Dr. Klein

CAPÍTULO 8.

CAPÍTULO 8.

AURORA.

LLevo el día más o menos encarrilado. Es de esos que no son fáciles, pero tampoco se salen de madre. Revisiones, ajustes y alguna que otra urgencia. Nada que no se pueda manejar.

Claro, eso hasta que deja de ser así.

El aviso que llega desde urgencias salta en mi monitor dejándome en shock. Es un parpadeo rojo que no puedes evitar ver.

—¡Código uno en urgencias!

No hace falta que nadie me explique nada. Al salir al pasillo todo el mundo se mueve a la vez.

Escucho por el pasillo como comentan que hace menos de media hora ha llegado un accidente múltiple y ahora otra entrada de gravedad.

Milán ya viene hacia mi rápidamente por el pasillo cuando lo veo.

—Ven conmigo —me dice sin frenar el paso.

Bajamos casi corriendo. En urgencias el ambiente cambia por completo. Personal hablando a voces, movimientos bruscos y esa tensión que se nota incluso antes de ver al paciente.

Un hombre de poco más de cincuenta años entra en camilla, pálido, sudando, con la mano apretada contra el pecho.

—Dolor torácico intenso —dice alguien—. Empezó hace unos veinte minutos.

Milán se coloca a un lado de la camilla y yo al otro. No hablamos, no hace falta.

—Es un infarto —dice tras mirar el monitor—. ¡Preparad el quirófano ya!

El pequeño box, se llena de gente. Milán empieza a dar órdenes claras, rápidas. Yo le reviso constantes e intento completar el historial mientras lo preparan todo.

—¿Dónde están mi apoyo y el de la enfermera? —pregunta de pronto, y me doy cuenta de que no son suficientes para una intervención así.

Nadie responde.

—¿La enfermera de apoyo al menos? —insiste.

Una residente se encoge de hombros cansada.

—Están todas ocupadas. Tardarán unos minutos. —Milán aprieta la mandíbula.

—No tenemos esos minutos.

El paciente se agita. El monitor empieza a marcar valores que no me gustan.

—Se nos va —aviso.

Milán me mira a los ojos antes de soltar la bomba.

—Entras conmigo.

No es una pregunta.

Por un segundo siento cómo la sangre se me congela. No soy cirujana, nunca he entrado a un quirófano. Pero cuando lo miro a los ojos, veo esa absoluta seguridad puesta en mí. Él cree que puedo hacerlo… y, sin esperarlo, un pequeño sentimiento de agradecimiento me recorre por dentro.

—De acuerdo —respondo, ya moviéndome —no perdamos tiempo.

El traslado se convierte en una carrera. Falta gente y sobran prisas. En el ascensor somos menos de los que deberíamos. Yo me coloco donde puedo, sujetando, controlando, avisando.

—Frecuencia en descenso —digo.

—Lo veo —responde—. Aguanta.

En quirófano todo es todavía más rápido. Milán entra directo. Yo me quedo donde estorbo menos y ayudo donde puedo. Paso material, controlo parámetros, aviso de cada cambio.

—Aurora, no le pierdas el ritmo —dice sin apartar la vista.

—No lo pierdo.

El tiempo se estira hasta parecer eterno. Nadie habla. Hay sudor y tensión.

Miro como Milán aprieta la mandíbula cuando parece que el paciente nos va a dejar. Pero, no pierde el control, aunque sé que está al límite. Lo noto por cómo respira, por cómo no se permite parar.

El paciente aguanta como un auténtico campeón.

Poco a poco y gracias a Dios, el ritmo empieza a estabilizarse. No es inmediato, pero responde. Nadie dice nada hasta que ha pasado el peligro.

Cuando todo termina, no hay un alivio exagerado, pero sí general. Solo seguimos funcionando hasta el final.

Ambos salimos del quirófano visiblemente cansados. Me quito los guantes y ahora sí noto el temblor en mis manos.

Milán se apoya en la pared. Solo un segundo, pero lo suficiente para notar que no es él.

—¿Estás bien? —Asiente, aunque tarda en hablar.

—Se ha librado por muy poco —dice al final.

—Sí.

—Si llegamos a entrar ahí cinco minutos más tarde…

—No lo hemos hecho —lo corto—. Y ha salido todo bien, porque estaba en muy buenas manos. Eres un cirujano increíble.

Me mira y en esa mirada hay algo distinto, un brillo diferente. No es agradecimiento. Es algo más serio, más real. Realmente ha creído que perdí a ese hombre.

Doy un paso hacia él.

No sé para qué, pero lo hago y simplemente ocurre.

Lo rodeo con mis brazos durante un instante. En un movimiento rápido, casi torpe, como si mi cuerpo se hubiera adelantado a mí cabeza.

Milán se queda quieto, tenso… y luego responde lo justo para que lo note.

La sacudida en mi cuerpo al sentir como sus brazos me rodean es inmediata. Un escalofrío me recorre de arriba abajo y me obliga a soltarlo casi al instante.

Nos separamos casi al mismo tiempo sin decir nada.

Yo bajo la vista mientras él se pasa una mano por el pelo.

El silencio es más espeso que antes.

—Ha salido todo bien… —murmuro, sin saber muy bien qué decir.

—Sí —responde, igual de escueto.

Se recoloca la bata, como si necesitara volver a su sitio.

—¿Has comido algo ya? —pregunta de repente.

—No.

—Yo tampoco. —Duda un segundo—. ¿Te apetece salir a comer algo rápido? A ser posible fuera del hospital, necesito parar un poco.

No lo dice como invitación especial, lo dice porque lo necesita.

—Sí —respondo—. A mí también me vendría bien un poco de aire.

Salir del hospital se siente raro después de vivir algo así. El aire de fuera, el ruido normal de la calle nos despeja. Entramos en un sitio sencillo. Nos sentamos sin hablar mucho al principio y comemos con hambre, supongo que es normal después del día que llevamos.

—Hay días como el de hoy que se te quedan grabados —digo.

—Sí —responde—. Aunque todo salga bien.

—Sobre todo si al final sale bien.

Me mira un segundo y vuelvo a ver en sus ojos ese brillo de antes.

—¿Sabes? Trabajas muy bien bajo presión —me halaga—. No todo el mundo aguanta algo así.

—Tú tampoco te vienes abajo —sonrío devolviendo el cumplido—. Y eso tampoco es fácil de ver.




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