Dr. Klein

CAPÍTULO 7.

CAPÍTULO 7.

MILÁN.

La jornada hoy empieza se podría decir que intensa. Algo normal para lo que suele ser este hospital: médicos moviéndose deprisa, teléfonos que no paran de sonar y esa sensación constante de que, si te despistas dos minutos, algo se te escapa.

Veo como Aurora llega a su hora. Nos cruzamos en el pasillo de nuestra planta y seguimos caminando juntos, cada uno va metido en lo suyo.

—¿Empezamos por los de la izquierda? Son los más urgentes —dice, con la carpeta en la mano. —Asiento.

—En una hora empiezo con las consultas externas. Si se complica algo, me llamas.

Por suerte, la mañana avanza sin problemas. Pacientes estables, revisiones rápidas, decisiones que se toman casi sin pensarlas porque están claras. Aurora está tomando confianza, lo sé porque está más suelta —siempre la ha tenido— pero ahora más que en los primeros días. Cuando pregunta, no lo hace por inseguridad, pregunta por protocolo. Eso se nota y se agradece.

Cuando llegamos casi al final de la planta, un residente nos hace un gesto nervioso desde el puesto de control. Miro mi móvil y veo que nos está llamando. Tiene cara de estar preocupado y no saber muy bien qué hacer.

—Hola señor, soy Iván Ross, residente. Sé que el paciente de la 214 no es suyo, pero está muy mal —dice—. Le han pautado sedación hace una hora porque estaba muy nervioso, pero ha ido a peor.

—¿Quién lo ha pautado? —pregunto.

—El doctor Rinaldi. He intentado llamarlo, pero ahora está reunido y ha pedido que no lo molesten.

Entramos y lo primero que vemos es que el paciente está sudando, respira rápido y tiene la mirada perdida. No hace falta ver mucho más para saber que algo va peor que mal.

Aurora mira el monitor, luego al paciente y de nuevo vuelve al monitor. No dice nada, pero sé que está pensando lo mismo que yo.

—¿Desde cuándo está así? —pregunta.

—Lleva como unos veinte minutos —responde el residente—. Al principio parecía que se estaba calmando, pero luego de repente empeoró. No sabía si llamar o no. —El chico está nervioso, al avisarnos a nosotros, está pasando por encima del que es su jefe directo y claramente, eso le preocupa.

Aurora toma la carpeta que cuelga de la cama, revisa la medicación que le han pautado en su historial y niega.

—Esto no es ansiedad. —Pongo mi atención en ella. —¿Qué ves?

—El ritmo de su corazón era de 110 Ipm, (1) y ahora está en 118 Ipm, (1) está mal —dice—. Y con esto que le han suministrado lo están empeorando. Mira.

Miro el monitor y con mirar un solo segundo me basta para saber qué nada está bien.

—Tiene razón.

No lo digo con cuidado ni buscando consenso, lo digo porque es evidente que ha cometido un error.

Iván, duda.

—Pero… lo pautó Rinaldi.

—Pues ahora nosotros lo cambiamos —responde Aurora—. Avisad a enfermería y llamadle.

Aurora sigue con el historial delante.

—Tiene antecedentes —añade—. Ayer ya tuvo episodios, sedarlo sin mirar esto —explica refiriéndose al historial clínico. —Es peligroso.

Las enfermeras entran y se ponen a trabajar. Aurora explica lo justo, sin dar rodeos, mientras yo preparo el cambio de medicación. El ambiente claramente está tenso, pero controlado.

Rinaldi aparece poco después. Entra con gesto serio, claramente molesto.

—¿Qué está pasando aquí? —pregunta—. ¿Por qué le habéis quitado la sedación?

Antes de que yo diga nada, Aurora da un paso al frente.

—Porque no era ansiedad. El ritmo cardíaco estaba muy alterado y la medicación que tenía lo estaba empeorando.

Rinaldi la mira con detenimiento, como si la estuviera ubicando.

—¿Y tú eres…?

—Doctora Aurora Bianchi. Sub jefa de Cardiología.

—¿Nueva aquí? —pregunta, sin disimular su malestar.

—Sí —responde ella—. Pero el monitor es el mismo para todos.

Rinaldi frunce el ceño y vuelve a mirar el electro.

—El paciente estaba muy alterado.

—Porque realmente no estaba bien —contesta Aurora—. Pero, “alterado” no es un diagnóstico.

Rinaldi no responde enseguida. Me mira a mí, buscando respaldo.

—Ha invadido mi sección. ¿Tú estás de acuerdo con esto?

—Sí —digo—. Porque si no hubiéramos cambiado la medicación, tendríamos un serio problema.

Rinaldi vuelve al monitor, y toma la carpeta con el historial que le ofrece Aurora. Luego aprieta la mandíbula y mira al residente, Iván.

—Cambiadlo todo a como os han indicado —dice al final. —Si me disculpan, tengo pacientes que atender.

No se disculpa, pero tampoco hace falta. El paciente empieza a estabilizarse poco a poco. No es inmediato, pero se va notando el cambio.

Cuando salimos de la habitación, el ambiente se relaja un poco. Vemos a Rinaldi dando instrucciones a su residente y a la enfermera.

—Bien visto doctora Bianchi —le dice a Aurora—. Aunque, aquí solemos seguir los protocolos. —Claramente, le molesta que su residente nos haya pedido ayuda.

—Lo que hemos hecho también es seguir el protocolo —responde ella—. El problema es cuando se aplica sin estudiar detenidamente al paciente.

Rinaldi no contesta, solo me mira esperando a que diga algo, pero como no lo hago, se va.

El residente se queda con nosotros, claramente incómodo.

—Lo siento, como Rinaldi no estaba, yo pensaba…

—No pienses en jerarquías —le digo—. Piensa siempre en el paciente. Si algo no te cuadra, lo dices. Otra cosa seria que Rinaldi hubiera estado disponible, pero este no era el caso.

—Aunque te sientas incómodo, has hecho lo correcto —añade Aurora—. Es más, eso habla muy bien de ti. —El chico asiente y se va al escuchar que lo llaman desde una habitación.

Seguimos caminando por el pasillo y durante unos segundos no decimos nada.

—Has sido bastante directa —le digo.

—Sé por experiencia que si dudo, los hombres como Rinaldi, me comen —responde—. Y hoy no tocaba dudar.

—No lo has hecho —me detengo—. Y quiero que sepas, que como compañero no te voy a dejar sola si vuelve a pasar. Tienes mi apoyo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.