—Merezco un café. —Se cruza de brazos fingiendo molestia.

—Puedes tomar uno, no te voy a decir nada por qué te tomes un pequeño descanso.

—No, no me has entendido Klein. Merezco que seas tú, quien me pague ese café. Es tu paciente la que casi acaba con mi paciencia.

Su naturalidad al decirlo me sorprende. Lo hace tranquilamente, sin segundas intenciones. No sé cómo lo hace, pero bajo la guardia y termino aceptando.

—Cierto, tengo diez minutos. Si tú los tienes, te invito a uno. —Sonríe y asiente satisfecha.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.